Papa: El anuncio del Evangelio, servicio precioso de la Iglesia al mundo

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La Santa Sede difunde el mensaje de Benedicto XVI para el “Domund” 2011

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 25 de enero de 2011 (ZENIT.org).- La difusión de la Buena Nueva evangélica es el servicio más importante de la Iglesia al mundo, destaca Benedicto XVI en el Mensaje que ha escrito para la Jornada Misionera Mundial, que este año se celebrará el 23 de octubre.

La Oficina de Información de la Santa Sede hizo público este martes el texto, titulado “Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros” (Jn 20,21).

El Mensaje empieza recordando que, con motivo del Jubileo del 2000, el papa Juan Pablo II “reafirmó con fuerza la necesidad de renovar el empeño de llevar a todos el anuncio del Evangelio con ‘el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos’” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58).

Para Benedicto XVI, ése “es el servicio más precioso que la Iglesia puede hacer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su propia existencia”.

“Por ello, esta misma invitación resuena cada año en la celebración de la Jornada Misionera Mundial”, indica.

“La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones -resume-. ¡La fe se fortalece dándola!”.

“El incesante anuncio del Evangelio, de hecho, vivifica también a la Iglesia, su fervor, su espíritu apostólico, renueva sus métodos pastorales para que sean cada vez más apropiados a las nuevas situaciones – también las que requieren una nueva evangelización – y animados por el empuje misionero”, insiste el Papa en el texto.

Este objetivo, revela, “es continuamente reavivado por la celebración de la liturgia, especialmente de la Eucaristía” porque “la liturgia es siempre una llamada ‘desde el mundo’ y un nuevo envío ‘al mundo’ para dar testimonio de lo que se ha experimentado”.

Misión universal

Destinatarios del anuncio del Evangelio, prosigue el Pontífice “son todos los pueblos”, y la Iglesia “por su naturaleza es misionera”, por lo que “no puede nunca cerrarse en sí misma”, sino que “se arraiga en determinados lugares para ir más allá”.

En referencia a la nueva evangelización, indica la necesidad de anunciar el Evangelio a los que no lo conocen y también a “la multitud de aquellos que, aún habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, no reconociéndose ya en la Iglesia”.

“Muchos ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarias a abrirse a la palabra de la fe”, recuerda.

Y constata que “está en marcha un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante”.

Ese cambio, explica, “lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del mensaje evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales”.

A todos, todo y siempre”

El Papa prosigue destacando que la dimensión misionera de la Iglesia “implica a todos, todo y siempre”, “debe tenerse siempre presente”, en todo bautizado y en toda comunidad eclesial, “como forma de vida cristiana”.

Y reconoce que “la evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos”, entre los que subraya la solidaridad.

“No es aceptable”, afirma citando a Pablo VI, “que en la evangelización se descuiden los temas que se refieren a la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente en el respeto de la autonomía de la esfera política”.

Y añade que “a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad”.

“Los retos que ésta encuentra, llaman a los cristianos a caminar junto con los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos”, concluye Benedicto XVI.

“En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia”.

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ZENIT Staff

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