El Santo Padre desembarca en "el paí­s de la mañana tranquila"

Una tierra separada de Roma en el espacio por 8970 kilómetros y en el tiempo por 11 horas y media de vuelo, se convierte en el centro de atención con la presencia del Obispo de Roma

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Con quince minutos de antelación el vuelo papal ha aterrizado en Seúl. La presidenta de la República lo ha acogido con las autoridades políticas y religiosas y unas treinta personas en representación de las distintas categorías sociales del país a las cuáles Bergoglio se dirige en español puntualmente, asistido por un sacerdote coreano que le hará de intérprete durante toda la estancia.

Un «país de la mañana tranquila» separado de Roma en el espacio por 8970 kilómetros y en el tiempo por 11 horas y media de vuelo, se convierte en el centro de atención con la presencia del papa Francisco.

La atmósfera percibida en la base aérea de Seúl es casi de cuento de hadas ya que la alta temperatura estacional y la influencia del Pacífico que aprieta la península coreana entre el Mar Amarillo y el Mar del Japón, extiende un manto de niebla sobre el suelo ofreciendo un escenario surrealista.

 A lo pies de la escalera del avión estaba la señora presidenta de la República, Park Geun-hye, que ha querido recibir en persona al Papa. En la presidencia desde diciembre de 2012, la hija del dictador Park Chung-hee, ha llegado a pedir perdón públicamente por las violaciones de los derechos humanos cometidos por el padre, aún defendiendo «necesario» su golpe de Estado de 1961.

Tras escuchar los himnos y la revisión de la Guardia de Honor, con chaqueta azul y pantalón blanco, el papa Francisco ha hecho su entrada en Seúl cuando en Roma serían las 4 de la mañana.

Dos niñas, con trajes locales, han entregado flores al papa Francisco, quien les ha dado un beso, una caricia y una sonrisa. Son gestos que recordarán para siempre y a través de esas dos pequeñas representantes de Corea, todo el país ofrece la bienvenida al Papa.

A los lados de la alfombra roja, se encontraba una representación de los diferentes grupos sociales del país: jóvenes, trabajadores, profesionales, sacerdotes, religiosos, misioneros durante cincuenta años, las familias de los próximos beatos, víctimas de la guerra y del naufragio del Sewol, una inmigrante boliviana que le habla en español, y también personas con discapacidad y ancianos, las categorías que la cultura del descarte relegaría a los suburbios existenciales en Corea no faltan.

Gente común que vive con dignidad el compromiso a la «contrucción de la ciudad». Las campanas de las iglesias suenan de fiesta recordando las grandes campanas que sonaban en la apertura y clausura de las puertas de la ciudad cuando estaba rodeada de un perímetro de muro de seis metros de alto durante la dinastía de Joseon en el siglo XIV.

Seúl, que desde 1960 guía como la capital de Corea del Sur el increíble esfuerzo de reconstrucción y modernización del país, abre las puertas y abre sus brazos al sucesor de Pedro. Y aquí vive el 24% de toda la población de la península. Escenario de la ocupación militar durante la guerra de los añoos 50 ha registrado casi tres millones de víctimas.

Después de los Juegos Olímpicos de 1988 y el Campeonato Mundial de Fútbol 2002, con la llegada del Papa a Seúl se recalifica nuevamente. Corea ya ha recibido a san Juan Pablo II en 1989 y cinco años antes, en 1984, con motivo del 200 aniversario del nacimiento de la Iglesia Católica celebrado con la canonización de 103 mártires locales.

Veinticinco años después de la última visita pastoral de un Papa, el país quiere hacer de nuevo memoria de sus glorias cristianas, esta vez con la beatificación de los «padres de la fe», los primeros que conocieron el martirio por testimoniar a Cristo.

Se celebra en estos días también la 6ª Jornada de la Juventud Asiática. Y a ellos mira la Iglesia y el Papa. El lema es «¡Juventud de Asia, álzate! ¡La gloria de los mártires brilla sobre ti!

De los errores de pasado pueden diseñar experiencia los jóvenes de la generación actual, para trabajar en el signo de la unidad y la reunificación de las dos Coreas.

En el logotipo del viaje apostólico, dos líneas superpuestas de color azul (color símbolo de la misericordia divina) representan el mar y un barco en forma de cuchillo, en referencia al sacrificio de los mártires de la Iglesia de Corea; en el medio dos «tae-geuk» en los colores de las banderas de las dos Coreas, azul y rojo se entrelazan como deseo de la reunificación.

Desde el pequeño crossover Kia Soul de color oscuro, con el que Francisco se moverá, es en esto en lo que el Papa podría haber pensado como un deseo recóndito pero urgente. ¡Amén!

Traducido del italiano por Rocío Lancho García

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Alfonso Maria Bruno

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