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Viernes 16 de enero

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El papa Francisco reza por Michael Schumacher
El ex administrador delegado de Ferrari, ha sido recibido hoy en audiencia por el Santo Padre para hablar de seguridad vial
El papa Francisco recibió este jueves a Jean Todt, presidente de la Fia y ex administrador delegado de la Ferrari, ahora enviado especial de las Naciones Unidas para la Seguridad Vial. Durante el encuentro se habló de las condiciones de salud de Michael Schumacher, come él mismo explicó en una entrevista a Radio Vaticana. “Le he preguntado si quería rezar una oración por él y él ha aceptado con gusto”, ha contado, describiendo el encuentro con el Pontífice como “denso, pleno”.
“Principalmente –ha añadido– en realidad, hemos venido para hablar de seguridad vial y he podido constatar el tono positivo de nuestra conversación, de nuestro encuentro. He extendido la discusión a los temas en los que estaba interesado en hablar y obviamente Michael Schumacher está en mi corazón, como todos saben, es de la familia”. Aunque si Michael Schumacher no era el objeto principal del encuentro, que era la seguridad, para Todt, “en la vida hay siempre una oportunidad. Y la oportunidad consiente en hacer cosas extraordinarias y hoy ha sido algo extraordinario”.
Francisco: una Iglesia misericordiosa
El Papa nos dice que no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante los problemas de las comunidades
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
VER
En estos días, ha habido problemas graves en un municipio de nuestra diócesis, por inconformidades por las elecciones pasadas. Algunos dicen que el gobierno debería atender estos asuntos y no ocuparse en preparar la visita del Papa. Tienen razón. La justicia y la paz social son prioritarias. Pero no se dan cuenta de que es precisamente el Papa quien nos dice que no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante los problemas de las comunidades. Nos han pedido la mediación de la diócesis para ese conflicto, y no podemos negarnos a hacer lo que podamos por el bienestar de los pueblos. Hay mucho sufrimiento en las familias y no podemos ser insensibles a ello. Invitamos al diálogo, a respetar la ley y las instituciones legítimas, advirtiendo que la incitación a la violencia descalifica a quienes la provocan.
PENSAR
El Papa Francisco ha dicho: “Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete. Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio.
La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo.
La Iglesia será llamada a curar las heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No se puede entender que un verdadero cristiano no sea misericordioso, como no se puede entender a Dios sin su misericordia.
Con el Jubileo de la Misericordia, deseo invitar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de perdonar y de dar, de abrirse a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, sin caer en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye.
La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura. Dondequiera haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia. Una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente, se convierte en barrera. La Iglesia no es una aduana. Es la casa paterna, donde hay lugar para cada uno. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, no es la dueña. Una Iglesia inhospitalaria mortifica el Evangelio y aridece el mundo. ¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada! ¡Todo abierto!
La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.La Iglesia debe llegar a todos, sin excepciones. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie.Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia: ¡El Señor te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!”
ACTUAR
La mejor preparación para la visita del Papa es educarnos para ser misericordiosos, perdonar, ceder en posturas radicales, estar atentos a las necesidades de los demás. Sin esto, todo es pasajero, superficial, intrascendente.
El Papa en Sta. Marta: la fe es un don que cambia la vida
En la homilía de este viernes, el Santo Padre recuerda que Jesús vino a salvarnos de nuestras enfermedades pero sobre todo a salvarnos de nuestros pecados
El papa Francisco ha invitado a preguntarse ¿cómo es mi fe en Jesucristo?, durante la homilía de este viernes en Santa Marta. Haciendo referencia al Evangelio, ha señalado que para comprender realmente a Jesús, no debemos tener el “corazón cerrado”, sino seguirle por el camino del perdón y de la humillación. Por eso ha recordado que “nadie puede comprar la fe” sino que es “un don” que nos cambia la vida.
De este modo, ha observado que la gente hace de todo para acercarse a Jesús y no piensa en los riesgos que puede correr con tal de escucharlo o acercarse.
Reflexionado sobre el Evangelio de Marcos que narra la sanación del paralítico en Cafarnaúm, el Santo Padre ha indicado que era tanta la gente delante de la casa donde estaba Jesús que tuvieron que abrir el techo y descolgar la camilla en la que estaba el enfermo. Así, Francisco ha asegurado que “tenían fe, la misma fe que esa señora que también, en medio de la multitud, cuando Jesús iba a casa de Jairo, tocó el borde de su manto para ser sanada”. La misma fe del centurión para la sanación de su siervo. “La fe fuerte, valiente, que va adelante con el corazón abierto a la fe”, ha añadido.
Asimismo, el Papa ha explicado que en la historia del paralítico, “Jesús ha dado un paso adelante”. En Nazaret, al inicio de su ministerio, “fue a la Sinagoga y dijo que había sido enviado para liberar a los oprimidos, a los presos, devolver la vista a los ciegos… inaugurar un año de gracia”, es decir, un año “de perdón, de acercamiento al Señor. Inaugurar un camino hacia Dios”.
Pero, ha advertido el Papa, aquí da un paso más: no solo sana a los enfermos sino que les perdona los pecados. Y así lo ha explicado: “estaban allí los que tenían el corazón cerrado, pero aceptaban –hasta un cierto punto– que Jesús sanaba… ¡Pero perdonar los pecados es fuerte! ¡Este hombre va más allá! No tienen derecho a decir esto, porque solamente Dios puede perdonar los pecados y Jesús conocía qué pensaban ellos y dice: ‘¿Yo soy Dios?’ No, no lo dice. ‘¿Por qué pensáis estas cosas?’ ¡Porque sabéis que el Hijo del Hombre tiene el poder –es el paso adelante– de perdonar los pecados! Levántate, coge la camilla y echa a andar’. Comienza a hablar ese lenguaje que a un cierto punto desalentará a la gente, a algunos discípulos que lo seguían… Este lenguaje es duro, cuando habla de comer su Cuerpo como camino de salvación”.
A continuación, el Pontífice ha asegurado que entendemos que Dios viene a “salvarnos de las enfermedades” pero sobre todo a “salvarnos de nuestros pecados, salvarnos y llevarnos al Padre. Ha sido enviado para eso, para dar la vida por nuestra salvación. Y este es el punto más dificil de entender”, no solo por los escribas. Asimismo, Francisco ha señalado que cuando Jesús se muestra con un poder más grande que el de un hombre “para dar ese perdón, para dar la vida, para recrear la humanidad, también sus discípulos dudan. Y se van”. Y Jesús, ha añadido, “debe preguntar a su pequeño grupo: ‘¿también vosotros queréis iros?’
A propósito, el Papa ha preguntado: “¿cómo es mi fe en Jesucristo? ¿Creo que Jesucristo es Dios, es el Hijo de Dios? ¿Y esa fe me cambia la vida? ¿Hace que mi corazón se inaugure este año de gracia, este año de perdón, este año de acercamiento al Señor?”. El Pontífice ha asegurado en su homilía que “la fe es un don”, “nadie ‘merece’ la fe”, “nadie la puede comprar”. Es un don. Y de nuevo ha preguntado: “¿mi fe en Jesucristo me lleva a la humillación? Y con esto no se refiere a la humildad, sino a la humillación, al arrepentimiento, a la oración que dice: ‘perdóname Señor. Tú eres Dios. Tú puedes perdonar mis pecados’.
Para finalizar, el Obispo de Roma ha pedido que el Señor “nos aumente la fe”. Así, ha explicado que la gente “buscaba a Jesús para escucharlo” porque hablaba “con autoridad, no como hablaban los escribas”. Y también le seguían porque hacía milagros, porque sanaba. Pero al final, “esta gente, después de haber visto esto, se fue y todos se maravillaron y alababan a Dios”, ha precisado el Papa.
Al respecto, ha asegurado que “la prueba de que yo creo que Jesucristo es Dios en mi vida, que ha sido enviado a mí para ‘perdonarme’, es la alabanza: si yo tengo la capacidad de alabar a Dios”. Y es que alabar al Señor es gratuito. “Es un sentimiento que da el Espíritu Santo y te lleva a decir: ‘Tú eres el único Dios’. De este modo, para concluir ha pedido que “el Señor nos haga crecer en esta fe en Jesucristo Dios, que nos perdona, nos ofrece el año de gracia y este fe nos lleva a la alabanza”.
En una boda de Caná
Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández. ‘Jesús ha venido para restaurar lo que el pecado había roto y hace posible ese sueño del corazón humano’
Jesús fue de boda. Con su madre, con los apóstoles. A Caná de Galilea. Fue a compartir la alegría de los novios y a darles lo que ellos no tenían. En una boda hay convivencia, hay compartir, hay encuentro con los amigos que hace tiempo no vemos. Una boda es una circunstancia gozosa por muchos motivos. Y allí estaba Jesús. Allí estaba María. Compartiendo la alegría de aquellos novios, que empezaban su vida en común.
Y estando allí, se agotó el vino, símbolo de la alegría que los novios compartían. María se dio cuenta y acudió a Jesús y a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús convirtió el agua en vino, y renació la alegría en aquella fiesta. Todos quedaron maravillados por el vino abundante que Jesús trajo, y mejor que el primero, de manera que no se agotó en toda la fiesta.
Este fue el primer milagro de Jesús. Es significativo que fuera en el contexto de una boda, para significar que él ha venido a desposarse con la humanidad, para llegar al corazón de cada persona en esa dimensión más honda, la dimensión esponsal, y llenarla de sentido. De esta manera, Jesús ha santificado el matrimonio, cuyas raíces están en la misma creación: “hombre y mujer los creó… y los bendijo Dios: creced y multiplicaos” (Gn 1,26-28), elevando el matrimonio a la categoría de sacramento, esto es, de signo de la unión de Cristo con la Iglesia, su esposa. “Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia” (Ef 5,32), nos enseña san Pablo.
El matrimonio es el fundamento de la familia, según el plan de Dios. Un hombre y una mujer, unidos en el amor bendecido por Dios, abiertos generosamente a la vida hasta que la muerte los separe. Este es el deseo natural, puesto en el corazón de cada hombre, de cada mujer, que sólo puede ser satisfecho plenamente por Jesucristo, sólo puede ser entendido con su luz y sólo puede ser alcanzado con su gracia. El hombre, la mujer quiere ser querido/a para siempre. Pero no son capaces de ello con sus solas fuerzas. De manera que el proyecto de Dios parece irrealizable. Jesús ha venido para hacerlo posible.
Jesús ha venido para restaurar lo que el pecado había roto y hace posible ese sueño del corazón humano. ¿Cómo? Ha instituido el sacramento del matrimonio por el que los esposos son consagrados por la acción del Espíritu Santo para darse plenamente durante toda la vida el uno al otro, en una entrega de amor. En este camino, todos los días hay que aprender y todos los días hay que estrenar el amor verdadero.
¿Y cuando se acaba el amor? Parece que todo termina y que la única solución sea volverse cada uno por su camino. Pero no. Cabe el recurso de decírselo a María, de dirigirse a Jesús: “No tienen vino”. Si Jesús está presente, él puede sacar vino de donde sea, con tal que la felicidad no se acabe nunca, como hizo en la boda de Caná. Si ese amor primero se ha enfriado, puede reavivarse con la petición humilde a Jesús, que ha venido para llenar el corazón humano en todos los sentidos, también en esta dimensión esponsal.
En nuestros días se hace quizá más necesario este recurso: la petición humilde cada día por parte de los esposos de que no falte el vino de la alegría en el hogar, el vino del amor que Jesucristo entregó a cada uno de los esposos el día de su boda. Una petición que hace la Iglesia en nuestros días por todos los que viven en matrimonio. Es posible la fidelidad para toda la vida, es posible un amor que no se acaba nunca, es posible la felicidad en el matrimonio que Dios ha inventado y Cristo ha santificado. Hay que pedirlo con fe humildemente cada día. Este es el milagro que Jesús está dispuesto a multiplicar en nuestro tiempo, de manera que no falte el vino bueno de un amor renovado en todos y cada uno de los hogares.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba
‘El Papa tiene a Ciudad Juárez en su corazón’
El obispo José Guadalupe Torres asegura que la presencia del Papa en esta diócesis se vivirá como símbolo de esperanza
El obispo de Ciudad Juárez, monseñor José Guadalupe Torres Campos, asegura que los habitantes de Chihuahua “se encuentran listos para recibir al Papa Francisco en esta frontera, cuya visita en febrero próximo será un símbolo de unidad y esperanza frente a uno de los momentos de mayor tensión que vive el país”.
En una entrevista para ‘Desde la fe’, semanario católico de México y reportada por el Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México, explica que “es una sorpresa la presencia del Santo Padre en Ciudad Juárez, y es que, nuestra comunidad no había pensado nunca en la mínima posibilidad de recibir la visita de un Papa en la frontera. Esto nos produce, en primer lugar, una enorme alegría; el pueblo de Ciudad Juárez se ha vuelto loco de entusiasmo ante la inminente llegada del Vicario de Cristo a esta tierra”.
Por otro lado, asegura que la presencia del Papa se vivirá como un símbolo de esperanza entre los habitantes de la localidad. “Se trata de un consuelo, de una gran motivación, todos estamos con actitud de esperar lo que nos va a decir en su discurso; sin embargo, su visita también representa un compromiso fuerte como Iglesia y sociedad, para vivir mejor, crecer y fomentar la unidad”, precisa el obispo.
Asimismo, recuerda que Ciudad Juárez se ha caracterizado por ser una zona de tensión social en México, que a lo largo de los años, ha acumulado diversos problemas de inseguridad, y por ello, es necesario que una persona con la calidad moral y espiritual del Papa Francisco haga llegar a los habitantes su mensaje de misericordia.
Sin duda, explica el prelado, el Papa es un conocedor de los diversos problemas que aquejan a los pueblos de América Latina; nos conoce bien, sabe sobre las dificultades particulares que Ciudad Juárez ha vivido, de seguro por eso ha elegido realizar este viaje tan especial, pues de alguna forma ya nos tenía presente en su corazón desde hace mucho tiempo.
Por otro lado, observa que la visita pontificia llega en el Año Jubilar de la Misericordia, “razón por la cual su presencia viene a reforzar la invitación que ha hecho para que nos abramos a la gran misericordia de Dios, y también, consiste en un llamado para que cada uno de nosotros seamos misioneros de la misericordia”.
Tal y como recuerda en la entrevista monseñor Torres, el Santo Padre llega al Aeropuerto Internacional “Abraham González”, el 17 de febrero, donde será recibido por autoridades civiles y eclesiásticas, para dirigirse después al Centro de Readaptación Social Número 3, en donde se reunirá con 800 internos y sus familiares. Al finalizar este encuentro, el Santo Padre acudirá al gimnasio del Colegio de Bachilleres para reunirse con empresarios y trabajadores de maquiladoras. Finalizado el evento, se desplazará al Seminario Conciliar y se reunirá allí con sus miembros. Su visita continuará con un recorrido en el papamóvil y finalizará con la celebración de la misa, con migrantes y víctimas de la violencia, en los antiguos terrenos de la Feria Expo, junto al Estadio Olímpico Benito Juárez, a tan solo unos metros de distancia de la frontera con Estados Unidos. Allí, concluirá su visita a México y regresará a Roma.
Los obispos de Venezuela: ‘Es necesario recuperar el respeto y la defensa de la libertad de expresión’
En el comunicado del episcopado tras la 105º Asamblea Ordinaria exhortan a todos los actores políticos a que cumplan con sus deberes
La Conferencia Episcopal de Venezuela, reunida en la 105° Asamblea Ordinaria en Caracas al inicio de un nuevo año, en la situación de crisis global en la cual se encuentra el país que produce tantos sufrimientos, quieren acercarse “a quien se siente o está realmente golpeado aunque piense distinto de nosotros, cuidar su salud vendando sus heridas, asegurar su alimentación dándole de comer, compartir lo que se tiene atendiendo sus necesidades, velar por la solución de los numerosos problemas que los aquejan”. No podemos pasar de largo –aseguran– ni ser indiferentes ante sus problemas.Analizando la realidad concreta del país, los obispos venezolanos observan que “la corrupción y la impunidad son males que destruyen valores fundamentales y generan desigualdades e injusticias”. Y Venezuela, aseguran “no escapa a esta realidad que debemos superar con decisión, sensatez y eficacia para reconstruirlo y buscar las mejores respuestas con la participación de todos los actores sociales”.Asimismo, quieren dar gracias a Dios “por el renovado ejemplo de responsabilidad cívica y voluntad pacífica de nuestro pueblo venezolano tanto en los comicios del 6 de diciembre como en la instalación el pasado 5 de enero de la nueva Asamblea Nacional”.Los obispos aseguran que “trabajar por la construcción de un futuro mejor para todos los venezolanos es deber impostergable”. Por eso recuerdan que, como dijo el papa Francisco, “el que quiera ser pastor debe oler a oveja”, por lo tanto, “quien quiera ser líder del pueblo debe oler a él, estar amorosamente consustanciado con sus angustias y esperanzas”.
Por otro lado, quieren advertir que “el problema alimentario y la insuficiencia de medicamentos e insumos para atender la salud, pueden provocar una crisis humanitaria de amplias proporciones y gravísimas consecuencias a la que tenemos la obligación de dar solución a tiempo y de manera decidida”. Corresponde primariamente al Ejecutivo –aseguran– tomar las medidas necesarias para resolver la grave situación económico-social que puede llevar a tal crisis y al resquebrajamiento del tejido social.
En esta misma línea, los obispos califican de lamentables “la improvisación y la ineficiencia de muchos planes policiales”, y, en no pocas ocasiones, “el uso excesivo y hasta inhumano de la fuerza pública, siendo los sectores populares los que más sienten la desprotección y el abuso de quienes deberían ser siempre los garantes de la tranquilidad de la población”. Pero, también muestran su dolor por “el alto número de efectivos policiales que mueren a manos del hampa”. Es necesario –afirman.– recuperar el respeto y la defensa de la libertad de expresión para que podamos tener acceso real a la verdad de los acontecimientos.
Del mismo modo, la Conferencia Episcopal de Venezuela muestra su preocupación por la situación del cierre de la frontera con Colombia y “sus incidencias en la vida social y económica de los ciudadanos que allí conviven”.
Una situación, que según los obispos, literalmente clama al cielo es la penitenciaria. Por eso, aseguran que el respeto integral a la dignidad de la persona y de la vida se mide por la atención adecuada a los reclusos, el trato respetuoso y humano a los familiares cuando les visitan y en evitar los retardos procesales que angustian a ambos. De este modo, indican que si en algo debe manifestarse el Año Jubilar de la Misericordia “es que en Venezuela no haya nadie detenido por razones políticas”.
En el mensaje, realizan también una exhortación a todos los actores políticos a que cumplan con sus deberes, respeten las respectivas autonomías de cada poder, busquen formas de diálogo efectivo que privilegie los problemas de la gente. Finalmente, lanza también un llamamiento también “para que en este año jubilar de la misericordia, se trabaje por el diálogo, la reconciliación y la paz”.
El Santo Padre visita por sorpresa una residencia de ancianos
Francisco se ha reunido esta tarde con unas 30 personas en un centro para mayores en la periferia de Roma
El Año de la Misericordia sigue adelante, también con gestos concretos por parte del Santo Padre. Después de abrir la Puerta Santa en un centro de Cáritas el pasado 18 de diciembre, este viernes el papa Francisco ha llegado por sorpresa a una residencia de ancianos en la periferia de Roma, para visitar a unas 30 personas que viven allí.
Un visita imprevista  –como informa la página web oficial del Jubileo– que ha sorprendido a todos y ha hecho comprender lo importante que son las palabras del Pontífice contra la ‘cultura del descarte’ y el gran valor que las personas ancianas y los abuelos poseen en la Iglesia y en la sociedad.
A continuación ha visitado un centro no hospitalario, donde son atendidas 7 personas en estado vegetativo asistidas por sus familiares. También este gesto –explica la nota– tan profundamente humano del papa Francisco, testimonia el gran valor de la vida humana y de la dignidad con la que debe ser siempre respetada.
Con esta visita sorpresa, comienzan así los gestos de misericordia que el Santo Padre realizará un viernes al mes durante el Año Jubilar, que trazará las obras de misericordia.
Los Papas y los judíos: del Concilio a los “hermanos mayores” de Wojtyla
El papa Francisco será el tercer Pontífice en visitar la Sinagoga de Roma el próximo domingo, 17 de enero. Un nuevo impulso a un camino de fraternidad y reconciliación comenzado hace 50 años
Lo que marcó un antes y un después fue cuando Juan Pablo II, el 13 de abril de 1986, cruzó el umbral de la Sinagoga de Roma, el Templo Mayor, una de las sinagogas más grandes de Europa. El mismo lugar que el domingo 17 de enero visitará también el papa Francisco. Aquella vez fue la primera que un Pontífice realizaba un gesto similar. Nadie, ni judíos ni cristianos, estaban preparados para un evento similar; todos, sin embargo, tenían una certeza: es ese momento se estaba escribiendo un capítulo de la historia. Una historia de reconciliación entre dos pueblos iniciada ya con el Concilio Vaticano II y la redacción de Nostra Aetate, piedra angular del diálogo de la Iglesia con las otras religiones, especialmente  con el judaísmo definido por primera vez de forma oficial como el humus del que floreció el cristianismo.
Incluso antes del Concilio estuvo ese inolvidable gesto de san Juan XXIII que, en 1959, hizo parar, en el Lungotevere, al coche que viajaba y al cortejo pontificio para bendecir a los judíos que, siendo sábado, salían de la Sinagoga. Un gesto revolucionario, de gran simbología, que supuso para el Papa el entusiasmo de todos los presentes que rodearon su coche para aplaudirlo y saludarlo.
Llegó después el viaje de Pablo VI a Tierra Santa, en 1964, que sirvió de trampolín para esta historia de redescubrimiento de las raíces comunes. A esta, el santo Wojtyla dio el impulso final escribiendo un nuevo capítulo que como título tenía una sencilla expresión, “hermanos mayores”. Expresión que desterró completamente a otra: ese “judíos pérfidos” contenido en la oración del Viernes Santo que identificaba las difíciles relaciones vividas entre católicos y judíos hasta el Concilio. Con dos palabras, el Papa polaco sintetizó el profundo cambio que estaba teniendo lugar en la Iglesia y que aún hoy continúa desarrollándose: año tras año, Papa tras Papa.
Desde esa visita a la comunidad judía romana nada fue como antes: el abrazo entre los dos pueblos hermanos deseado por muchos (no por todos) de una simple esperanza pasó a ser algo concreto. De hecho, no se pueden olvidar los gestos de fraternidad y recíproca acogida entre el Pontífice y el entonces rabino jefe de Roma, Elio Toaff. El mismo Toaff, cuyo nombre aparece en el testamento espiritual de Wojtyla, junto al del entonces prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Joseph Ratzinger, después Benedetto XVI, y del cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo de Cracovia, durante cuarenta años secretario particular del Santo Padre. Signo de una unión “que va más allá de lo oficial. Una simpatía sustancial que lleva a la amistad allí donde el perfil doctrinal puede crear problemas”.
Precisamente Toaff, en el volumen autobiográfico ‘Judíos pérfidos, hermanos mayores’, describe detalladamente esos instantes: “Juntos entramos en el Tempo. Entré en medio del público silencioso, en pie, como en sueños, el Papa a mi lado, detrás los cardenales, prelados y rabinos: un cortejo insólito, y ciertamente único en la larga historia de la Sinagoga. Subimos en la Tevá y nos dirigimos hacia el público. Y entonces estalló el aplauso. Un aplauso larguísimo y liberador, no solo para mí sino para todo el público, que finalmente entendió completamente la importancia del momento… El aplauso estalló (nuevamente) con fuerza cuando (el Papa) dijo: ‘Sois nuestros hermanos predilectos y, en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores’”.
Siguieron en los años sucesivos otros encuentros entre los dos líderes religiosos, a menudo privados, y a través de cartas. Muchas cartas. Como esa enviada por Juan Pablo II al rabino en la Pascua judía de 1987, en la que, recordaba Toaff: “El papa Wojtyla me escribía para que me hiciera portavoz ante mi comunidad de sus votos para que prosigamos juntos, judíos y cristianos, en el camino de la libertad y de la fe en la esperanza, con la alegría que está en nuestros corazones durante la gran solemnidad pascual”, “recordémonos en cada momento de nuestra vida que el hombre está hecho a imagen de Dios”, decía Juan Pablo II.
Después de él, Benedicto XVI acudió el 17 de enero de 2010 a la misma famosa y antigua Sinagoga, que surgió –más bien resurgió– entre el 1901 y 1904 en una de las cuatro parcelas de terreno obtenidas por la demolición de las zonas más en ruinas del Ghetto. Los judíos romanos –cuya presencia en la capital de Italia se remonta al año 70– quisieron con fuerza que el nuevo Templo surgiera entre los dos mayores símbolos de la reencontrada libertad: el Campidoglio, sede del ayuntamiento, y el Gianicolo, lugar de las batallas más ásperas del Renacimiento, y que fuera grande y visible desde cualquier punto panorámico de la ciudad.
El resultado fue un edificio ecléctico, impresionante por dentro y por fuera gracias a sus formas asiro-babilonas. Benedicto XVI entró 24 años después de su predecesor. En su discurso, el papa alemán quiso entrar enseguida en la raíz de la visita del papa polaco: “Viniendo entre vosotros por primera vez como cristiano y como Papa, mi venerado predecesor Juan Pablo II quiso ofrecer una contribución decisiva a la consolidación de las buenas relaciones entre nuestras comunidades, para superar toda incomprensión y prejuicio. Mi visita se incluye en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo…”, dijo.
No faltó en esa ocasión, la confirmación de la petición de perdón “por todo lo que ha podido favorecer de alguna manera las llagas del antisemitismo y del antijudaísmo”. “¡Puedan estas llagas ser sanadas para siempre!”, afirmó Ratzinger, elevando la misma sentida oración que Wojtyla pronunció en el Muro de las Lamentaciones, el 26 de marzo de 2000: “….nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos, y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza”.
Por tanto, es un camino ampliamente trabajado el que, el próximo domingo, recorrerá el papa Francisco, desde siempre muy cercano al mundo judío (recordemos su gran amistad con el rabino argentino Abraham Skorka).
Tal camino se enriquecerá con nuevas piezas, coincidiendo con la visita del Pontífice,  la 27ª Jornada de la Iglesia italiana para la profundización y el desarrollo del diálogo entre católicos y judíos,  así como un contexto histórico marcado por varios conflictos en el mundo y por la violencia extremista en nombre de las religiones. Sin olvidar el marco del Jubileo de la Misericordia, también este un evento católico pero de raíz judía, que revive de forma particular la unión entre estos dos pueblos hermanos.
Beata Juana María Condesa Lluch – 16 de enero
«Esta valenciana, ardiente defensora de la mujer trabajadora, fue un remanso de paz y de consuelo para ellas; les devolvió la dignidad. Fundó el Asilo Protector de Obreras y un centro de enseñanza gratuito para las hijas de éstas»
De familia acomodada, nació en Valencia, España, el 30 de marzo de 1862. Fue bautizada en la misma pila en la que recibieron este sacramento san Vicente Ferrer y san Luís Bertrán. Su padre, un médico profundamente comprometido con la fe, era tan ejemplar en la práctica de su profesión que su abnegación le costó la vida al contagiarse del cólera cuando Juana María tenía 3 años. Su madre se ocupó de que ella y su hermana fuesen educadas humana y espiritualmente. Su infancia, como la de muchas niñas, mostraba las aristas de la contradicción; una etapa proclive a las travesuras, y también al anhelo de torcer la voluntad ajena en bien propio. Cuando su carácter se atemperó, vislumbró en Dios el fin de su vida. A ello le ayudó el vínculo que estableció con la Esclavitud Mariana de Grignion de Montfort y con la Archicofradía de las Hijas de María y Santa Teresa de Jesús a las que se afilió en 1875, y de las que fue su administradora. Además, formó parte de la Tercera Orden del Carmen.
Tempranamente se manifestó su amor a la Eucaristía, a la Inmaculada y a san José. Las prácticas de piedad y la oración, además del compromiso que estableció con los necesitados, fueron las armas con las que se enfrentó a la crisis religiosa de su tiempo. La convicción de ser de Cristo para siempre le instó a consagrarle su virginidad privadamente. Poco antes de cumplir los 18 años determinó dejarse guiar por la voluntad de Dios. El paisaje que contemplaba cuando solía ir a la propiedad que su familia tenía en la costa, era un reguero de mujeres trabajadoras que se dirigían a las diversas fábricas para ganar el sustento de los suyos. Ella había gozado del privilegio de una existencia acomodada y recibido una sólida educación. Pero se le partía el corazón al ver a sus compatriotas desprovistas de esos bienes, expuestas a otros avatares preñados de peligros por esos caminos desnudos de protección por los que transita la pobreza de vida a todos los niveles. Y pensó cobijarlas en una casa con objeto de paliar tan graves carencias.
Su juventud parecía más que un acicate una dificultad para llevar adelante la misión a la que se sintió llamada: fundar una congregación religiosa. «Yo y todo lo mío para las obreras», sentimiento que albergaba en su corazón, obtuvo respuesta del cardenal Monescillo: «Grande es tu fe y tu constancia. Ve y abre un asilo a esas obreras por las que con tanta solicitud te interesas y tanto cariño siente tu corazón». Mucho había tenido que insistir Juana María, y convencerse aquél de la autenticidad del proyecto, para poder materializar su sueño. Por fin, comenzó a cumplirse tras estas palabras que le dirigió el cardenal. Y en 1884 abrió el Asilo Protector de Obreras así como un centro de enseñanza gratuita para las hijas de éstas. «Señor, mantenme firme junto a tu cruz», repetía ante las pruebas, mientras la fundación se extendía por las zonas industriales. A las religiosas les recordaba constantemente que debían «ser santas en el cielo, sin levantar polvo en la tierra».
Devolvió la dignidad a las trabajadoras, consideradas hasta entonces como meros instrumentos de trabajo, y con su caridad y espíritu de sacrificio les enseñó a convertir lo ordinario en extraordinario. Hasta 1911 ni ella ni las religiosas que la acompañaban en este empeño pudieron emitir votos perpetuos. «Aceptar y no pedir es el más santo sufrir». «Excelente disciplina es hacer con alegría lo que más nos costaría», había dicho. Los signos de su vida: obediencia, alegría, humildad, constancia, dominio de sí, paz, bondad, entrega, laboriosidad, solidaridad, fe, esperanza y amor atestiguaron su sí incondicional a Cristo. No quiso dar cuenta de la mayoría de las lesiones que poco a poco fueron minando su organismo, y falleció el 16 de enero de 1916. Tenía 54 años. Fue beatificada el 23 de marzo de 2003 por Juan Pablo II.

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ZENIT Staff

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