Tercera Predicación del padre Raniero Cantalamessa © Vatican Media

“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”: Tercera predicación de Cuaresma

Del padre Raniero Cantalamessa

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(zenit – 27 marzo 2020).- Bajo el tema general de “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”, el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ofreció al Papa y a la Curia Roma su tercera predicación de Cuaresma.

En esta ocasión, de acuerdo a Vatican News, el teólogo franciscano reflexiona sobre la Palabra de Dios según el Evangelio de Juan, capitulo 19, versículos del 25 al 27. De este texto, el padre Cantalamessa considera en esta meditación solo la parte primera, la narrativa, dejando para la próxima ocasión el resto del pasaje.

En el Calvario, junto a la cruz de Jesús había un grupo de cuatro mujeres, una de ellas María, su Madre. Ella estaba allí “como su Madre”, indica el teólogo, lo que pone a María en una situación totalmente distinta a la de las otras. No obstante, señala el padre, a ella se le pidió algo mucho más difícil: perdonar.

María permaneció en el Calvario

Si bien “humanamente hablando, María tuvo todos los motivos para gritar a Dios: “¡Me has engañado!”, y aunque hubiese podido escapar del Calvario, en cambio, no lo hizó: “no escapó, sino que permaneció”.

De este modo, se convirtió, en “mártir de la fe, testigo supremo de la confianza en Dios, tras el Hijo”: “María no estaba, pues, ‘junto a la cruz de Jesús’, cerca de él, solo en sentido físico y geográfico, sino también en sentido espiritual. Estaba unida a la cruz de Jesús; estaba dentro del mismo sufrimiento, explica el teólogo”.

Estar junto a la cruz

En línea con el principio-guía del Vaticano II según el cual María es figura y espejo de la Iglesia, su primicia y modelo, el padre Cantalamessa plantea la pregunta: ¿Qué quiso decir a la Iglesia el Espíritu Santo, disponiendo que en la Escritura estuviera registrada esta presencia de María al lado de la cruz de Cristo?

“’Junto a la cruz de Jesús —está escrito— estaba María su Madre y junto a ella el discípulo que él amaba’. […]. Lo que sucedió ese día indica lo que debe suceder cada día: es necesario estar junto a María al pie de la cruz de Jesús, como estuvo el discípulo al que él amaba”.

Para él, estar junto a la cruz “de Jesús” supone que lo primero que hay que hacer, lo más importante de todo, no es estar junto a la cruz en general, sufrir, sino estar junto a la cruz “de Jesús”. No es el sufrir, sino el creer y apropiarse así del sufrimiento de Cristo, aclara.

La fe de María

Lo más grande de María al pie de la cruz fue su fe, más grande incluso que su sufrimiento. La fe es, por lo tanto, “la fuente de toda la fuerza y la fecundidad de la Iglesia”.

En este sentido, para explicarlo, el sacerdote remite a un autor bizantino ortodoxo: “Imagina que en un estadio se ha llevado a cabo una batalla épica. Un valiente ha afrontado el tirano de la ciudad y con sudor, sangre, finalmente lo ha doblegado. Tú (y ese tú somos todos nosotros), estabas en las gradas. Tú no luchaste, no tienes heridas. Pero si tú tiemblas por ese valiente, si tú agitas la asamblea entorno a ti a su favor, si deliras a tal punto de considerar tuya su victoria…yo te digo que tu tendrás parte en la victoria de aquel valiente. Pero aun hay más: imagina que ese valiente no tiene ninguna necesidad de la corona que ha conquistado… ¿qué hará? Pues, la dará a su seguidor, diríamos nosotros hoy. Es así como se realiza la salvación cristiana”.

“Es Jesús, que ha luchado y en la cruz ha vencido al tirano. Nosotros miramos a Él, nos apropiamos de su muerte y así somos salvados. Esta es la salvación cristiana, y esto significa ser salvados gratuitamente”, agrega.

Sufrimiento activo

Después reseña que el signo y la prueba de que se cree realmente en la cruz de Cristo es tomar la propia cruz y seguir a Jesús, participar en sus sufrimientos. No obstante, Cantalamessa precisa que “no se trata solo de sufrimiento aceptado pasivamente, sino también de sufrimiento activo, vivida en unión con Cristo”.

“Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su lecho del hospital tras el atentado—, significa hacerse particularmente susceptibles, particularmente abiertos a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo”, matiza.

Dar razón de nuestra esperanza

Refiriéndose a las palabras del evangelista Juan, el predicador pontificio señala que la cruz de Cristo no es solamente el momento de la muerte de Cristo, sino el de su glorificación y triunfo. María en el Calvario compartió con su Hijo no solo la muerte, sino también las primicias de la Resurrección.

“Como María estuvo junto al Hijo crucificado, así la Iglesia está llamada a estar junto a los crucificados de hoy: los pobres, los que sufren, los humillados y los agraviados. Estar con ellos con esperanza. No basta compadecerse de sus penas o incluso tratar de aliviarlas. Es demasiado poco. Esto lo pueden hacer todos, incluso los que no conocen la resurrección. La Iglesia debe dar esperanza, proclamando que el sufrimiento no es absurdo, sino que tiene un sentido, porque habrá una resurrección de la muerte. La Iglesia debe estar ‘siempre dispuesta a dar razón de su esperanza’ (cf. 1 Pe 3,15)”, sostiene.

Cómplices de la esperanza

Por otro lado, el padre franciscano describe que así como los hombres “tienen necesidad de esperanza para vivir, como del oxígeno para respirar”, la Iglesia “necesita esperanza para proseguir su camino en la historia y no sentirse aplastada por las dificultades”.

De entre las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, la esperanza es la hermana menor, expone recordando al poeta Charles Péguy; es la que lleva a las dos mayores (la fe y la caridad) de la mano. Ellas caminan juntas por la calle tomadas de la mano, las dos grandes a los lados y la niña pequeña en el centro. La niña esperanza es quien arrastra a las dos hermanas, porque si se detiene la esperanza se detiene todo.

Debemos entonces, como dice el poeta, “convertirnos en ‘cómplices’ de la pequeña niña esperanza”: “Hacerse cómplices de la esperanza significa permitir que Dios te desilusione, que te engañes aquí abajo tantas veces como él quiera. Es más: significa estar contentos en el fondo, en alguna parte remota del propio corazón, de que Dios no te haya escuchado la primera y la segunda vez y que siga sin escucharte, porque así te permite que le des una prueba más, de hacer un acto de esperanza más y cada vez más difícil. Te ha dado una gracia mucho más grande de la que pedías: la gracia de esperar en Él. ¡Dios tiene la eternidad para hacerse perdonar el retardo por sus criaturas!”.

Todavía queda algo por hacer

Todo esto, prosigue el padre Cantalamessa, porque “esperar significa justamente descubrir que todavía hay algo que se puede hacer, una tarea que cumplir y que no se nos deja a merced del vacío ni de una paralizante inactividad”.

Incluso cuando no hubiera nada más que hacer por parte nuestra para cambiar una situación difícil, siempre estaría pendiente una gran tarea por cumplir: la de mantenernos bastante comprometidos y mantener lejana la desesperación: la de soportar con paciencia hasta el final.

“Ésta fue la gran ‘tarea’ que María llevó a cumplimiento, esperando, al pie de la cruz, y en esto ella está dispuesta ahora para ayudarnos también a nosotros”, concluye la predicación según el citado medio vaticano.

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Larissa I. López

Larissa I. López es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Sevilla, Máster en Artes de la Comunicación Corporativa y Doctora en Comunicación por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Su trayectoria profesional ha transcurrido entre el ámbito de la comunicación y el de la docencia. Como redactora, ha colaborado con medios como Aceprensa, Pantalla 90 o CinemaNet. Como profesora, por su parte, ha impartido clases en la universidad y en centros de FP y bachillerato. En estos últimos realizaba también tareas relacionadas con la comunicación (redes sociales y edición de contenidos). Cordobesa de nacimiento también ha vivido en Sevilla, Madrid y Roma.

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