Cardinal Fernando Filoni (20 February 2012)

Carde nal Fernando Filoni © ANSA

Cardenal italiano sale en defensa del cardenal Zen, emérito de Hong Kong

Dice el cardenal Filoni: «Se dijo de él: “Es el más italiano de los chinos y el chino más italiano”. Aquí estaba la síntesis, el encuentro de dos culturas».

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(ZENIT Noticias / Roma, 23.09.2022).- Por medio de una carta dirigida al director del diario Avvenire, el cardenal Fernando Filoni, Gran Maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro y prefecto emérito de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, salió en defensa pública del arzobispo emérito de Hong Kong, cardenal Zen, a quien se ha llevado a juicio por defender los derechos humanos en la china comunista. Ningún otro eclesiástico de alto rango se había pronunciado abiertamente en defensa del cardenal Zen. Ofrecemos la traducción al castellano de este texto.

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En un juicio se insinúa: ¡El que pueda hablar, que hable! Ni siquiera Jesús lo eludió en un juicio que marcaría la historia y la vida de un hombre que despertó admiración y profundo respeto religioso: Juan el Bautista. Juan murió dando testimonio de la verdad a la que nadie es superior, reivindicando la unicidad de la ley divina, transpuesta en la tradición judía.

Jesús también pagó por su testimonio de verdad: ¿Qué es la verdad? (cf. Jn 18,38), le preguntó Pilato irónicamente en un juicio dramático en el que el Nazareno fue acusado de violar la soberanía de Roma y a punto de ser condenado a muerte. El veredicto fue emitido, y Jesús fue condenado a una muerte infame; pero ese juicio, nunca concluido, nunca más será olvidado mientras el Evangelio sea proclamado en la tierra. «Yo soy la verdad» (Juan 14: 6), había proclamado Jesús, pero la valoración de Pilato no le importó. Y se lavó las manos.

En estos días, se está celebrando otro juicio. En Hong Kong. Una ciudad que amé mucho al haber vivido allí durante más de ocho años. Allí conocí al padre Joseph Zen Ze-kiun. Era el Inspector de los Salesianos. Un chino hasta la médula. Muy inteligente, agudo, con una sonrisa ganadora. Me decían: «¡Es un shanghainés! Poco a poco fui entendiendo el significado.

En aquella época, además de provinciano, era profesor y como catedrático de filosofía y ética estaba muy bien considerado. Hablaba perfectamente el italiano; no sólo el idioma, sino que los modales se acercaban a la cultura europea que había conocido al asistir a escuelas europeas de joven. Se dijo de él: «Es el más italiano de los chinos y el chino más italiano». Aquí estaba la síntesis, el encuentro de dos culturas.

En realidad, siguió siendo chino; nunca negó su identidad. Y esto me resultaba muy hermoso y fascinante; representaba el prototipo de una interculturalidad que me recordaba a Xu Guangqi, un «cristiano en la corte Ming» (Elisa Giunipero), o, en otros sentidos, la agudeza de monseñor Aloysius Jin Luxian, jesuita, obispo de Shanghai en la época de Deng Xiaoping y posterior, que gustaba de presentarse como el «Nicodemo de nuestros tiempos». Ambos eran shanghaianos.

Shanghái fue una ciudad de mártires en la época de la ocupación nazi por parte de los japoneses; fue una época increíblemente triste, llena de violencia y destrucción que nadie olvida. Incluso la familia del cardenal Zen fue víctima de ella, perdió todas sus posesiones y tuvo que huir.

El joven Zen nunca olvidó esa experiencia y sacó de ella coherencia de carácter y estilo de vida; y luego un gran amor por la libertad y la justicia. Shanghái era heroica, y sus hijos eran considerados héroes, casi intocables incluso por el régimen comunista. El cardenal Zen es uno de los últimos epígonos de esas familias. Los héroes nunca debían ser humillados; también era la mentalidad del establishment chino, como lo es en Occidente para las víctimas de nuestro propio nazi-fascismo.

En la década de 1990, Joseph Zen enseñó en varios seminarios de Hong Kong y China (Shanghai, Pekín, Xian, Wuhan). En Shanghai había sido invitado por el obispo Jin Luxian. Aceptó por el bien de la Iglesia, que se levantó de su martirio y buscó el camino de la supervivencia; esto era flexibilidad, no ceder. Miraba hacia adelante y no juzgaba a las personas: era su filosofía de vida; los sistemas políticos -decía- pueden ser juzgados, y sobre ellos su pensamiento era claro, pero las personas no; el juicio se difiere a Dios, que conoce el corazón de los hombres.

Su respeto y apoyo a la persona ha sido siempre la piedra angular de su visión humana y sacerdotal, y así sigue siendo hasta el día de hoy, aunque estos días sea juzgado en Hong Kong. Su integridad moral y su idealismo fueron considerados del más alto nivel cuando Juan Pablo II lo nombró obispo y Benedicto XVI lo creó cardenal. Algunos lo consideran característicamente un poco nervioso. ¿Y quién no lo sería ante la injusticia y ante la exigencia de la libertad que todo auténtico sistema político y civil debería defender?

Debo atestiguar dos cosas más: el cardenal Zen es un «hombre de Dios»; a veces destemplado, pero sumiso al amor de Cristo, que lo quiso como su sacerdote, profundamente enamorado, como Don Bosco, de la juventud. Para ello era un maestro creíble. Entonces es un «auténtico chino». Nadie, entre los que he conocido, puedo decir que era tan verdaderamente «leal» como él.

En un juicio, el testimonio es fundamental. El Cardenal Zen no debe ser condenado. Hong Kong, China y la Iglesia tienen en él un hijo devoto, del que no hay que avergonzarse. Esto es un testimonio de la verdad.

Traducción del original en italiano realizada por el director editorial de ZENIT.

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Redacción Zenit

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