(ZENIT Noticias / Seúl, 05.05.2026).- La Iglesia Católica en Corea del Sur ha cruzado un umbral simbólico que habría parecido extraordinario hace medio siglo. De apenas un millón de fieles en 1975, la comunidad se ha multiplicado por seis, alcanzando los 6.006.832 católicos a finales de 2025. Sin embargo, este éxito numérico, confirmado en las últimas estadísticas publicadas el 22 de abril por la Conferencia Episcopal Coreana, oculta una realidad eclesial mucho más compleja: una marcada por la fragilidad demográfica, la disminución de la participación y una contracción de las vocaciones que comienza a reconfigurar el futuro de la Iglesia.
La cifra principal —seis millones de católicos— ha sido descrita por los propios obispos no como una culminación, sino como un punto de partida para afrontar lo que reconocen abiertamente como una nueva fase de urgencia pastoral. El crecimiento, si bien sigue siendo positivo, se ha ralentizado drásticamente: un modesto aumento del 0,2 % en 2025, frente al 0,5 % del año anterior. La trayectoria sugiere que la expansión de la Iglesia, impulsada en su momento por las conversiones y el dinamismo social, está entrando en una fase de estancamiento.
Más revelador que el número total de fieles es el perfil de edad de los mismos. Casi uno de cada tres católicos coreanos —el 28,9 %— tiene ahora 65 años o más, lo que convierte a las personas mayores en el grupo demográfico más numeroso dentro de la Iglesia. Esto refleja una tendencia nacional más amplia. Corea del Sur, a pesar de su fortaleza económica, se enfrenta a una de las crisis demográficas más graves del mundo. Su tasa de natalidad, de 0,80 en 2025 (ligeramente superior al mínimo histórico de 0,72 en 2023), sigue estando muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Las implicaciones para la Iglesia son directas: menos bautismos, menos familias jóvenes y una base parroquial cada vez más envejecida.
Aún más preocupante para la vida eclesial es el marcado descenso de la práctica sacramental. La asistencia a la misa dominical ha caído a tan solo el 15 % de los católicos registrados, un descenso significativo respecto al 20,7 % de 2015. Si bien las principales celebraciones litúrgicas, como la Pascua y la Navidad, aún atraen a un mayor número de fieles —con una participación de alrededor del 25 %—, el contraste con las cifras previas a la pandemia es notable. En 2019, casi el 80 % de los católicos asistieron a estas fiestas clave, lo que sugiere que la pandemia de COVID-19 aceleró un alejamiento que aún no se ha revertido.
Una excepción destacable es el Ordinariato Militar, donde la asistencia alcanza el 97 %, debido en gran medida al entorno estructurado de la vida militar. Este contraste subraya una cuestión pastoral más amplia: ¿en qué medida la participación se sustenta en la convicción y en qué medida en el contexto?
El descenso de las vocaciones añade otra capa de urgencia. En 2025, solo se ordenaron 70 nuevos sacerdotes en todo el país, en comparación con los 121 de una década antes, una caída de más del 42 %. Cuatro diócesis —Chuncheon, Wonju, Andong y Jeju— no ordenaron a ningún sacerdote ese año. El número de seminaristas también ha descendido a 854, con menos de 100 nuevos alumnos anualmente desde 2022. La vida religiosa refleja este declive. El número total de religiosos y religiosas asciende a 11.170, 187 menos que el año anterior, continuando una tendencia a la baja que persiste desde 2022. Resulta particularmente llamativo el desplome de los nuevos alumnos: en comparación con 2015, las novicias han disminuido un 61,5 % y los novicios un 40,7 %.
Estas cifras apuntan no solo a una escasez de vocaciones, sino también a un cambio cultural y espiritual más profundo. La rápida modernización de Corea del Sur, su intensa cultura laboral y la evolución de sus valores sociales han contribuido a un distanciamiento gradual de la religión institucional. Para la Iglesia Católica, que en su día gozó de una reputación de claridad moral, excelencia educativa y compromiso social, el desafío ya no reside en la visibilidad, sino en la credibilidad y la relevancia en un entorno altamente competitivo y secularizado.
En su análisis adjunto, los obispos identifican la «recuperación de los fieles inactivos y no practicantes» como una prioridad urgente. El lenguaje se caracteriza por su franqueza. La reintegración de quienes se han alejado de la vida sacramental ya no se considera una preocupación secundaria, sino un imperativo pastoral central. El informe reconoce explícitamente que la cuestión de cómo recuperar a quienes han dejado de practicar la religión «ya no puede ignorarse».
Este diagnóstico coincide con las tendencias generales observadas en muchas partes de la Iglesia a nivel mundial, pero adquiere especial relevancia en el contexto coreano, donde el colapso demográfico y la desconexión religiosa se desarrollan simultáneamente. La convergencia de estas dos dinámicas —menos personas y menos creyentes practicantes— plantea un desafío estructural que no puede abordarse únicamente con estrategias pastorales.
Al mismo tiempo, la Iglesia coreana conserva importantes recursos. Su historia de liderazgo laico, sus sólidas instituciones educativas y su testimonio durante períodos de represión política siguen ofreciendo una base para la renovación. Además, en una sociedad marcada por el aislamiento y la baja natalidad, el énfasis de la Iglesia en la familia, la comunidad y la dignidad de la vida aún puede resonar como una propuesta contracultural.
Alcanzar los seis millones de fieles es, por tanto, menos un triunfo que un momento de diagnóstico. Revela una Iglesia que ha crecido en número, pero que ahora se enfrenta a la tarea más difícil de profundizar el compromiso, fomentar las vocaciones y reconstruir una cultura de participación.
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