(ZENIT Noticias / Roma, 05.05.2026).- En un momento en que la opacidad financiera sigue erosionando la confianza en las instituciones a nivel mundial, la Santa Sede presenta una perspectiva marcadamente diferente. El informe anual 2025 de la Autoridad de Supervisión e Información Financiera, publicado el 30 de abril de 2026, describe un sistema que no solo se ha estabilizado, sino que ha madurado hasta convertirse en una red de supervisión estructurada y cada vez más interconectada, tanto a nivel interno como internacional.
El informe ofrece un análisis detallado de cómo el organismo de control financiero del Vaticano ha consolidado su papel como pilar fundamental en la prevención del lavado de dinero, la financiación del terrorismo e incluso la financiación de la proliferación de armas. Lejos de ser un ejercicio puramente técnico, esta vigilancia se presenta explícitamente como un elemento esencial para la misión de la Iglesia, garantizando que los recursos financieros sirvan a fines humanitarios, pastorales y caritativos sin distorsión ni malversación.
Uno de los indicadores más tangibles de la actividad de este sistema es el número de informes de actividades sospechosas recibidos en 2025: 78 en total. Esta cifra coincide con las expectativas tras la fase de transición de 2024 y refleja la implementación de medidas correctivas aplicadas a las principales entidades informantes tras inspecciones específicas. Cabe destacar la disminución de los informes relacionados con transacciones en efectivo, un cambio probablemente vinculado a la reducción de los flujos de efectivo dentro del ecosistema financiero del Vaticano, como también sugieren los datos sobre declaraciones de efectivo transfronterizas.
La calidad, más que el volumen, parece ser la característica definitoria de estos informes. La Autoridad subraya que la profundidad analítica de la información recibida se ha mantenido consistentemente alta, lo que permite una actuación posterior más eficaz. En este sentido, la inteligencia financiera continúa funcionando como un vínculo fundamental entre la detección y el enjuiciamiento.
Durante el año, se remitieron 16 informes a la Oficina del Promotor de Justicia, manteniendo una proporción constante entre el análisis financiero y la remisión judicial. Paralelamente, se suspendieron tres transacciones como medida preventiva, por un valor total aproximado de 522.000 euros. Estas intervenciones, si bien son limitadas en número, señalan un enfoque selectivo y proporcionado, en lugar de una aplicación indiscriminada de la ley.
Igualmente significativo es el fortalecimiento de la coordinación interna. Los flujos de comunicación entre las autoridades vaticanas y sus homólogas nacionales aumentaron notablemente, con un incremento del 65 % en los intercambios entrantes y del 31 % en las comunicaciones salientes. Esta expansión refleja un sistema cada vez más integrado, donde la información circula con mayor eficiencia y los actores institucionales operan con mayor cohesión. La estrecha y continua colaboración con el Cuerpo de Gendarmería se destaca como un activo operativo clave en este sentido.
Sin embargo, es en el ámbito internacional donde el marco financiero del Vaticano revela uno de sus desarrollos más notables. En 2025, la Autoridad participó en 35 intercambios de información con homólogas extranjeras, lo que subraya una creciente densidad de relaciones operativas con unidades de inteligencia financiera transfronterizas. El aumento de las comunicaciones entrantes, en particular, sugiere que la Santa Sede no solo participa activamente, sino que también es un interlocutor de confianza dentro de la red global.
Esta evolución no se produce de forma aislada. Se desarrolla en el contexto de un panorama financiero cada vez más complejo, donde los flujos ilícitos se mueven rápidamente entre jurisdicciones y donde la cooperación ya no es opcional, sino esencial. El informe destaca la importancia de una colaboración estructurada mediante reuniones y grupos de trabajo destinados a armonizar las normas y compartir las mejores prácticas. Un ejemplo notable es la mesa redonda celebrada con la Autoridad de Inteligencia Financiera de la República de San Marino, que proporcionó una plataforma específica para el diálogo técnico en un momento estratégico, mientras el comité Moneyval del Consejo de Europa se prepara para un nuevo ciclo de evaluación.
Dentro de este marco más amplio, se ha prestado especial atención a las transferencias internacionales de fondos dirigidas a regiones donde la Iglesia participa activamente en labores humanitarias y misioneras. Estas zonas suelen coincidir con sistemas financieros frágiles, lo que plantea un doble desafío: mitigar el riesgo y, al mismo tiempo, garantizar que la ayuda legítima no se vea obstaculizada. Para abordar esta situación, la Autoridad realizó una inspección específica del Instituto para las Obras de Religión, evaluando las salvaguardias existentes para gestionar estas complejidades sin comprometer el apoyo a las comunidades locales.
El propio Instituto permanece bajo supervisión prudencial continua, con esfuerzos concentrados en reforzar las buenas prácticas de gestión y mejorar su integración en el sistema financiero internacional. Este proceso en curso refleja un cambio más amplio en la gobernanza financiera del Vaticano durante la última década, pasando de una reforma reactiva a una consolidación proactiva.
Para quienes observan la Santa Sede, la importancia de estos avances va más allá del cumplimiento técnico. La transparencia financiera se entiende cada vez más como una dimensión de la credibilidad moral. En un entorno global donde el mal uso de los fondos puede alimentar el conflicto, la explotación y la inestabilidad, la insistencia de la Iglesia en la rendición de cuentas se convierte en parte de su testimonio.
El informe de 2025 no pretende ser perfecto, ni sugiere que se hayan eliminado los riesgos. En cambio, presenta un sistema que está aprendiendo, adaptándose y adaptándose a las realidades de una economía globalizada. El énfasis en la cooperación, tanto nacional como internacional, indica la conciencia de que ninguna institución puede operar aislada al enfrentar el delito financiero.
En términos prácticos, las cifras pueden parecer modestas: decenas de informes, un puñado de transacciones suspendidas, unas pocas decenas de intercambios internacionales. Sin embargo, tras estas cifras se esconde un esfuerzo deliberado por alinear la gestión financiera con las exigencias éticas de la misión de la Iglesia. En ese sentido, la labor de supervisión no es meramente administrativa, sino que forma parte de un compromiso más amplio para garantizar que los recursos confiados a la Iglesia se utilicen de manera que reflejen los valores que proclama.
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