MADRID, jueves 17 de marzo de 2011 (ZENIT.org) Cada vez es mayor el auge y más los documentos publicados en la prensa mundial que desvelan comportamientos anti éticos de diferentes entes gubernamentales. ¿Se trata de un mayor énfasis en el periodismo investigativo? No. Se trata de una organización mediática internacional que está próxima a cumplir cuatro años de actividad: Wikileaks.

Dice la Veritatis Splendor (97): “Más allá de las intenciones, a veces buenas, y de las circunstancias, a menudo difíciles, las autoridades civiles y los individuos jamás están autorizados a transgredir los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana”, entonces ¿hasta qué punto resulta ético publicar documentos que son resultados de filtraciones de un estado, empresa o incluso de una entidad religiosa?

Para ello ZENIT habló con el sacerdote y periodista José María Gil Tamayo, director del secretariado de la Comisión de Medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal española y consultor del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales.

Ha sido director de la revista 'Iglesia en camino' y de la programación del área socio-religiosa de COPE Badajoz.

Además, ocupa los cargos de Consiliario de la Unión Católica de Informadores y Periodistas de España (UCIP-E), consejero de la cadena COPE y de Popular TV, y colabora frecuentemente en numerosos congresos y jornadas. Igualmente, es coordinador de los programas religiosos de RTVE y experto del Comité Episcopal Europeo para los Medios.

- ¿Es un acto intrínsicamente malo el transgredir la privacidad e infiltrarse para buscar comportamientos no éticos de parte de gobiernos o entidades?

José María Gil Tamayo: La libertad de expresión no es una libertad absoluta. La transparencia informativa exige una gradualidad en función de los derechos de los otros y no equivale nunca a la intemperie social y legal. Esto no sólo hace referencia a las personas individuales, sino que por extensión también es aplicable a las instituciones, especialmente aquéllas que sustentan la convivencia pacífica, libre y democrática, y que gozan de personalidad jurídica y también son sujetos de protección por el Derecho. El mundo no puede convertirse en un "Gran Hermano".

- ¿Cree que en este caso el fin justifica los medios? El hecho de infiltrarse para hacer salir a la luz comportamientos anti éticos, que, en algunos casos podrían buscar un mal menor?

José María Gil Tamayo: El fin nunca justifica los medios, ni hay terrenos humanos francos o exentos de la ética, en este caso informativa. Nunca del mal -en los contenidos, en los resultados o en los procedimientos- sale el bien. El derecho a la información ha de conciliarse de manera armónica con el derecho al honor y a la vida privada, de tal modo que uno no anule a los otros, sino que el equilibrio venga dado por la proporcionalidad de la relevancia e importancia para el interés publico del asunto privado sobre el que se pretenda informar.

Hay que discernir, y la justicia informativa, por ser justicia, da a cada uno lo suyo. Es en este enfoque de derecho y no como colisión de libertades en el que hay que entender la libertad informativa. Sólo así es posible contemplar la información como un derecho del público y un deber correlativo de las empresas informativas y de los comunicadores, a los que se les ha de exigir una responsabilidad de mediación social de especial relevancia y por ello ética.

- ¿Existe el peligro de perder de vista las investigaciones del reportero tradicional, que hacía de enlace y aplicaba su criterio entre la fuente y el medio? ¿O de que se trivialicen los escándalos?, ¿de que se le quiera dar el título de “watergate” a todo supuesto escándalo que salga a la luz?

José María Gil Tamayo: El derecho a la información no puede llevar a la suplantación de los órganos jurisdiccionales (p. el poder judicial) de los Estados libres en el control del resto de los poderes del Estado y de las instituciones (gobiernos, parlamentos, etc.), de tal manera que los medios de comunicación, en especial los dotados del poder de las tecnologías más avanzadas, se constituyan en un cuarto poder que juzga y hasta condena -en juicios paralelos mediáticos- sin garantías judiciales a los posibles sospechosos de contravenir el interés general o de cometer posibles delitos. ¿Quién determina si es delito? ¿el editor? ¿una consulta a la opinión pública valorada según los impactos en la red para determinar su criterio de veracidad? Con esto no quiero decir que los medios enmudezcan o reduzcan su capacidad crítica y de denuncia de lo injusto o dañino para sociedad, pero sí han de hacerlo, con una contrastada y exhaustiva investigación y con ejemplar respeto a los derechos personales y sociales de los demás, tanto en los procedimientos como en los contenidos informativos.

La preservación de la dignidad y los derechos de la persona y el logro del bien común han de ser los criterios básicos para una adecuada ética informativa.

- Al sacar a la luz este tipo de información sin la previa consulta de las fuentes, ¿no existe el peligro de que pueda haber malas interpretaciones, es decir, políticas que no necesariamente expresen ideas anti-éticas y que, por su redacción o por códigos particulares que se manejan dentro de la entidad parezcan expresadas como tales?

José María Gil Tamayo: Al igual que en otros campos éticos no todo lo que se puedese debe hacer y así, por ejemplo, con respecto a la información reservada que afecta a la seguridad de los Estados, los propios ordenamientos jurídicos, incluso los parlamentos prevén de forma reglada “comisiones de secretos oficiales” en los que la soberanía popular se delega sin que esto ponga en peligro la seguridad nacional o el bien común. No todo lo que supuestamente afecta a todos debe ser conocido por todos de la misma manera, sino en función de las responsabilidades de gobierno o sociales que cada uno tiene, al igual que el derecho a la información que tiene toda ser humano no es ejercido con la misma plenitud por todos los sujetos, sino en relación con sus capacidades y así los menores acceden a él progresivamente a medida que avanzan en madurez con la edad.

Por lo que se refiere a un Estado de Derecho, libre y democrático: cuando hay sospecha de delito o de prácticas dañinas para el bien común, a la vez que se informa debidamente, pónganse también en conocimiento de las autoridades judiciales, para que se proceda a su reparación con las garantías de procedimiento y de justicia que salvaguarden los derechos de todos y no se exponga a peligro el bien común o el interés general que se pretende salvaguardar. La información ha de estar contrastada y acompasada con la justicia y la armonía de los derechos. No es un derecho omnímodo, sino que deberá ser armonizado con otros.

En definitiva, se trata de lograr, como tan reiteradamente pide el Papa Benedicto XVI, una comunicación verdaderamente humana, conforme a la dignidad de la persona y al bien común, que en el caso de los cristianos viene iluminada por la sabiduría moral del Evangelio. Esta tarea es especialmente importante tanto para fundamentar la consideración ética de la comunicación social (Infoética), como para salvaguardar la imprescindible “cuestión antropológica” sobre la que tanto insiste el Papa (Cf. Caritas in veritate, n. 73).

Por Carmen Elena Villa

¿Qué relación hay entre la religión y el sistema artístico?

Por Rodolfo Papa*

ROMA, martes 1 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- Con la expresión “sistema artístico” comprendo el total de principios y reglas que son necesarios en un sistema de signos, articulando el significado. Por ejemplo son sistemas artísticos distintos el sistema figurativo, el sistema no figurativo y el anicónico. Con religión quiero decir cualquier credo, de toda época y lugar.

Interrogarse sobre la relación que hay entre las religiones y los sistemas artísticos puede abrir un inmenso abanico de opciones, organizadas según reflexiones sobre aspectos poco comunes del arte, de su historia, de sus teorías, y por último también en el arte sacro en cuanto a tal. La pregunta inicial se concreta en una pregunta posterior, desde la repuesta más difícil es decir: ¿el vínculo entre religiones y sistemas artísticos es imprescindible?, ¿existe una especie de relación de reciprocidad biunívoca entre un mundo de creencias y el mundo de los signos del que es expresión?

Este tipo de reflexiones puede ser realizada tomando en consideración la historia de los pueblos, de sus religiones y de sus expresiones artísticas, indagando con sensibilidad antropológico-cultural, estando atentos no sólo al mero registro de los hechos, sino buscando vínculos y motivaciones. En el breve espacio de mi intervención, buscaré la manera de recoger algún indicio en este proceso histórico-artístico-cultural, proponiendo sólo algunos puntos de reflexión, útiles para una teorización más amplia y sistemática.

Algunas relaciones entre religión y arte son muy famosas, incluso pueden servir como puntos de referencia paradigmática. Por ejemplo es muy conocido el nexo entre el aniconismo y el Islam, motivado por la necesidad teológica de no tener representaciones figurativas dentro del complejo sistema de decoraciones simbólicas de los lugares sagrados. Otro conocido y estudiado es la prohibición de la representación antropomórfica en la tradición judía, que se coloca en clara relación con un sistema teórico que ha desarrollado, en el curso de la milenaria historia del pueblo hebreo, múltiples posibilidades simbólicas mediante signos abstractos o decorativos, capaces de traducir al arte un mundo de sabiduría, como es el caso de las decoraciones textiles de las alfombras sefarditas.

Por tanto el monoteísmo judío y el monoteísmo islámico ofrecen una clara opción de sistemas fundamentalmente no figurativos. Muy interesante es el análisis de las expresiones artísticas de poblaciones que practicaban, y todavía practican, cultos naturalistas, panteístas, ya que se destaca en los productos artesanales de estas culturas, un sistema de signos recurrente, es decir una vasta gama de signos zoomórficos, fitomórficos y sobre todo informales y abstractos de tipo geométrico o amorfo; este uso de un vocabulario más amplio de signos pero en el que todos tienden a un sistema de geometrización o estilización, nos ayuda a comprender como este inmenso vocabulario de signos, formas y composiciones tenga un profunda relación con el mundo denso de los espíritus y de seres más o menos demoníacos que tiene lugar en la dimensión cultural y cultual de estos pueblos. La antropología cultural y la historia de las artes, trabajando juntos, revelan un mundo de artefactos, que van desde los utensilios domésticos más simples hasta los verdaderos y propios instrumentos del culto, llenos de signos apotropaicos, que se asignan a espíritus positivos o negativos que presiden o protegen un lugar o una actividad o una determinada acción humana.

Profundizando en el estudio, esta tipología de sistema representativo es quizás una de las más difundidas en el planeta y cronológicamente está entre las primeras que apareció en el inmenso mundo de las expresiones artísticas. Aquí encontramos de hecho expresión, en una clasificación sumaria de los hallazgos arqueológicos que abarcan múltiples dimensiones culturales, de muchos ejemplos: desde los dibujos rupestres a los tapa polinesios, desde los jarrones de Kamares a las decoraciones de tambores lapones, desde los cuencos itálicos de la Edad de Hierro, a las estelas daunias del siglo V a.C. a los mandala tibetanos.

Un sentido difundido de la sacralidad, que coincide con el mundo natural y se esconde y se expresa en las fuerzas de la naturaleza, dando lugar, por tanto, a visiones cosmológicas en las que prevalece la simbología geométrica y el signo abstracto. Muy distinta es la situación de la mitología politeísta de los antiguos griegos, en los que los dioses, si bien se adaptaban a los elementos naturales, estaban representados como verdaderas y propias personificaciones de las formas humanas. El antropomorfismo de tal declinación religiosa ha producido un sistema de signos particularmente implicado en la representación de la figura humana. El dios griego del mar tiene un cuerpo humano, no es el espíritu del río: necesita por tanto de un sistema de signos para ser expresado. El politeísmo griego y otros politeísmos de la antigüedad han creado sistemas artísticos en su mayoría figurativos.

Finalmente, constituye un caso particular, una excepción que lleva a su cumplimiento y a la madurez plena a los signos figurativos, el monoteísmo cristiano. El misterio de la trascendencia de Dios está iluminado por el misterio de la Encarnación: Dios se hace hombre y nos revela que Dios Uno es Trino, y que en el rostro de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se ve el rostro del Padre. El arte cristiano se encuentra enseguida dedicada a observar un rostro y reproducirlo. La opción para el sistema figurativo se vuelve ineludible: la dimensión histórica de la vida de Jesús, y después la vida de sus discípulos, de sus apóstoles, de su Iglesia, impone un sistema figurativo y narrativo.

Sin embargo no faltan, desde el principio, tentaciones anicónicas, el temor de ensuciar la trascendencia con la figuración, la respuesta definitiva a estos temores está en el Decreto sulle immagini del Concilio de Nicea II, pero sobre todo está en la seguridad de una ininterrumpida tradición bimilenaria que ha llevado a su culmen al sistema figurativo, perfeccionando la expresión para hacerlo apto a la representación de la visión de la realidad creada y redimida, en la que la belleza natural es signo y expresión de la infinita Belleza de Dios. El vínculo entre las religiones y los sistemas artísticos aparece sólido y profundo, vivo y fecundo; cada sistema de signos expresa un total de creencias, una visión religiosa del cosmos y del hombre. Y existe, también, de forma recíproca, un nexo fuerte e indisoluble entre el signo y la idea religiosa, entre el sistema artístico y el mundo religioso que los ha producido.

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]