Requiere que la Iglesia conozca al hombre que se considera para la ordenación.

Sexualidad y salud mental en los seminarios: lo que revela una importante investigación estadounidense sobre psicología y sexo

Nuevo informe del Instituto McGrath para la Vida Eclesial de la Universidad de Notre Dame que aboga por un enfoque más riguroso e integral de la evaluación psicológica, la formación humana y el discernimiento de los candidatos al sacerdocio.

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(ZENIT Noticias / Roma, 19.07.2026).- El futuro del sacerdocio católico podría depender menos de cuántos hombres ingresen a los seminarios estadounidenses que de la honestidad con la que la Iglesia discierna quiénes están verdaderamente preparados para la ordenación.

Este es el desafío central de un nuevo informe del Instituto McGrath para la Vida Eclesial de la Universidad de Notre Dame, que aboga por un enfoque más riguroso e integral de la evaluación psicológica, la formación humana y el discernimiento de los candidatos al sacerdocio.

El informe, titulado «¿Los considera dignos?», toma su nombre de la pregunta que se formula durante el rito de ordenación cuando un obispo pregunta si un candidato ha sido considerado digno. Sus autores, el padre Thomas Berg, ex formador de seminarios y teólogo moral, y Timothy Lock, psicólogo clínico, sostienen que responder a esa pregunta con responsabilidad requiere más que un examen psicológico formal o un expediente académico exitoso.

Requiere que la Iglesia conozca al hombre que se considera para la ordenación.

El informe se basa principalmente en la investigación realizada por el Centro de Investigación Aplicada al Apostolado de la Universidad de Georgetown y en los debates celebrados durante una conferencia de 2025 sobre servicios psicológicos en seminarios. Sus recomendaciones surgen en el contexto de la crisis de abusos sexuales por parte del clero, pero los autores no presentan el sistema de seminarios estadounidense como fundamentalmente fallido.

Su diagnóstico es más matizado y, potencialmente, más exigente

La mayoría de los hombres que actualmente se preparan para el sacerdocio probablemente sean candidatos idóneos, afirmó el padre Berg. El reto, según él y Lock, consiste en asegurar que estos hombres reciban la ayuda que necesitan, identificando al mismo tiempo, con igual honestidad, a aquellos cuyas dificultades hacen que la ordenación no sea aconsejable.

Esto implica resistir lo que el informe describe como una preocupación excesiva por las cifras.

La presión por mantener o aumentar el número de seminaristas puede generar una peligrosa tentación: interpretar la admisión exitosa de un candidato, o su progreso en la formación, como prueba de que eventualmente debería ser ordenado. Los autores argumentan que la Iglesia debe, en cambio, estar dispuesta a aceptar la dolorosa conclusión de que algunos hombres no deberían ser sacerdotes.

Por el bien del seminarista, de la Iglesia y de las personas a las que algún día servirá, la calidad debe primar sobre la cantidad.

Una de las críticas más contundentes del informe se refiere al uso de las evaluaciones psicológicas. Si bien las pruebas psicológicas forman parte del proceso de admisión al seminario desde hace tiempo, los autores afirman que con demasiada frecuencia se las trata como un simple requisito de aprobado o suspenso, en lugar de como un elemento más de un proceso continuo de formación.

Recomiendan una atención psicológica más integral, que incluya asesoramiento regular y evaluaciones exhaustivas al menos dos veces durante la formación en el seminario. Asimismo, abogan por una mayor cooperación entre psicólogos y formadores del seminario.

La necesidad no es teórica. El informe cita datos sociales más amplios que indican que el 54 % de los adultos experimenta soledad, el 66 % presenta síntomas físicos de estrés y el 69 % afirma necesitar más apoyo emocional del que ha recibido.

Los seminaristas, argumentan los autores, no ingresan a la formación ajenos a la cultura que los rodea.

El informe también revela una notable discrepancia entre la confianza de los responsables de la formación y la de los profesionales de la salud mental respecto a la preparación de los seminaristas para la madurez sexual. Mientras que el 85 % de los obispos, el 84 % de los rectores de seminarios y el 72 % de los directores de vocaciones expresaron una gran confianza o certeza en que los seminarios preparaban adecuadamente a los hombres en este ámbito, solo el 35 % de los profesionales de la salud mental afirmó lo mismo. Apenas el 14 % manifestó un alto nivel de confianza.

Esa divergencia es una de las conclusiones más importantes del informe. Sugiere que la evaluación interna que hace la Iglesia de sus programas de formación puede ser considerablemente más optimista que la de los profesionales directamente involucrados en la atención psicológica.

Por lo tanto, los autores recomiendan que cada seminario cuente con un psicólogo en su plantilla y que los profesionales de la psicología trabajen más estrechamente con el resto del equipo de formación.

Asimismo, sostienen que la evaluación psicológica de un candidato no debe ser un documento aislado que se archiva al inicio de la formación. Debe contribuir a una comprensión continua del desarrollo, las fortalezas y las vulnerabilidades del seminarista.

Esto no significa considerar toda dificultad psicológica como motivo para excluir a un hombre del sacerdocio. Por el contrario, el informe subraya que un tratamiento adecuado puede promover una auténtica libertad humana y un crecimiento duradero.

Esta distinción es especialmente importante en el caso de candidatos con trastornos como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el trastorno obsesivo-compulsivo o el trastorno del espectro autista.

El informe señala que algunos obispos siguen preocupados por la ordenación de hombres con autismo, mientras que otros consideran el autismo en sí mismo un factor descalificador. Los autores argumentan que se necesita más investigación y mejores recursos, en lugar de generalizaciones.

También afirman que tomar medicación para el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o el trastorno obsesivo-compulsivo no debería considerarse, por sí solo, un impedimento para la ordenación.

El análisis de la madurez sexual es más directo

El informe sostiene que los seminarios deben abordar la pornografía, la masturbación, la conducta sexual compulsiva y otras dificultades con mayor honestidad. Sus autores advierten contra una cultura de formación en la que los problemas se ocultan, se racionalizan o se tratan simplemente como fallos privados que pueden manejarse sin un análisis más profundo.

El objetivo, insisten, no es simplemente contar las recaídas ni exigir una apariencia de perfección. Es ayudar al hombre a alcanzar una comprensión integral y madura de la castidad y a entender por qué puede recurrir a la conducta sexual como respuesta a la soledad, el estrés o las dificultades de la vida célibe.

El informe recomienda la continencia sostenida, una mayor estabilidad, una pronta recuperación tras los contratiempos, una formación teológica y psicológica más sólida sobre la castidad, medidas de seguridad en internet y formas de rendición de cuentas que involucren a compañeros o grupos.

Su principio fundamental es que el sacerdocio requiere más que la supresión externa de la conducta. Un futuro sacerdote debe ser capaz de relacionarse con los demás con libertad, autocontrol y auténtica caridad.

Los autores describen el objetivo, en términos marcadamente pastorales, como la formación de padres espirituales: hombres maduros capaces de mirar a su pueblo con amor puro.

El informe también aborda una de las cuestiones más delicadas en la formación de los seminarios católicos contemporáneos: el discernimiento de los candidatos que experimentan atracción por personas del mismo sexo. Señala los desacuerdos entre obispos, formadores y profesionales de la salud mental con respecto a la aplicación y utilidad de la instrucción del Vaticano de 2005 sobre el tema.

Los autores abogan por una mayor claridad y coherencia en las definiciones utilizadas en el discernimiento y recomiendan una colaboración más estrecha entre profesionales de la psicología cualificados y los responsables de la formación sacerdotal.

Aquí, como en otros casos, el argumento principal del informe es que la ambigüedad y el ocultamiento son sustitutos peligrosos del discernimiento honesto.

El estudio también examina el creciente número de candidatos con trastorno del espectro autista. Cita investigaciones que muestran un aumento drástico en la prevalencia del autismo, pasando de aproximadamente 0,5 casos por cada 1000 niños en las décadas de 1960 y 1970 a 32,2 por cada 1000 en 2022. Los autores advierten que esto no determina automáticamente la idoneidad para el sacerdocio y abogan, en cambio, por una mejor evaluación y un apoyo a largo plazo.

Por lo tanto, la cuestión que enfrenta la Iglesia estadounidense no es si la psicología debe reemplazar la formación espiritual. El informe defiende lo contrario: la psicología debe servir a un proceso más completo de formación humana, espiritual y pastoral.

Tampoco su mensaje es que los seminarios estén fracasando por completo. Timothy Lock describió el informe no como una señal de alarma, sino como un llamado a la excelencia.

Esa distinción es importante. Una Iglesia que interpreta cada preocupación como prueba de un colapso sistémico corre el riesgo de desalentar a buenos candidatos y socavar la confianza en instituciones que han logrado avances genuinos. Pero una Iglesia que da por sentado que sus sistemas son suficientes corre el riesgo de no identificar las debilidades hasta que se conviertan en crisis.

El desafío del informe es, en última instancia, un desafío de valentíaUn obispo debe estar dispuesto a decir que un hombre no está preparado para la ordenación. Un seminarista debe estar dispuesto a revelar aspectos de su vida que pueden resultar incómodos o embarazosos. Un formador debe estar dispuesto a escuchar a un psicólogo cuya evaluación sea menos tranquilizadora que la suya. Y la Iglesia debe estar dispuesta a reconocer que ayudar a un hombre a abandonar el seminario puede ser, en ocasiones, un acto de caridad más que un fracaso.

La pregunta que se plantea durante el rito de ordenación —si un candidato es digno— no puede responderse solo con cifras.

Exige una Iglesia dispuesta a conocer a sus futuros sacerdotes con la suficiente profundidad como para acoger a quienes pueden servir con libertad y madurez, y para impedir que quienes no pueden.

Esa puede ser la forma más exigente de discernimiento vocacional: no se trata simplemente de encontrar hombres dispuestos a convertirse en sacerdotes, sino de tener la sabiduría para determinar qué hombres realmente deberían serlo.

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Jorge Enrique Mújica

Licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma, y “veterano” colaborador de medios impresos y digitales sobre argumentos religiosos y de comunicación. En la cuenta de Twitter: https://twitter.com/web_pastor, habla de Dios e internet y Church and media: evangelidigitalización."

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