Yves Congar, el silencio heroico de un teólogo

Publicadas en Francia las memorias de sus años difíciles (1946-56)

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PARÍS, 25 mar 2001 (ZENIT.org).- La estatura intelectual y espiritual de Yves Congar, uno de los teólogos más influyentes de la Iglesia en el siglo XX, ha cobrado nueva fuerza con la publicación de los pensamientos que escribió en los años difíciles en los que estuvo sometido a sanciones por parte de sus superiores.

Congar (1904-1995) fue uno de los grandes protagonistas con su pensamiento teológico del Concilio Vaticano II y un auténtico pionero en campos como el del ecumenismo o la teología del
laicado. Por este motivo, Juan Pablo II le nombró cardenal en 1994, como coronamiento de su largo y fiel servicio a la verdad y a la Iglesia.

Con el título «Journal d´un theologien», la editorial de los dominicos franceses, Cerf, acaba de sacar a la luz escritos de Congar de 1946 a 1956, en los que da cuenta de las medidas restrictivas y el progresivo aislamiento al que fue sometido, por orden del entonces Santo Oficio, de parte de las autoridades de la Orden.

El diario de Congar hace un elenco minucioso de las sanciones eclesiásticas a las que debió obedecer sin tener nunca la posibilidad de conocer exactamente cuáles eran las acusaciones concretas que se le dirigían. En aquellos años precedentes al Concilio, su propuesta pionera en materia de ecumenismo y del papel de los laicos en la Iglesia suscitó preocupaciones en el Santo Oficio y entre sus superiores, quienes le obligaron a guardar silencio.

Camino ecuménico
El teólogo llegó a comprender el ecumenismo de manera casi natural, como consecuencia de la educación recibida en familia, suficientemente abierta como para permitirle tener amigos entre hijos de judíos, protestantes y agnósticos.

Esta primera opción fue luego madurada por la experiencia de las dos guerras. En Sedan (Ardennes, Francia), su ciudad natal, durante la primera guerra mundial, quedó profundamente impresionado por el gesto espontáneo de un pastor protestante que puso a disposición de su párroco, que se había quedado sin iglesia a causa de los bombardeos, la pequeña capilla de la comunidad reformada.

En la segunda guerra mundial, durante los cinco largos años de prisión en Alemania, se puso en contacto con protestantes y anglicanos y descubrió la necesidad de un encuentro que no tuviera como finalidad el retorno a casa de los herejes, sino que estuviera basado en un verdadero diálogo en búsqueda de la verdad plena de la Iglesia.

Teología del laicado
Por otra parte, la teología del laicado fue acometida por Congar en los años treinta. Profesor en el famoso centro teológico de Le Saulchoir que, bajo el impulso del padre Marie-Dominique Chenu (1895-1990), su maestro, trataba de hacer teología no en la abstracción del razonamiento, sino tratando de seguir el camino de la Palabra de Dios que interpela a los hombres en su historia. De este modo, quiso dar un fundamento teológico a la nueva concepción de la Iglesia, que tomaba vigor en el impulso del movimiento litúrgico y de la Acción Católica.

Congar se hizo intérprete de esta nueva sensibilidad, la elaboró en sus publicaciones, y sin darse cuenta preparó el humus del que se nutriría la constitución «Lumen Gentium» del Concilio Vaticano II.

Pero, además, se dio una circunstancia decisiva que dio pie a las medidas tomadas por sus superiores: una campaña extendida por ambientes católicos contra la «Nouvelle Théologie», iniciada en 1946 y culminada en 1950. Las propuestas de Congar y otros teólogos dominicos amigos (como el mismo padre Chenu), parecían estar en contradicción con la publicación de la encíclica de Pío XII «Humani generis».

Las autoridades dominicas con el fin de prevenir posibles medidas contra la Orden, impusieron a Congar a partir de 1946, medidas restrictivas. Se le impidió participar en encuentros ecuménicos, se le impuso renunciar a conferencias y encuentros públicos, sus escritos fueron sometidos a censura, fue suspendida una nueva edición de «Cristianos desunidos» («Chrétiens désunis, principes d´un oecumenisme catholique», 1937). Las medidas se tomaron en un clima de incertidumbre que hacían más difícil la posición del teólogo.

La crisis se hizo más aguda en 1954, después de que la Iglesia pidiera a los «sacerdotes obreros» que dieran marcha atrás. Congar había pronunciado por ellos palabras de caridad y de respeto. En ese momento, el maestro general de la Orden dominica impuso a algunos de sus religiosos más conocidos, entre los que se encontraba Congar, que dejaran la enseñanza en el centro teológico de Le Saulchoir.

El teólogo vivió así años de «exilio» que le levaron a Jerusalén, Roma –donde fue sometido a examen por parte del Santo Oficio-, y a Oxford.

El padre Congar reaccionó a estas medidas con sentimientos de ansiedad y en ocasiones incluso de cólera personal. Ahora bien, siempre obedeció. Había pasado cinco años encerrado en un campo de concentración nazi y en ocasiones llegó a sentir la misma rebelión y ansiedad. Sentimientos incluso excesivos, como reconoce él mismo en los raros momentos de serenidad.

Lo que más le costó fue perder a sus amigos. «Un hombre –repite– no es sólo su piel y su alma, están las amistades y las relaciones». No es por casualidad que el único documento en el que su ánimo parece finalmente dulcificarse y enternecerse es una carta a su madre con más de ochenta años: «Yo no he dicho nada, o casi, pero tú has adivinado mucho. Mucho más que tantos hermanos [de la Orden] y amigos míos, menos habituados al «sufrimiento y al amor»».

Este dolor tiñó de heroísmo la obediencia que había tributado a sus superiores el día que entró en la orden dominica, pronunciando los votos de pobreza, castidad y obediencia.

El 5 de julio de 1960 Congar era nombrado consultor de la comisión teológica preparatoria del Concilio Vaticano II. Participó como experto en el Concilio Vaticano II entre 1962 y 1965. Después del Concilio Vaticano II su teología se convirtió en un extraordinario empuje para la eclesiología.

Pasada la tempestad, en 1961, Congar escribía: «He consagrado mi vida al servicio de la verdad. La he amado y la amo todavía como se puede amar a una persona».

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ZENIT Staff

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