Juan Pablo II: La Transfiguración de Jesús vista por Pablo VI

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Palabras del pontífice antes de rezar la oración mariana del «Angelus»

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GASTEL GANDOLFO, 5 agosto 2001 (ZENIT.org).- Al rezar la oración mariana del «Angelus», Juan Pablo II hizo este domingo un emotivo recuerdo de su predecesor, el Papa Pablo VI, testigo de Cristo «en años complejos y difíciles», recordando el pasaje evangélico de la Transfiguración, 6 de agosto, día en que falleció hace 23 años.

Ofrecemos a continuación las palabras que pronunció el pontífice.

* * *

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Mañana, 6 de agosto, celebraremos la solemnidad de la Transfiguración del Señor. Los evangelistas Lucas, Marcos y Mateo dicen que Jesús llevó a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan a un «monte elevado», identificado con el Tabor, en Galilea. Ante ellos se transfiguró. «Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mateo 17,1-2). Junto a Él aparecieron las veneradas figuras de Moisés y Elías. El Padre mismo, en una «nube luminosa», hizo escuchar su voz diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mateo 17, 5).

Este misterio, que el Señor ordenó entonces mantener en secreto (Cf. Mateo 17, 9), tras su Resurrección, forma parte integrante de la Buena Noticia: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, que hoy contemplamos deslumbrante en la luz de su gloria.

2. ¡Dos mil años después, la Iglesia repite con inmutado vigor que Cristo es la luz del mundo! Su luz imprime todos los días un sentido nuevo a nuestra manera de vivir.

Este anunció conformó toda la existencia del siervo de Dios Pablo VI, fallecido el 6 de agosto de 1978. Con motivo del «Angelus» de aquel día, que no pudo pronunciar, había escrito: «La Transfiguración del Señor arroja una luz deslumbrante sobre nuestra vida cotidiana y nos lleva a dirigir la atención al destino inmortal que se esconde detrás de aquel acontecimiento».

Volvemos a escuchar estas palabras suyas veinte tres años después con íntima emoción. Recordamos con gratitud y cariño a mi venerado predecesor que rindió testimonio fiel de Cristo en años complejos y difíciles. Rezamos por él, invocando a la Virgen Santa, Madre celestial de Dios.

3. María, ¡Madre de Dios! Así la venera hoy Roma, al celebrar la dedicación de la basílica patriarcal de Santa María la Mayor, la iglesia más antigua dedicada a la Bienaventurada Virgen María en Occidente. Esta fiesta, tan sentida por los romanos, invita a dirigir la mirada a esa mujer que el Padre escogió como Madre de su Hijo unigénito, y por este motivo, Madre de toda la humanidad. Le pedimos a ella que nos ayude a permanecer unidos a su Hijo Jesús, siempre: ahora y en la hora de nuestra muerte.

[Traducción realizada del italiano por Zenit]

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ZENIT Staff

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