El cardenal Julián Herranz, académico honorario de la Real Jurisprudencia y Legislación

MADRID, domingo, 18 noviembre 2007 (ZENIT.org).-

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El pleno de académicos numerarios de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España ha impuesto la Medalla de académico honorario al cardenal Julián Herranz, propuesto por los académicos señores Díez de Velasco, Pau Pedrón y Amorós Guardiola por ser el primer español que ha ocupado la presidencia del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, cuya función en la Santa Sede equivale de algún modo a la del Tribunal Constitucional en los ordenamientos civiles

Según informa Analisis Digital, el cardenal Herránz, al que acompañaba el académico electo de la Real Academia de la Historia, cardenal Cañizares, disertó el pasado miércoles sobre «La urgencia de un diálogo interdisciplinar», deteniéndose especialmente en las relaciones Derecho y Moral, y Derecho y Bioética.

Según el nuevo académico: «Se trata de relaciones que deben ser afrontadas con ánimo positivo y sereno, pero firme ante lo que Benedicto XVI ha llamado la dictadura del relativismo».

En su exposición partió de dos textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

El primero, incluido en el acto litúrgico con el que durante el Jubileo del Año 2000 Juan Pablo II confió a la intercesión de la Santísima Virgen el Tercer Milenio, dice así «La Humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita: puede hacer de este mundo un jardín, o reducirlo a un montón de ruinas. Ha adquirido extraordinarias capacidades de intervención sobre las fuentes mismas de la vida: puede usar de ellas para el bien, dentro del cauce de la ley moral, o puede ceder al orgullo miope de una ciencia que no acepta límites, hasta pisotear el respeto debido a todo ser humano. Hoy más que nunca en el pasado, la Humanidad está en la encrucijada».

A su vez Benedicto XVI, refiriéndose al desafío que la revolución biotecnológica pone a la tutela del concepto de persona y de sus derechos indisponibles, ha dicho en el Mensaje sobre la paz enviado este año a todos los Jefes de Estado: «Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si estos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se trata de justificar y defender sus derechos».

Dos frases que, según el nuevo académico de la Real de Jurisprudencia, enlazan en una común llamada a la responsabilidad, el trabajo profesional y la conciencia, no sólo de los cultivadores de la bioética y de la ingeniería genética, sino también de los juristas, los legisladores y los hombres de gobierno.

En efecto, el enorme progreso de los conocimientos científicos en el campo de la biología, y más específicamente de la genética, y la tendencia de algunos a relativizar el concepto de persona como sujeto titular de derechos indisponibles, no es un hecho científico o filosófico que interese solamente a un reducido grupo de iniciados, sino que se ha vuelto ya un fenómeno social, ético, jurídico e incluso político y de opinión pública, afirmó el cardenal.

Por todas partes se habla de procreación humana homóloga y heteróloga en laboratorio, del genoma humano y de sus posibles manipulaciones, de «ingeniería genética», de clonación de animales y hasta de personas, de experimentación científica con embriones humanos con fines terapéuticos o eugenésicos, etc.

La importancia de esta realidad es de tal alcance y trascendencia, plantea tales problemas sobre el futuro de la vida, de la dignidad del hombre y de la Humanidad, que las academias científicas y los parlamentos, los foros legislativos nacionales e internacionales, así como también el Magisterio de la Iglesia, se han visto y se ven de continuo y casi por sorpresa interpelados.

Frente al creciente poder manipulador de la vida humana por parte de algunos científicos, se ha vuelto inevitable preguntarse si todo lo que es técnicamente posible puede ser éticamente justificable, y dentro de qué límites jurídicos, indicó el purpurado.

El descubrimiento del DNA, molécula de más de tres mil millones de «letras» que, en su conjunto, encierra todas las instrucciones para que nuestro cuerpo se desarrolle completamente a partir de una única célula embrionaria, y la sucesiva carrera de la manipulación genética, cuya etapa actualmente más fascinante es el «Proyecto genoma», ha sido como echar nafta sobre el fuego de no pocos problemas de particular importancia y gravedad.

Jeremy Rifkin, en las conclusiones del conocido ensayo «El siglo Biotech», en el cual analiza el influjo que la innovación científico-tecnológica en curso podrá tener sobre la Humanidad, comenta: «La revolución biotecnológica nos obligará a considerar muy atentamente nuestros valores más profundos y nos constreñirá a plantearnos de nuevo y seriamente la pregunta fundamental sobre el significado y el fin de la existencia. Y esto podría representar el resultado más importante. El resto depende de nosotros».

En el diálogo posterior con los académicos españoles el cardenal Herranz aludió a sus experiencias personales – en especial en su vertiente jurídica- con los Papas con los que más ha tratado a lo largo de sus cuarenta años en la Curia Romana : Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

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ZENIT Staff

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