Los efectos positivos de la religión

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La aportación del cristianismo

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ROMA, miércoles, 5 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Continúa la avalancha de libros sobre los méritos y deméritos de Dios y de la religión. Uno de los últimos libros pone de manifiesto muchas valiosas aportaciones del cristianismo a la sociedad.

Dinesh D’Souza, un investigador de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford, es el autor de «What’s So Great About Christianity» (¿Qué tiene de Grande el Cristianismo) (Regnery Publishing). Uno de los mayores problemas, sostiene el autor es que muchos ignoran el papel que ha jugado el cristianismo durante siglos.

Una creencia común es que, tras llegar a un punto álgido de civilización durante los tiempos de los griegos y de los romanos, el mundo se hundió en la oscuridad durante la Edad Media, rescatado sólo gracias a que se volvió a las fuentes clásicas durante el Renacimiento. El siguiente avance importante fue, supuestamente, el Iluminismo, que abrió las puertas a la Edad Moderna.

La destrucción del Imperio Romano no fue obra del cristianismo, precisa D’Souza. Fue una combinación de la decadencia romana y la invasión de los bárbaros. Fue el cristianismo, en gran parte por la aportación de los monjes católicos, quien preservó el saber y la ciencia, y también convirtió a los bárbaros.

El arte, la literatura y la música occidentales tienen también una enorme deuda con el cristianismo. Durante muchos siglos, incluso los artistas que rechazaban el cristianismo produjeron obras que se inspiraban en temas cristianos, añade D’Souza.

También hay muchísimo que agradecer al cristianismo cuando se trata del desarrollo de la política en la civilización occidental, continuaba el libro. La enseñanza de Cristo, en Mateo 22:21, de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, está en el origen de la separación entre Iglesia y Estado.

Limitar el poder del Estado

Esta separación no sólo ayudó a prevenir los excesos de un estado teocrático, sino que también dio origen al concepto de gobierno limitado, al avanzar la idea de que el poder del estado tiene un límite y debe respetar la conciencia de cada persona.

D’Souza advertía que los laicistas desean vaciar la plaza pública de la religión y de la moralidad basada en ella para poder monopolizar la sociedad con sus propios puntos de vista. Este proceso trae consigo la consecuencia de convertir a los creyentes en ciudadanos de segunda clase. La separación Iglesia Estado no debería usarse como un arma contra el cristianismo, sino de tal forma que sea fuente de paz social y libertad religiosa.

La dignidad humana es otra valiosa aportación del cristianismo examinada por D’Souza. La enseñanza cristiana no sólo mantiene la dignidad del pecador y del que yerra, sino que también pide respeto para el que es pobre y desvalido. «Cristo produjo la transformación de valores en la que el último se convierte en primero, y valores en su momento despreciados han venido a representar los ideales humanos más altos», explicaba D’Souza.

A través de su defensa de la dignidad humana, el cristianismo proporcionó también la inspiración de las campañas para poner fin a la esclavitud, alcanzar la democracia y promover el autogobierno, así como los primeros intentos de formular una doctrina de derechos humanos. Muchas formulaciones modernas de los derechos humanos deben mucho al cristianismo.

La Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas en 1948, apuntaba D’Souza, se basa en la premisa de que todas las vidas humanas tienen valor y todas las vidas cuentan por igual – es una enseñanza que no se encuentra en todas las culturas y religiones, sino sólo en las derivadas del cristianismo. Y advertía que, si Occidente abandona el cristianismo, puede poner en peligro los valores igualitarios que la enseñanza cristiana trajo al mundo.

Volviendo a la realidad política, D’Souza añadía que la noción cristiana de los líderes que deben considerarse sirvientes de los demás proporcionó la base de la responsabilidad política y social. Como consecuencia, un líder político, un comerciante, y un sacerdote están llamados a servir a la gente atendiendo sus necesidades.

Elevar la sociedad

Otra aportación vital del cristianismo es la gran importancia dada al matrimonio y a la familia. Las premisas en las que se basa la vida familia fueron introducidas en la sociedad por el cristianismo, continuaba el libro. Ya no era la vida familiar la que se subordinaba al estado, sino que se elevaba a través del sacramento del matrimonio. El cristianismo también introdujo el concepto de consentimiento entre los esposos como prerrequisito para el matrimonio, un instrumento vital para prevenir que se ejerza presión sobre la personas para casarse contra su voluntad.

Los preceptos cristianos del amor mutuo y la caridad están también detrás del desarrollo de instituciones como los hospitales y los orfanatos, que muchos dan por garantizados olvidando sus orígenes.

Según D’Souza, el cristianismo jugó también un importante papel en el desarrollo del capitalismo. Los teólogos de la Edad Media fueron los primeros en desarrollar las reglas básicas de la economía, y los monasterios extendidos por Europa fueron florecientes centros de actividad económica.

La ciencia también debe mucho al cristianismo, a pesar de las frecuentes representaciones que los oponen. D’Souza citaba el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, el 12 de septiembre de 2006, en el que el Papa atribuía el desarrollo de la ciencia moderna al énfasis del cristianismo en la importancia de la razón.

De hecho, añadía D’Souza, la ciencia moderna se basa en las aportaciones cristianas durante los tiempos medievales, y los mayores avances en la ciencia fueron en gran parte obra de los cristianos. Tanto en las universidades fundadas por la Iglesia en tiempos medievales como en los monasterios, se preservó y se desarrolló el conocimiento científico.

Fuerza para hacer el bien

La aportación de la religión a la sociedad no se limita al pasado. Iam Buruma, escribiendo en las columnas de opinión del Los Angeles Times, observaba que los recientes best-sellers nos han hecho creer que la fe religiosa es un signo de retraso y una señal de primitivismo. «La religión, se nos dice, es responsable de la violencia, la opresión, la pobreza y de muchos otros males», observaba Buruma.

Admitía que la religión no es perfecta, pero en muchos casos es una fuerza para el bien. Citaba el reciente ejemplo de los monjes birmanos, que desafiaron a las fuerzas de seguridad de un régimen opresivo.

De igual forma, añadía, los cristianos han preservado la democracia en países como Filipinas, Corea del Sur y China.

«En un mundo de opresión política y corrupción moral, los valores religiosos ofrecen un universo moral alternativo», sostenía Buruma.

Cuando la religión se debilita mucho, como en la provincia canadiense de Québec, da lugar a muchos problemas sociales, declaraba el arzobispo de Québec, cardenal Marc Ouellet. «El verdadero problema en Québec es el vacío espiritual creado por la ruptura religiosa y cultural», afirmaba durante una presentación hecha ante una comisión del gobierno el pasado 30 de octubre.

Según un reportaje sobre sus comentarios, publicado por el Catholic Register el 2 de noviembre, las tensiones entre religiones y culturas en Québec se deben sobre todo a la pérdida de la cultura tradicional, junto con una crisis en la familia y en la educación. Los ciudadanos, continuaba el cardenal, han quedado «desorientados, desmotivados, avocados a la inestabilidad y dejados a valores transitorios y superficiales».

El líder católico también criticaba la retórica anticatólica de los medios informativos que muestran la he
rencia religiosa de la provincia como una fuente de desprecio y escarnio. Tal actitud, indicaba, «destruye el alma de Québec».

El obispo de Limerick, en Irlanda, monseñor Donal Murray, expresaba una alarma parecida, en un discurso el 6 de noviembre sobre la relación entre las esferas religiosa y secular. «Hemos pasado de una sociedad donde la fe y las manifestaciones públicas de fe eran la norma, a una sociedad en la que, en el mejor de los casos, se siente incómoda ante cualquier muestra pública de fe», comentaba.

Vivimos en una época de conflicto la fe y la ideología laica, observaba monseñor Murray. El laicismo nos hizo creer que «no hay respuesta a las cuestiones fundamentales sobre el significado y el destino de la vida humana». La fe, sin embargo, reconoce que vivimos no sólo de pan y nos coloca «en terreno sólido, libres para perseguir lo que verdaderamente buscamos como individuos y como sociedad».

Por el padre John Flynn, L. C., traducción de Justo Amado

 

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ZENIT Staff

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