Carl Anderson: Momento histórico para los católicos en el continente americano

Caballero supremo de la Caballeros de Colón

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SANTIAGO DE CHILE, jueves, 14 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como una oportunidad única para el hemisferio católico americano visualiza Carl Anderson la nueva situación a que da lugar la conjunción de dos realidades: la actual presidencia de México por un lado y por otro la mayoría dominante en ambas cámaras de representantes de Estados Unidos, claramente menos hostil hacia la inmigración.

Carl Anderson, caballero supremo de la Caballeros de Colón, una de las organizaciones católicas del mundo con el mayor número de miembros, desarrolla su pensamiento sobre esta materia en las páginas del último número de revista Humanitas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicación a cuyo Consejo el autor pertenece desde su fundación, hace trece años atrás.

«Nace una nueva oportu­nidad para renovar las relaciones con México en particular, y con América Latina en general. No habría que insistir en que los católicos de ambos lados de la frontera están especialmente bien situados para contribuir a una nueva era de las relaciones hemisféricas» expresa, subrayando que es el momento de que estos, los católicos, «tomen el liderazgo».

En su opinión, lo que se da hoy cita en la frontera de Estados Unidos y México es algo más que el encuentro geográfico, político y cultural de estas dos naciones. Se trata del encuentro del Norte Global con el Sur Global.  «América Latina se fusiona cada vez más con su vecino del norte, de influencia claramente más inglesa. Se podría decir que el futuro de todo el hemisferio dependerá de cómo sea la relación entre los Estados Unidos y México», explica.

Analizando los aspectos políticos y numéricos de esta nueva situación, Anderson recuerda que «los católicos forman el mayor grupo del Congreso [de los Estados Unidos] en términos de fe, con 29% de los miembros de la Cámara de Diputados y el Senado. Uno de cada cuatro norteame­ricanos es católico, y cada domingo las iglesias se llenan con una población de católicos hispanos en rápida expansión. Los hispanos en la Iglesia no son una abstracción, son nuestros compañeros de parroquia».

Por su parte recuerda que «actualmente México está dirigido por un católico, el presidente Felipe Calderón, quien vive su fe y dirige una nación de 90 millones de católicos. Ellos y nosotros compartimos mucho más de lo que en ocasiones pensamos. En ambos países, los católicos tuvieron que luchar para obtener un lugar justo en la sociedad durante el siglo XX», expresa, trayendo a la memoria los duros episodios históricos vividos en uno y otro país, así como la ayuda que se prestaron entre católicos de ambas naciones, especialmente durante la persecución martirial vivida por la Iglesia de México en los años veinte y treinta del siglo pasado.

«Lo que muestra la aceptación y subsecuente ascendencia de los ca­tólicos en ambos países es que la comunidad católica laica de ellos se ha ganado el reconocimiento y tiene una oportunidad única para decidir el futuro del continente americano, sin dejarse limitar por los prejuicios del pasado. Ya era tiempo», reclama Anderson.

Cuestión crucial es, según lo muestra el autor en el desarrollo de su reflexión, la herencia espiritual co­mún que viene de Nuestra Señora de Guadalupe.

«Conocida desde 1945 como Emperatriz de las Américas, es patrona de todos los católicos, en especial de los de México», recuerda. «Aunque durante estos siglos ha llegado a simbolizar muchas cosas, hoy, a la luz de Ecclesia in America, nos da un mensaje de unidad: ella es la madre espiritual que todos compartimos», subraya Carl Anderson desde las páginas de revista Humanitas.

 

Lo cual es refrendado, recuerda, por la declaración final del Sínodo de los Obispos de América, que tuvo lugar por voluntad de Juan Pablo II hace una década atrás: «Creemos que somos una sola comunidad, y aunque América com­prende numerosas naciones, culturas e idiomas, hay tanto que nos une y tantas formas en las que cada uno de nosotros afecta la vida de su vecino».

La cooperación entre los católicos de Estados Unidos y México será en consecuencia crucial para el futuro de las relaciones entre ambos países, «y por extensión para todo el continente americano», apunta.

El mayor obstáculo provendrá con seguridad de la idea tan extendida en Estados Unidos de que la inmigración es un fenómeno que hay que temer, opina. Frente a esto son sin embargo «los católicos, mejor que nadie, quienes deben recordar que lo mismo se dijo de los inmigrantes irlandeses e ita­lianos del siglo XIX y principios del XX. Pocos son los que hoy en día negarían las contribuciones de estos inmigrantes, quienes no sólo se asimilaron, sino que aportaron su dinamismo a la vida de la Iglesia Católica y ayudaron a convertirla en la mayor denominación de Estados Unidos», expresa.

Hoy deberían ser los católicos de ambos lados de la frontera quienes tomen  la iniciativa de llevar acabo una solución católica a los problemas de la pobreza y de promover las oportunidades económicas y educativas para los más pobres de la región, en especial para los de México, plantea Anderson. «De manera particular, esto es responsabilidad de los católicos de Estados Uni­dos, sobre todo los líderes empresariales y financieros. La presidencia de Felipe Calderón proporciona una oportunidad sin precedentes en la historia de México para lograr una reforma económica y social y él debe recibir el apoyo activo de los católicos de Estados Unidos, al igual que de los de México», expresa.

«Nuestro hemisferio es un microcosmos del proceso de globalización que ocurre en el mundo entero», apunta para concluir. «Lo que suceda en América tendrá un profundo impacto sobre la Iglesia y el mundo, y lo que suceda entre Estados Unidos y México definirá el futuro de nuestro hemisferio».

Por Francisco Javier Tagle

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ZENIT Staff

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