La raíz de los problemas en las celebraciones: falta formación litúrgica

Entrevista con el doctor en liturgia Gregório Lutz

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SÃO PAULO, jueves 24 de marzo de 2011 (ZENIT.org) – “En la raíz de todos los problemas que encontramos en nuestras celebraciones litúrgicas, y también de esta falta de espiritualidad, está la insuficiencia de la formación litúrgica”, afirma el sacerdote alemán Gregório Lutz CSSp.

Doctor en liturgia y autor de varios libros sobre el tema, el padre Gregório Lutz afronta la cuestión en esta entrevista concedida a ZENIT.

– La Sacrosanctum Concilium, en el art. 7, dice; «con razón se considera la Liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Cristo». ¿Podría explicar por qué?

Gregório Lutz: Las palabras citadas del documento del Concilio Vaticano II sobre la Liturgia son las primeras de la frase tal vez más importante de todo este documento. Muchos consideran esta frase como una definición de Liturgia. Creo que junto con estas palabras debemos también considerar las últimas de esta frase que nos dicen quién es este Cristo que en la Liturgia ejerce su sacerdocio: Es el Cristo todo, cabeza y miembros. Para entender bien esta afirmación del Concilio Vaticano II, es bueno recordar la situación de fondo, dentro de la cual se hizo: Era la de l comprensión de la Liturgia como ritual externo, como conjunto de ceremonias, como reglas y prescripciones que regulaban las celebraciones. Además de eso, como celebrantes de la Liturgia se consideraban solamente los ordenados, sobre todo los padres y los obispos, mientras que los laicos asistían en las celebraciones pero no tenían parte activa en ellas. Para el movimiento litúrgico, que se considera comenzado en 1909, esta comprensión de la liturgia se corrigió en muchas cabezas, pero sabemos que aún hoy ésta existe.

Ya el papa Pío XII había declarado, en 1947, en su encíclica Mediator Dei sobre la Liturgia: «No tienen por esto una exacta noción de la Sagrada Liturgia aquellos que la consideran como una parte exclusivamente externa y sensibles del culto divino ó como un ceremonial decorativo; ni yerran menos aquellos que la consideran como una mera suma de leyes y de preceptos, con los cuales la Jerarquía eclesiástica ordena al cumplimiento de los ritos » (nº 23 de la edición ‘Documentos Pontifícios’ de la Editorial portuguesa Vozes, de 1963). De modo positivo, el papa Pio XII dice, en el mismo documento, la siguiente definición de Liturgia: “La Sagrada Liturgia es, por tanto, el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza, y, por medio de ella, al Padre eterno; es, para decirlo en pocas palabras, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros» (nº 17).

Esta encíclica aprobó ampliamente aquello por lo que los protagonistas del movimiento litúrgico habían luchado y que en la conciencia y en la práctica celebrativa de muchos católicos y comunidades ya habían asumido: Liturgia no es solo el ritual que el clero realiza, sino que es Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote en medio de su pueblo sacerdotal y con los miembros de su cuerpo místico celebrando a obra divina de salvación de la humanidad. El Concilio Vaticano II, como suprema instancia de la Iglesia, ratificó esta visión de la Liturgia y colocó los fundamentos para la reforma litúrgica que debía facilitar que todos los que en el bautismo fueron ungidos sacerdotes, pudiesen celebrar la Liturgia, participando de forma activa, externa e interna, consciente, plena y fructuosamente, y así ejercer su derecho y deber como pueblo sacerdotal (cf. SC 14), en lugar de apenas asistir desde la nave de la iglesia a lo que el clero hacía en el altar. Conforme al Concilio, los fieles deben también aprender a «ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC 48).

– «Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7). ¿Cómo ve el protagonismo reclamado por muchos sacerdotes y también por laicos en las celebraciones litúrgicas?

Gregório Lutz: Para el Concilio Vaticano II la Iglesia católica quería volver a sus fuentes, no por una tendencia arqueologística, sino para volver a ser la auténtica Iglesia de Jesucristo. Dado que la Iglesia está formada por personas humanas que no son perfectas, no todas las evoluciones a lo largo de los siglos eran positivas, para mejorar a la Iglesia. Lo mismo sucedió con la Liturgia. La meta de la reforma litúrgica era volver a la liturgia romana clásica, como se creó y existía en los siglos del 5 al 7. La Liturgia de esta época era típicamente romana, quiere decir, simple y sobria. En ella se expresaba el misterio celebrado en palabras y gestos concisos, sin adornos superfluos que ofuscan lo esencial de las celebraciones. Los libros litúrgicos que tenemos de aquella época nos muestran claramente esto. Los responsables de la elaboración de nos nuevos libros litúrgicos pensaban también que los ritos y las oraciones de esta liturgia post-conciliar, elaborada en Roma para la Iglesia entera, debiera y pudiera fácilmente ser adaptada en las distintas partes y culturas del mundo. Esto, mientras tanto, casi no ocurrió, al menos en Brasil. Por ello, sobre todo la celebración de la misa para muchos, fieles y sacerdotes, fue percibida como seca y fría, de algún modo como esqueleto sin carne. Entonces, para conseguir una liturgia «más cálida y con carne», surgió una rica creatividad, pero con mucha frecuencia sin criterios válidos para una liturgia auténtica. Esta creatividad, que antes deteriora las celebraciones en lugar de facilitar a las asambleas sumergirse en el misterio de Cristo, se debía y se debe sobre todo a la falta de formación litúrgica de clero y de los fieles. Aún peor son los resultados de estas iniciativas cuando sus protagonistas creen que son peritos competentes para crear “su” liturgia y no recuerdan que son sólo administradores de la liturgia de la Iglesia, que nos viene de Cristo y de los apóstoles, pero de la que no somos dueños. Estos aficionados no tienen conciencia de que son ministros, es decir, servidores en la Iglesia y en la asamblea litúrgica, para que el pueblo de Dios pueda, con su ayuda, celebrando, hacer suya la salvación que Cristo realizó, y cuya memoria hacemos en la Liturgia.   

– ¿Usted considera que hay un cierto descuido e incluso una falta de espiritualidad seria que lleva a abusos y banalización de la Liturgia hoy en Brasil?

Gregório Lutz: Así como, tristemente, muchos de nuestros hermanos sacerdotes y laicos no tienen conciencia del lugar de Jesucristo como «celebrante principal» de la Liturgia, muchos tampoco saben que en las acciones litúrgicas todo sucede «por la fuerza del Espíritu Santo» (SC 6). Espiritualidad significa de hecho respeto a la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestro ser y actuar como miembros de la Iglesia y, particularmente, en la Liturgia. Es verdad que el Espíritu Santo sopla donde quiere y, ciertamente en el campo de la Liturgia él estaba presente en muchas de las iniciativas propias y características de la Iglesia en Brasil. Pero, sobre todo cuando una persona cree que sólo ella posee el Espíritu Santo o, peor aún, cuando se cree dueña de la Liturgia, se debe de dudar si el espíritu con el que actúa es de Dios. Actúa en verdadera espiritualidad quien entiende los ministerios o cualquier servicio dentro de la Liturgia o ligado a ella, en el espíritu de Jesús, que es el de servir gratuitamente, para que los demás tengan vida; en este espíritu la persona se esforzará en la medida de lo posible y por una Liturgia auténtica. Creo que debemos reconocer que en Brasil no todos los agentes de pastoral litúrgica tienen esta espiritualidad y que esta falta es causa de abusos y
banalizaciones que también existen entre nosotros. Es este contexto, quisiera recordar una vez más que en la raíz de todos los problemas que encontramos en nuestras celebraciones litúrgicas, y también de esta falta de espiritualidad, está la insuficiente formación litúrgica.

– ¿Cómo cuidar del esmero y de la belleza de la Liturgia?

Gregório Lutz: Tengo la impresión que particularmente en comunidades de población pobre es difícil, por un motivo bien concreto, que se percibe sobre todo en la construcción y arreglo de los espacios litúrgicos: La comunidad de pobres ya se da por satisfecha si tienen un espacio para sus reuniones celebrativas, si este ambiente tiene un refinamiento como el de sus propias casas. Si tiene paredes con ventanas y puertas y un tejado, ya está bien, porque no tiene condiciones para conseguir más, como yeso o pintura. Lo mismo estoy observando en la construcción de iglesias y capillas y sus instalaciones. Con todo, cuando se consigue mejorar el edificio y hacerlo por fuera y por dentro más bello, se siente como algo bueno para la comunidad y también conveniente para la casa de Dios.

Ahora bien, cuando la comunidad tiene la sensibilidad y la posibilidad de volver su salón o su capilla más bonitos, existe el peligro de poner adornos que no ayudan a percibir mejor el misterio que se celebra en nuestras iglesias. Al contrario, a veces son elementos que desvían la atención de lo esencial que sucede en la asamblea litúrgica, o incluso son de mal gusto. La comunidad debe poder reconocer siempre su espacio celebrativo como suyo. La solución también me parece que es una formación adecuada. En primer sería necesario intentar elevar el nivel humano y cultural de la comunidad, después ayudarla a profundizar su fe en general y particularmente con respecto a la Liturgia; entonces sería más fácil despertar una sensibilidad mejor también para el esmero y a belleza de la Liturgia.

– La ‘Sacrosanctum Concilium’, al mismo tiempo que enfatiza la primacía del canto gregoriano «como canto propio de la liturgia romana» (nº 116), también «aprueba y acepta en el culto divino todas las formas auténticas de arte, que estén dotadas de las cualidades requeridas» (nº 112), pide que «se guarde y se desenvuelva con diligencia el patrimonio de la música sacra» (nº 114). ¿Usted considera que se ve en las celebraciones litúrgicas el cuidado y calidad artística que se debería tener con la música sacra?

Gregório Lutz: Yo personalmente creo una pena que en “mis comunidades” (extremamente pobres, de periferia) no podamos cantar el canto gregoriano, y me alegro de que por ejemplo en el monasterio de São Bento en el centro de São Paulo tenga cada domingo la misa principal con canto gregoriano, y una gran asamblea de personas de la ciudad participa en esta misa. Pero donde no se sabe latín, ¿este canto no pondría alabanzas vacías de los labios, que Dios detesta? Lo mismo vale, en ambientes parecidos de población pobre, para la polifonía clásica. Sé que a veces puede ser participación de alguna manera activa también el mero escuchar una melodía que ayuda a entrar en el misterio de Cristo. Sin embargo, «el canto sacro, basado en palabras, forma parte necesaria e integrante de la liturgia solemne» y la música sacra ejerce una «función ministerial … en el culto del Señor» (SC 112) .

Otra cuestión se plantea respecto al cuidado y la calidad artística de lo que se canta generalmente en nuestras asambleas litúrgicas en Brasil. Pienso que debemos tener cuidado no solamente con la cualidad artística de nuestro canto, sino también con su función litúrgica. A este respecto no hay ningún modelo mejor que el propio canto gregoriano, en cuanto que su letra está totalmente integrada en la liturgia y es siempre bíblica o por lo menos de inspiración bíblica. Siendo de una asamblea, el canto no debe ser individualista, ni totalmente subjetivista o sentimental. Evidentemente no debe faltar una buena calidad artística en la letra y en la melodía. Que son todos estos aspectos que dejan muchas veces que desear en el canto en nuestras celebraciones, no es un secreto. Sin embargo, para superar estas deficiencias, la solución general no es un regreso al canto gregoriano o invertir sólo en la polifonía clásica. Ambas formas de cantar no tienen que desterrarse totalmente de nuestras comunidades sencillas, y menos aún de las iglesias en lugares de clase media o alta. Pero, en todos estos casos, es menester sobre todo la formación de todos, especialmente de cantores e instrumentistas, para que el canto y la música, que tanto pueden ayudar a sumergirse en el misterio que celebramos, puedan cumplir la misión que el Concílio Vaticano II les atribuye.

– ¿Podría hablarnos de los trabajos de traducción del nuevo Misal?

Gregório Lutz: En el año 2000 se publicó en Roma una nueva edición del Misal. Lo nuevo en él, en comparación con la edición anterior, son la introducción de algunas memorias de santos recientemente canonizados, y oraciones sobre el pueblo al final de todas las misas de los días de la semana en Cuaresma. Este Misal, evidentemente editado en latín, debe ser traducido a las lenguas modernas de los diferentes pueblos del mundo, también para Brasil, que no adoptará la traducción hecha para los demás países de lengua portuguesa. Ya que la mayor parte de los textos de esta es en latín idéntica a los de la edición anterior, apenas necesitan una revisión. Para la traducción y revisión, la Congregación para el Culto Divino, en Roma, publicó una instrucción especial.

Según consta, en ningún país este trabajo de traducción y revisión se terminó en el plazo establecido de cinco años a partir de 2002. En Brasil, la comisión que se encargó de este servicio está terminando su tarea antes de la pascua de este año. Pero lo que nosotros, tres sacerdotes y un laico, hacemos aquí en São Paulo, debe ser visto y eventualmente corregido o mejorado por una comisión de cinco obispos, y después ser presentado a la asamblea general de los obispos de Brasil, para su aprobación. Este trabajo de los obispos está aún lejos de terminarse. Después de la aprobación por la asamblea general de los obispos, el texto será enviado a Roma, para su examen y confirmación por la Congregación para el Culto Divino. Solo con esta confirmación el nuevo Misal podrá ser editado en Brasil. Es imposible decir cuando será eso. Ciertamente vamos a tener que esperar aún algunos años.

[Por Alexandre Ribeiro, traducción del portugués por Inma Álvarez]

 

 

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ZENIT Staff

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