ROMA, lunes 7 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- “El amor cristiano es un vínculo, pero un vínculo que libera”. Recordó Benedicto XVI cuando visitó el pasado 4 de marzo el Seminario Mayor Pontificio Romano, con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de la Confianza, Patrona del Instituto. 

Presentes en la ocasión todos los seminaristas romanos además de los del Mayor, estaban representados también los Seminario Menor Pontificio Romano, del Colegio diocesano Redemptoris Mater, del Almo Colegio Capranica y del seminario de Nuestra Señora del Divino Amor. Presentes también los seminaristas japoneses acogidos por el colegio Redemptoris Mater, con el obispo emérito de Oita, monseñor Peter Takaaki Hirayama.

En la  lectio divina celebrada durante la visita, el Papa inspirándose en la Carta de san Pablo a los Efesios (4,3), sugirió a los seminaristas cuatro actitudes a través de las cuales se articula “el camino cristiano”: humildad, mansedumbre, paciencia y tolerancia recíproca.

En el Bautismo -explicó el Papa- “debemos conformarnos en Cristo, encontrar este espíritu de ser mansos, sin violencia, para convencer con el amor y la bondad”. Sin embargo es necesaria, también, la fuerza de voluntad y el compromiso perseverante para renovar el don del bautismo, porque la gracia de este sacramento no produce automáticamente una vida coherente.

El Bautismo es por tanto “un compromiso que cuesta y que comporta un precio individual a pagar”, porque cada uno esta llamado personalmente a ser de Cristo y a vivir en Él. Dios, de hecho, instaura con cada uno, una relación, “cada uno es llamado por su nombre”, de manera que “la unidad de la Iglesia no se da mediante un molde impuesto desde el exterior, sino que es el fruto de una concordia, de un compromiso común de comportarse como Jesús, con la fuerza de su Espíritu”.

Por tanto, la llamada es individual, pero al mismo tiempo, eclesial, porque “estamos en comunión con Cristo”, sólo “aceptando esta corporeidad de su Iglesia, del Espíritu que se encarna en el cuerpo”.

Es imposible explicar la vocación cristiana sin el Espíritu Santo. Porqué -añadió Benedicto XVI- la llamada de todo cristiano es el misterio del encuentro con Jesús, mediante el cual Dios Padre nos llama a la comunión consigo y por esto nos quiere dar su Espíritu.

“La vida cristiana -continuó- comienza con una llamada y queda una respuesta hasta el fin”. Y “ser sacerdotes implica humildad, conformarse a Cristo”, “imitar a Dios que desciende hasta mí, que es tan grande que se hace amigo mío, sufre por mí, muere por mí. Hay que aprender esta humildad”.

El amor cristiano es “un vínculo con el cual nos unimos los unos a los otros, y a Dios. No es una cadena que hiere o que da calambres en las manos, sino que nos deja libres”.

Entonces es “necesario tener las manos y el corazón unidos con este vínculo de amor que Él mismo ha aceptado por nosotros haciéndose nuestro siervo”, concluyó el Papa.