Dios llama al corazón y espera nuestra respuesta, asegura el papa

Meditación durante el Ángelus en el evangelio de la Samaritana

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 27 marzo 2010 (ZENIT.org).- «La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; toca a su corazón y espera con paciencia su respuesta», explicó este domingo Benedicto XVI.

El pontífice dedicó su meditación con motivo de la oración mariana del Ángelus al pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la Samaritana, narrado en el capítulo cuarto de Juan, que la Iglesia proponía a los fieles en este tercer domingo de Cuaresma.

Dejó como enseñanza a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano la convicción de que, como hace dos mil años, cada persona puede también hoy mantener una relación personal, «real», con Cristo.

La Samaritana, como explicó el papa, «se dirigía todos los días a sacar agua de un antiguo pozo, que se remontaba a tiempos del patriarca Jacob, y ese día se encontró con Jesús, sentado, ‘fatigado del camino'».

«En el pozo, sale el tema de la ‘sed’ de Cristo, que culmina con el grito en la cruz: ‘Tengo sed'», recordó Benedicto XVI. «Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene un fundamento físico. Pero Jesús, como sigue diciendo Agustín, ‘tenía sed de la fe de esa mujer’, al igual que de la fe de todos nosotros».

«Dios Padre le envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para ofrecernos este don Jesús pide nuestra fe. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; toca a su corazón y espera con paciencia su respuesta», recalcó.

Benedicto XVI invitó a los creyentes a ponerse en el lugar de la mujer samaritana: «Jesús nos espera, especialmente en este tiempo de Cuaresma, para hablarnos al corazón, a mi corazón», dijo.

«Detengámonos un momento en silencio, en nuestra habitación, o en una iglesia, o en otro lugar retirado. Escuchemos su voz que nos dice: ‘Si conocieras el don de Dios…'», concluyó, invitando a «no perder esta oportunidad, de la que depende nuestra auténtica felicidad».

Al despedirse, el Papa saludó a las familias del Movimiento del Amor Familiar «y a quienes en la iglesia de San Gregorio VII», de Roma, «velaron para rezar por la dramática situación en Libia».

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ZENIT Staff

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