Conversión por los pobres

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas

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Este miércoles 5 de marzo empezamos la Cuaresma, que son 40 días de preparación para celebrar con provecho la muerte y resurrección de Jesús, victoria suya y nuestra sobre el pecado y el mal. La Cuaresma inicia con un símbolo, la ceniza, que nos recuerda que somos polvo, que nuestra vida es frágil y que en cualquier momento puede terminar. Dios nos regala este tiempo, como una gracia y una oportunidad, para reflexionar si vamos por el camino derecho, o por senderos torcidos. Recibir la ceniza es un signo de humildad, porque reconocemos que somos pecadores; por ello, los orgullosos, los engreídos, los autosuficientes, los libertinos, no se acercan; no quieren cambiar de vida.

Algunos hacen consistir su Cuaresma sólo en abstenerse de algún alimento, una golosina, una bebida, en hacer algún pequeño sacrificio, en preparar las escenificaciones del Viernes Santo. Eso es bueno, pero insuficiente. Lo importante es enderezar la vida, es centrarnos en el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios se expresa en la oración, en meditar su Palabra, en recibir los sacramentos, en particular la Eucaristía, y hacer una buena confesión. Esto puede ser más fácil. Lo más difícil es el amor a los demás, empezando por la propia familia; amar a todo ser humano, en especial a los pobres y a cuantos sufren. Si los marginados no experimentan el amor misericordioso de Dios a través de nosotros, quizá nuestra Cuaresma sea mocha, o falsa.

PENSAR

El Papa Francisco nos ha enviado un oportuno mensaje para este tiempo. A partir de las palabras de san Pablo: «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9), nos alienta a “ser generosos y ayudar a los que pasan necesidad”, para parecernos al amor de Jesús, “un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros”. Por tanto, ser cristiano es seguir el camino de Cristo, es amar. “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas”.

El Papa distingue tres clases de miserias: la material, la moral y la espiritual. La material es la carencia de lo indispensable para una vida digna. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud? “En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”.

Más preocupante es la miseria moral, “que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente”.

El Papa nos hace caer en la cuenta del peligro de la miseria espiritual, “que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera”.

ACTUAR

Escuchemos la voz de Dios por medio de su Iglesia. Vivir la Cuaresma es enriquecernos de Dios, en la oración, la Palabra y los sacramentos, para contagiarnos de su amor y enriquecer a los pobres con nuestro amor, haciendo cuanto podamos por su felicidad física, moral y espiritual.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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