Evangelizadoras silenciosas en el corazón de Nápoles en adoración perpetua

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Entrevista en el monasterio de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento

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A pocos pasos de la Catedral de Nápoles, entre el ruido de los coches, el tráfico, las sirenas de las ambulancias, la policía y las prisas de la gente se encuentra un lugar de silencio y adoración, donde el ritmo frenético se detiene. Un monasterio en el que Jesús Sacramento está expuesto 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año. Son las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento. Sor Chiara Benedetta, una joven italiana que vive en este convento de clausura desde hace varios años, cuenta a ZENIT qué significa el carisma de la adoración, comparte su vocación y su Sí al Señor en este camino. «Nuestra misión es rezar porque la oración cambia, tiene efecto», nos asegura. Nápoles es una ciudad que sufre con fuerza las consecuencias del crimen organizado, el tráfico de drogas… Y ellas viven en este monasterio, en el centro de esta ciudad pero al mismo tiempo una realidad distinta de la ciudad. Les llegan noticias, intenciones de oración… Y ellas hacen lo que Dios las he pedido, rezan, porque confían en el efecto de la oración, lo han visto muchas veces.

¿Cómo llegó vuestra orden a Nápoles?
— Nuestra orden nació en 1807. La fundadora era italiana, beata madre María Magdalena de la Encarnación. Ella entró con dieciocho años como franciscana y el Señor le da una inspiración, una iluminación de fundar esta orden que se dedique por completo a la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Y en esta visión ve ángeles vestidos de blanco y rojo y así se entiende el motivo por el que nos vestimos así. Era todavía novicia, pero el Señor le muestra ya quién la ayudaría, cuándo se haría la fundación… Y así, la fundación llegó en 1807 y entre las primeras dos compañeras que fueron con ella, estaba la madre Giuseppa del Sagrado Corazón, que es la madre fundadora de este monasterio de Nápoles.  De la madre Giuseppa estamos llevando adelante la causa de  beatificación y canonización y esperemos que llegue pronto, tenemos todas las cartas para ello.
La madre Magdalena funda el primer monasterio en Roma, y después de muchas dificultades –era la época napoleónica y muchos monasterios estaban siendo cerrados– murió en 1824. Entonces, la madre Giuseppa fue elegida madre superiora y de este modo se la considera co-fundadora. En realidad, la madre Magdalena por un problema físico no podía escribir y fue la madre Giuseppa la que escribió la Constitución y las reglas de la orden por dictado de la madre Magdalena. En 1828, doña Cárdenas, condesa de una localidad cercana a Nápoles, dejó una herencia para abrir una casa en Nápoles. Pero pasó un poco de tiempo hasta que se llevó a cabo el testamento.

¿Cómo vivís día a día este carisma específico que es la adoración eucarística?
— Para nosotras la adoración no es una cosa entre las otras cosas. Cada día tenemos la adoración a una hora diferente, haciendo turnos las 24 horas del día. Cuando salimos de misa vemos en qué horario la madre nos ha puesto a cada una. De este modo, pienso que esa hora es la más importante porque en base a ese horario, ese momento de intimidad del Señor, en el que dialogo con mi Esposo, organizo lo demás. La adoración es el carisma que el Señor pidió a la madre fundadora. Nuestra orden además, tiene un aspecto de reparación. Cuando Dios dio la visión a la madre Magdalena fue el mismo año de la revolución francesa. Por eso me gusta pensar que el Señor ya estaba preparando el terreno para que en la Iglesia hubiera almas que le amasen por completo  y vivieran en soledad con Él, y le dieran ese amor que los otros no le daban. Reparación no significa ‘yo sufro, debo sufrir porque otro no lo hace por lo tanto yo me mortifico’. No es este el sentido, sino dar al Señor ese amor que los otros no dan. Tomamos el ejemplo de Jesús, porque Él es el primer adorador. Nosotras dividimos la hora de adoración en cuatro partes: alabanza, reparación, intercesión y acción de gracias. Son aspectos que en la vida de Jesús están presentes. La adoratriz adora con Jesús.

Aún estando en un convento de clausura ¿Hay un modo para transmitir este carisma a los demás?
— La Iglesia está abierta durante el día con el Santísimo Sacramento expuesto. Según la inspiración de la fundadora los conventos deben estar siempre en el corazón de la ciudad, para que la gente con las prisas del ritmo frenético, puedan tener el tiempo para retirarse y descansar con el Señor.  
Hace un año comenzamos una iniciativa a la que la gente ha respondido muy bien, es la adoración eucarística comunitaria. El jueves por la tarde tenemos una hora de adoración todas las hermanas en la Iglesia acompañadas por los fieles. Así, animamos la adoración con cantos y oraciones y la gente sabe que puede participar. Hemos decidido hacer esta adoración en concreto por la ciudad de Nápoles, esta es la intención específica. Hemos visto que la gente está contenta y trae a otras personas. Hemos conocido así a mucha gente que se acerca, que nos pide oración. Hemos visto que la gente se acerca si tú la invitas, como dice san Pablo. Aún siendo de clausura, y teniendo la  reja que nos separa de los fieles en la Iglesia, tenemos esta comunión de oración e intenciones.

Estáis en el corazón de la ciudad, y en el caso de Nápoles una ciudad donde el sufrimiento y las dificultades son muy palpables. ¿Experimentáis este ser luz en medio de la oscuridad de forma concreta?
— Con la oración nosotras hacemos lo que podemos. Sabemos que es una ciudad con muchos problemas. Además tenemos la gracia de tener el capellán de la cárcel que nos cuenta estos problemas, y por lo tanto no es que nosotras vivimos aquí pero vivimos ajenas a ello.Digamos que el monasterio es particular porque estamos en Nápoles pero al mimos tiempo vivimos una realidad distinta de la ciudad. Aún así muchas noticias nos llegan, nos piden intenciones de oración. Pero nuestra forma de estar es a través de la oración. Nuestro carisma y misión es ser evangelizadoras silenciosas, también a través de la reja. Casi nunca hacemos entrevistas o publicamos artículos… Nuestras misión precisamente es rezar por estas personas, porque la oración cambia, tiene efecto. Por ejemplo, tenemos una buena relación con los presos, nos intercambiamos cartas. En la medida que nos es posible, nos comunicamos y tratamos de dar consuelo. Pero tenemos la certeza de que no es algo inútil. Sabemos que la oración tiene un efecto y lo hemos visto muchas veces.

Mañana será un día especial para esta ciudad. El Papa visita Nápoles y vosotras participaréis en el encuentro en la Catedral. ¿Cómo estáis viviendo la preparación a este evento?
— Nosotras estamos muy contentas, porque en la visita precedente de Benedicto XVI no hubo esta oportunidad. Sobre todo es un día de gran alegría y agradecimiento porque además estamos en el Año de la Vida Consagrada. Por eso, poder participar en esta jornada para nosotras es algo excepcional. Nosotras salimos solo para cosas de emergencia, pero toda comunidad nunca. Nuestra presencia es, antes que nada, un dar gracias al Santo Padre que ha tenido la atención de dedicar este año a la Vida Consagrada. Y viene a visitarnos como pastor: de sus palabras nos esperamos la palabras del pastor para sus ovejas. No esperamos una fiesta entre amigos, sino un pastor que cuida a su rebaño, que conoce las heridas y conoce también los dones de esta Iglesia y nos da la posibilidad de decir «estamos aquí».

¿Cómo descubrió su vocación, cómo sintió su llamada a seguir a Dios en este lugar en concreto?
— Yo nací en una familia cristiana, mis padres nos llevaban a la Iglesia desde pequeños. Además vengo de una familia numerosa y ya un poco vivía «en comunidad». Desde pequeña veía que el Señor me pedía algo más. Siempre amé mucho la familia, pienso que es uno de las cosas más bellas que Dios ha creado. La vida
monástica no puede estar motivada por el hecho de que «no te encuentras bien en el mundo» y te refugias en esto: eso no es la vocación. Para mí la familia siempre ha sido muy importante, mis padres me han acompañado en cada paso.
Y yo veía que tenía algo que mis compañeros del colegio no: yo tenía la posibilidad de ver mis crisis y dificultades a la luz de la Palabra, una comunidad que me ayudaba, la Iglesia que me acogía, mis padres que me hablaban de Dios… Comencé a preguntar al Señor que quería de mí. Fui a un encuentro vocacional y allí sentí por encima de todo que Dios me amaba. Pero el amor para que tenga un efecto debe ser experiencia, no una palabra. Sentí que Dios me amaba por cómo era.  Y en ese momento sentí que quería darle mi vida, pero no sabía cómo. Pensé en ir en misiones, pero al mismo tiempo sabía que no era eso lo que Dios me pedía. Después un sacerdote me dijo que conocía esto monasterio y me propuso hacer una experiencia. Yo la clausura la había excluido siempre porque yo no era «el tipo» para hacerme monja de clausura: me gustaban las ordenadores, los móviles, jugar al fútbol, usar pantalón vaquero y zapatillas de deporte… Aún así, vine para una experiencia de tres días. Me esperaba un convento con monjas tristes, vestido gris, sin vocaciones. Pero cuando llegué a Nápoles –también con el miedo de llegar a esta ciudad con estas dificultades– y cuando abrieron la puerta vi a muchas monjas jóvenes con un hábito vistoso… y yo pensé ‘¿si todas estas monjas jóvenes han elegido estar aquí ‘cerradas’ algún motivo debe haber?’ Y sobre todo las veía alegres y contentas y no era «una sonrisa de azafata». Me transmitían esa alegría y esa libertad y lo sentí enseguida. Tuve miedo y pensé ‘¿cómo me llama al Señor a la clausura?’
La primera adoración nocturna me tocó mucho, era la 1 de la madrugada y pensaba en lo que hacen los jóvenes el sábado por la noche y yo estaba de rodillas delante del Señor expuesto, rezando. Fue como un flechazo con un chico. Sentí que el Señor me hablaba al corazón y me quería aquí.
Esto no quiere decir que no haya habido dificultades porque es una vocación difícil de entender, de aceptar, tanto por mi parte como de la familia. Pero ellos dijeron, ‘si el Señor quiere abrirá las puertas’ y así ha sido. Ha sido Él quien me ha elegido, Él te llama y tú respondes.
Además, espero que el Señor siga llamando a otras chicas a esta vocación. Nosotras bromeamos diciendo que somos las únicas mujeres que esperamos que nuestro Esposo «nos traicione», esperamos que nuestro Esposo encuentre otras mujeres.

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