Crucificados de hoy

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Estamos en la Semana Santa. Así como para muchas personas no es precisamente santa, sino todo lo contrario, pues la aprovechan sólo para diversiones, a veces no muy santas, para pasear y divertirse, así también hay muchísimas otras que participan en las celebraciones religiosas. Hay personas mayores que siempre añoran otros tiempos, cuando no había vacaciones, cuando todo era muy rígido en las costumbres, cuando todo se concentraba en rezos, en prácticas devocionales, en via crucis y en penitencias, a veces no muy humanas.

Es muy legítimo el descanso para tanta gente que trabaja mucho y necesita distensionarse y recobrar energías, para reemprender las obligaciones diarias. Sin embargo, hay quienes no saben descansar; terminan sus vacaciones más cansados. Hay quienes se aburren estos días, como niños y jóvenes que sólo están inventando qué hacer para matar su aburrimiento. ¡Qué bien les haría que se organizaran para limpiar su casa, para ir a barrios y comunidades pobres, para levantar tanta basura que hay en las calles y en las carreteras! Esto es un poco cansado, pero es una magnífica forma de descansar y no aburrirse. La mejor inversión de estos días libres es ayudar en casa y en la comunidad. Eso es ayudar a otros a llevar su cruz, como las tareas habituales del hogar.

Hay el peligro también de que muchos creyentes reduzcan estos días a actos piadosos, algunos hasta de tipo sentimental, y con eso se sientan bien, con eso piensen que están consolando a Jesús y a María por la pasión, que con eso conserven las buenas tradiciones. Quizá con esto tranquilizan su conciencia, aunque nada hagan por los pobres y por todos los que sufren.

PENSAR

El Papa Francisco dijo a los nuevos cardenales algo que nos ayuda a meditar en estos días: “Os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos -edificados por nuestro testimonio- no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso -de cuerpo o de alma- , que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. En realidad, sobre el evangelio de los marginados, se juega, se descubre y se revela nuestra credibilidad.

Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús, estamos llamados a llegar a ser, unidos a El, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser imitadores de Cristo ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión… Pero yo os pregunto: Cuando ayudáis a los demás, ¿los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿Cómo ayudáis? ¿A distancia, o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien” (15-II-2015).

ACTUAR

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a vivir estos días de Semana Santa en forma integral: participando en las celebraciones religiosas, dedicando tiempo a un descanso espiritual por la oración y la lectura de la Palabra de Dios, pero también haciendo algo por los que sufren, quizá dentro de nuestra propia familia, por los pobres y enfermos. Entonces sí acompañamos a Jesús en su pasión y disfrutaremos de la resurrección.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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