(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 27.06.2026).- Al final de la tarde del sábado 27 de junio, el Papa León XIV pronunció ante los cardenales reunidos en el Aula del Sínodo una reflexión conclusiva. No sólo resumió los resultados de las cuatro sesiones tenidas entre el viernes 26 y el sábado 27 de junio sino que también explicó qué entiende él mismo por sinodalidad. Tras este último encuentro el Papa ofreció una cena a los cardenales. Ofrecemos a continuación la traducción que ZENIT ha realizado al castellano del discurso del Santo Padre:
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Antes de entrar en la reflexión conclusiva, deseo expresar nuestra cercanía, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, a la población de Venezuela, duramente golpeada por el violento terremoto de estos días. Aseguramos nuestra oración por las víctimas, por sus familias y por cuantos sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos al Señor también a todos los que están comprometidos en las labores de socorro y pedimos que no falte la solidaridad de las comunidades internacionales hacia esa querida Nación.
Queridos Hermanos Cardenales, llegamos ahora al término de estos días con un sentimiento de profunda gratitud. Les agradezco la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial con que han participado en nuestros trabajos. Llevo conmigo no solo el contenido de sus reflexiones, sino también la experiencia que las ha hecho posibles. En estos días hemos buscado juntos la voluntad del Señor, en la convicción de que Cristo continúa actuando en su Iglesia: es Él quien nos precede, nos reúne, habla a través de los hermanos y nos conduce en la misión. Todo nace de Él y todo retorna a Él. Por eso, ver a Cardenales provenientes de Iglesias, culturas y situaciones tan diversas escucharse mutuamente y buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio ha sido para mí motivo de consolación y de esperanza.
Iniciamos estos días dejándonos guiar por la imagen del buen Samaritano: un hombre que se detiene ante el hermano herido, se deja conmover en sus entrañas y se hace cargo de él.
Quisiera ahora despedirnos con otro icono evangélico: el de los discípulos de Emaús. También ellos caminan marcados por la tristeza y la decepción, pero el Señor se hace compañero de camino, escucha sus preguntas, abre las Escrituras, hace arder su corazón y transforma su camino. Me gusta pensar que también lo que hemos vivido en estos días tiene algo de esa experiencia: hemos caminado juntos, nos hemos escuchado mutuamente y, si hemos dejado espacio al Señor, Él ha vuelto a encender en nuestros corazones la esperanza y nos envía ahora a nuestras Iglesias para retomar el camino con una mirada nueva.
La reflexión conclusiva sobre el camino sinodal nos ha ayudado a releer lo que hemos vivido en estos días. Me parece que la pregunta de la sinodalidad no es ante todo: «¿Quién tiene el poder de decidir?». La pregunta es más profunda: «¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?». Cuando esta pregunta se convierte en el centro de nuestro discernimiento, también las cuestiones de la autoridad, de la corresponsabilidad y de las decisiones encuentran su lugar justo, iluminadas por la misión y por la fidelidad común al Evangelio. Por eso, deseo encomendarles una vez más el camino de implementación del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las Iglesias que sirven, favoreciendo una comprensión auténtica del mismo y animando a todos a tomar parte en él: se trata de ayudar a nuestras Iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.
Les recomiendo, como hemos escuchado del Card. Grech, que la sinodalidad no es un conjunto de reuniones, ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones sabremos organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestros encuentros. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dejando espacio al Espíritu, nuestras conversaciones no permanecen como un intercambio de ideas, sino que se convierten en un lugar de conversión, en el que crecemos juntos en la fidelidad al Señor.
Repasando las conversaciones de estos días, llevo conmigo ante todo la mirada con que han contemplado el mundo en la primera sesión. Muchos de ustedes han relatado los sufrimientos provocados por las guerras, las violencias, las pobrezas y las muchas injusticias que marcan la vida de los pueblos. No se han detenido, sin embargo, a describirlas. Tras estos dramas han reconocido un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad de reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no aparta los ojos de las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, reconociendo, a menudo oculta dentro de ellas, una renovada pregunta de sentido, de autenticidad, de espiritualidad y de comunidad. Muchos buscan hoy esperanza y relaciones verdaderas.
Me ha impresionado, en particular, el modo en que han hablado de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los conduce hasta la desesperación —y en ocasiones hasta la desesperación extrema de quitarse la vida—, han reconocido una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. Pero han sabido reconocer también en ello la acción del Espíritu. Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido nos recuerda que el Evangelio continúa saliendo al encuentro de las expectativas más profundas del corazón humano. Escucharlos a ellos y a sus familias con humildad es también un camino a través del cual el Señor continúa convirtiendo a la Iglesia.
Muchos de ustedes han recordado también a la familia. Allí donde es sostenida y acompañada, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y de esperanza; allí donde está herida o aislada, toda la sociedad sufre las consecuencias. En octubre tendremos un encuentro con los jefes de las Iglesias orientales y los presidentes de las Conferencias episcopales para evaluar los pasos dados después de Amoris laetitia. Participarán también algunas familias que comparten sus experiencias. Su presencia es esencial, pero espero que todos los que vengan se preparen escuchando de cerca y trayendo la experiencia de las familias de sus Iglesias.
Han buscado así escuchar lo que las heridas del mundo revelan del corazón del hombre. Es precisamente allí, en el corazón, donde se decide también la paz. Antes de manifestarse en la historia, la guerra nace dentro de nosotros, cuando la sospecha ocupa el lugar de la confianza, el miedo el de la esperanza y el otro es percibido como una amenaza. Pero es en ese mismo corazón donde Cristo continúa encontrándonos, hablando y convirtiéndonos. De un corazón reconciliado pueden nacer palabras desarmadas, relaciones nuevas y una paz capaz de alcanzar también a los pueblos.
La segunda sesión nos ha conducido a dar un paso ulterior. Me parece que han captado con gran claridad una de las intuiciones de la Magnifica humanitas: la guerra no es solamente un conflicto entre Estados. Nace mucho antes, de una cultura del poder que atraviesa nuestro modo de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de usar la economía, la tecnología e incluso la religión. Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta exige reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo, capaz de dar nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos aprendan nuevamente a buscar juntos el bien común de toda la familia humana. En este camino, la contribución de los fieles laicos comprometidos en la vida pública es esencial: necesitan la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial para vivir la «caridad política» que han recordado. Esa misma cultura de la cooperación crece a través del diálogo ecuménico e interreligioso, que no atenúa nuestra identidad cristiana, sino que la hace capaz de servir juntos el bien común y la paz.
He encontrado particularmente valioso el modo en que algunos de ustedes han abordado el tema de la respuesta no violenta ante las muchas formas de violencia. Esta es una forma profundamente evangélica de habitar la historia, fruto de la contemplación del modo de actuar de Jesús. No consiste en la renuncia al conflicto ni en una actitud pasiva, sino en elegir afrontarlo sin reproducir su lógica. No renuncia a la verdad ni calla el mal, pero rechaza defenderla con la violencia y transformar al otro en un enemigo: comienza desarmándose a sí misma. Revela así la lógica de la Pascua, en la que el amor se manifiesta más fuerte que el odio y el perdón rompe la espiral de la venganza. Esta es la fuerza del Crucificado resucitado: una fuerza que no destruye al enemigo, sino que hace posible reencontrar a un hermano.
Desde esta perspectiva, diversos grupos han subrayado la oportunidad de proseguir la profundización del tema de la legítima defensa a la luz de las profundas transformaciones acaecidas en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Esta reflexión merece ser desarrollada ulteriormente con el necesario rigor teológico y pastoral.
He acogido con particular interés también su insistencia en la Doctrina Social de la Iglesia. Han expresado el deseo de que se convierta cada vez más en patrimonio vivo de nuestras comunidades, criterio ordinario de formación de las conciencias y de discernimiento pastoral. No ofrece soluciones preconstituidas, sino que educa a la Iglesia en un modo evangélico de habitar la realidad, interpretarla y orientar responsablemente la acción.
Me ha impresionado también otra convergencia. Muchos de ustedes han observado que hoy el bien común no es simplemente un objetivo que perseguir: es una realidad que redescubrir juntos. Vivimos un tiempo en el que se vuelve difícil incluso reconocer lo que es verdaderamente bueno para todos. Por eso, enraizada en Cristo, la Iglesia está llamada a custodiar lugares de encuentro, de escucha y de diálogo en los que pueda madurar una cultura renovada del bien común. Esto exige también un paciente trabajo educativo que ayude a reconocer la dignidad inviolable de cada persona y la responsabilidad que nos une unos a otros. En este camino, los pobres no son solo destinatarios de nuestra atención, sino protagonistas de la esperanza que Dios continúa suscitando en la historia.
De muchas de sus reflexiones ha emergido con fuerza también otra convicción. Mientras nos interrogábamos sobre las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy, han recordado continuamente la importancia del testimonio, de la proximidad, de la formación de las conciencias y de la construcción de comunidades fraternas y creíbles. Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su Palabra y de los Sacramentos, en los que el Señor sostiene a su pueblo y lo hace capaz de servir al mundo con la fuerza del Evangelio. La Iglesia está llamada a convertirse cada vez más en lo que proclama. Es sobre este fundamento donde también las necesarias reformas de las estructuras, de las instituciones y de los procesos pueden dar fruto.
Así, estos días refuerzan mi esperanza. No solo por lo que hemos compartido, sino por el modo en que lo hemos hecho. En un tiempo marcado por la polarización, también el modo en que la Iglesia escucha y dialoga se convierte en parte de su anuncio. Si sabemos continuar buscando juntos la voluntad del Señor, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, estoy seguro de que nuestra comunión se volverá cada vez más fecunda para la misión de la Iglesia y para el servicio a toda la familia humana.
Creo que, poco a poco, estamos redescubriendo el significado más auténtico del Consistorio: la reunión del Colegio de los Cardenales en torno al Sucesor de Pedro para que, en la escucha mutua y en el discernimiento común, el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar a la Iglesia. No un parlamento, no un congreso en el que prevalecen opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión. Lo que aprendemos a vivir en estos días no concierne únicamente al Colegio Cardenalicio. Es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, para que cada bautizado, según su propia vocación y responsabilidad, participe en la construcción de la civilización del amor y en el servicio al bien común. Como ya les he anticipado, deseo proseguir esta cita anual también a partir del año próximo. Aún no he fijado la fecha: cuento con comunicársela hacia finales de este año.
Este Consistorio ha sido un momento precioso, pero no debe permanecer como una cita aislada. En toda la Iglesia deseamos promover espacios en los que el Pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar juntos. Esta es el alma del itinerario de implementación del Sínodo. Este será también el espíritu del próximo encuentro dedicado a Amoris laetitia y de muchas otras iniciativas que el Señor nos pedirá vivir. Lo que importa no es multiplicar los encuentros, sino aprender a vivir encuentros en los que, escuchándonos mutuamente, aprendamos juntos a escuchar al Señor.
Antes de concluir, deseo acoger el llamamiento unánime que ha surgido de este Consistorio y hacerlo mío. Es más, quisiera que lo hiciéramos juntos, a través de estas palabras. Digámoslo a nuestros hermanos Obispos, a las Iglesias confiadas a nuestro ministerio y a todos los pueblos de la tierra: Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios continúa abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos.
Hermanos, les agradezco de corazón su contribución, así como a los ponentes, a los moderadores y a todos los que, con generosidad y discreción, han hecho posibles estas jornadas de trabajo y de fraternidad. Gracias por haberme ayudado, una vez más, a reconocer la obra que Cristo continúa realizando en medio de su pueblo y en el mundo. Encomendamos los frutos de este Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Que nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir el Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza. ¡Gracias!
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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