la religión continúa moldeando la economía, las instituciones y la vida pública Foto: Iglesia Noticias

Nuevo estudio económico sugiere que el futuro secular de Europa aún lleva la impronta de la fe

Quizás una de las conclusiones más interesantes del informe se refiere a ideas que se han ido desvinculando gradualmente de sus orígenes explícitamente religiosos. El principio de subsidiariedad de la Unión Europea ofrece un ejemplo notable

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(ZENIT Noticias / Roma, 09.07.2026).- Durante décadas, Europa ha sido retratada como el continente más secular del mundo, donde la asistencia a la iglesia ha disminuido constantemente y la práctica religiosa se ha vuelto cada vez más privada. Sin embargo, un nuevo estudio argumenta que centrarse únicamente en las iglesias vacías pasa por alto una realidad más profunda: la religión continúa moldeando la economía, las instituciones y la vida pública europeas de maneras que siguen siendo notablemente influyentes.

Esta es la conclusión principal de una revisión exhaustiva publicada por la Fundación Rockwool, con sede en Berlín. Basándose en siglos de investigación económica de todo el mundo, el estudio sostiene que la religión continúa influyendo en la prosperidad no solo a través del culto, sino también al moldear la educación, la vida familiar, los hábitos de ahorro, las normas sociales y las instituciones que guían las políticas públicas.

El informe, titulado «Religión y crecimiento económico: lo que sabemos y por qué importa«, fue escrito por los economistas Sascha Becker de la Universidad de Warwick, Jared Rubin de la Universidad Chapman y Ludger Woessmann de la Universidad de Múnich. En lugar de medir la religión únicamente por el nivel de creencia o la asistencia a la iglesia, los investigadores examinan cómo las tradiciones religiosas han dejado un legado institucional y cultural duradero que continúa influyendo en las sociedades modernas.

«Quien considere la religión un factor marginal pasa por alto una parte fundamental de nuestra estructura social», explicó Becker. En su opinión, la religión sigue siendo importante porque ha moldeado —y en muchos lugares continúa moldeando— las normas e instituciones a través de las cuales los gobiernos desarrollan políticas públicas.

La educación ofrece uno de los ejemplos más claros. Si bien los historiadores han reconocido desde hace tiempo la contribución del cristianismo a la alfabetización mediante el deseo de leer las Escrituras, Becker sostiene que la influencia religiosa no desapareció con el surgimiento de los estados seculares. En toda Europa, muchos sistemas educativos aún incluyen escuelas religiosas, mientras que las comunidades religiosas continúan desempeñando un papel importante en la transmisión de valores junto con la instrucción académica.

Inglaterra ilustra esta realidad persistente. Aproximadamente un tercio de las escuelas públicas tienen un carácter religioso, la mayoría afiliadas a la Iglesia de Inglaterra, con un número considerable vinculado a la Iglesia Católica y un número menor asociado a las comunidades judía y musulmana. Según Becker, incluso los padres que rara vez practican la religión pueden elegir estas escuelas porque las asocian con la disciplina, la formación ética y altas expectativas educativas.

Los investigadores advierten a los responsables políticos que no asuman que las reformas educativas laicas se perciben automáticamente como neutrales. Cuando la identidad religiosa sigue estando estrechamente ligada a la vida comunitaria, las reformas que parecen puramente administrativas pueden, en cambio, considerarse un desafío a la identidad cultural. Para los gobiernos que buscan mejorar la alfabetización, la participación laboral o el empleo femenino, comprender estas dinámicas es, por lo tanto, esencial.

El informe extiende su análisis más allá de las aulas a uno de los temas contemporáneos más delicados de Europa: la migración. En todo el continente, los debates sobre inmigración se entrelazan cada vez más con cuestiones de identidad nacional, y algunos movimientos políticos invocan la herencia cristiana de Europa al tiempo que abogan por políticas migratorias más estrictas.

Al mismo tiempo, muchas organizaciones cristianas han adoptado un enfoque muy diferente. Grupos como el Servicio Jesuita a Refugiados se han convertido en socios importantes para ayudar a los recién llegados a aprender los idiomas locales, comprender los servicios públicos e integrarse en las sociedades de acogida. Las organizaciones musulmanas también han desempeñado funciones similares dentro de sus propias comunidades. Becker sostiene que las políticas de integración eficaces requieren que los gobiernos reconozcan la influencia social de las instituciones religiosas sin ignorarlas ni basarse en suposiciones multiculturales simplistas.

España ofrece un contraste interesante. La actitud pública hacia los migrantes ha sido, en general, más acogedora que en otros países europeos, mientras que las organizaciones benéficas católicas y la Iglesia han desempeñado un papel destacado en la asistencia a los recién llegados. Becker sugiere que esta apertura no se debe únicamente a convicciones teológicas, sino que también refleja consideraciones económicas prácticas, como la persistente escasez de mano de obra.

El tema también ha captado la atención del Papa León XIV. Durante su reciente visita a España y las Islas Canarias, donde llegan muchos migrantes tras peligrosas travesías marítimas desde África, el Papa se reunió con migrantes y con organizaciones dedicadas a su rescate y acompañamiento. Exhortó a los cristianos a reconocer a Cristo en aquellos que llegan exhaustos por la violencia, el hambre, los desiertos y las peligrosas travesías marítimas, e instó a los gobiernos a compartir la responsabilidad de proteger a los migrantes, combatir la trata de personas y promover el desarrollo en sus países de origen.

Los investigadores evitan cuidadosamente presentar la religión como una fuerza incondicional para el bien. Reconocen que las interpretaciones religiosas también pueden obstaculizar el desarrollo económico cuando restringen los derechos fundamentales o la participación en la sociedad. Como ejemplo, citan Afganistán, donde las políticas talibanes que limitan severamente la participación de las mujeres en la educación y el mercado laboral han contribuido al estancamiento económico.

La influencia de la religión también está evolucionando en nuevas direcciones. Muchas comunidades cristianas, incluida la Iglesia Católica, hacen cada vez más hincapié en la protección del medio ambiente, fomentando estilos de vida caracterizados por la moderación, el desarrollo sostenible y el consumo responsable. Becker argumenta que tales compromisos éticos no necesariamente reducen la prosperidad medida tradicionalmente, sino que podrían, en cambio, impulsar un modelo diferente de crecimiento económico que priorice la sostenibilidad a largo plazo.

Quizás una de las conclusiones más interesantes del informe se refiere a ideas que se han ido desvinculando gradualmente de sus orígenes explícitamente religiosos. El principio de subsidiariedad de la Unión Europea ofrece un ejemplo notable. Desarrollado originalmente dentro de la doctrina social católica, el principio de subsidiariedad sostiene que los niveles superiores de autoridad deben apoyar —no reemplazar— a las familias, las comunidades locales y las instituciones intermedias. Hoy en día, este concepto se ha convertido en un principio jurídico fundamental de la Unión Europea, que guía las decisiones sobre qué responsabilidades deben permanecer a nivel local y cuáles requieren acción a nivel europeo.

En esa transformación reside una de las conclusiones más importantes del estudio. Incluso allí donde la práctica religiosa ha disminuido, muchos de los principios rectores, supuestos morales y marcos institucionales de Europa siguen llevando la impronta de las tradiciones religiosas. Según los investigadores, comprender esa herencia histórica no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad práctica para los responsables políticos que buscan abordar la educación, la migración, la cohesión social y el desarrollo sostenible en una Europa cada vez más compleja.

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Redacción Zenit

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