(ZENIT Noticias / Roma, 02.05.2026).- Por la tarde del sábado 2 de mayo, en la basílica-catedral de Roma, san Juan de Letrán, León XIV confirió la ordenación episcopal a cuatro sacerdotes de la diócesis de Roma. Los 4 servirán como obispos auxiliares en esa ciudad: Stefano Sparapani, de 70 años, fue elegido obispo titular de Bisenzio y nombrado obispo auxiliar del Sector Occidental; Alessandro Zenobbi, de 56 años, obispo titular de Biccari y obispo auxiliar del Sector Oriental; Andrea Carlevale, de 55 años, obispo titular de Atella y obispo auxiliar del Sector Sur; Marco Valenti, de 65 años, fue elegido obispo titular de Arpi y nombrado obispo auxiliar del Sector Norte. Cinco cardenales y 30 obispos acompañaron al pontífice. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano de la homilía del Papa:
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Queridos hermanos y hermanas:
Uniéndonos a Cristo, nos convertimos en una casa sólida y acogedora: esta es la alegría que experimentamos especialmente en el tiempo pascual, y de manera particular hoy, al celebrar la Ordenación de cuatro nuevos Obispos Auxiliares de la Diócesis de Roma.

Esta Iglesia tiene una singular vocación a la universalidad y a la caridad gracias a su peculiar vínculo con Cristo, resucitado y vivo, fundamento del edificio espiritual de piedras vivas que es el pueblo santo de Dios. Acercarse a Cristo es así acercarnos los unos a los otros y crecer juntos en la unidad: he aquí el Misterio que nos involucra y transforma desde dentro también a la ciudad. Al servicio de su dinamismo, traído a Roma por los apóstoles Pedro y Pablo, nuestros hermanos Andrés, Esteban, Marcos y Alejandro son ordenados para el episcopado. Es una fiesta del pueblo, porque ellos vienen de este pueblo y del presbiterio que con amor lo cuida.
Nuestra Comunidad diocesana se reúne hoy en la invocación del Espíritu Santo, que ungirá a los nuevos Obispos para que estén plenamente consagrados al servicio del Evangelio de Cristo. Él es la piedra desechada que, «elegida por Dios», se ha convertido en «piedra angular» (1Pe 2, 4.7; cf. Sal 118, 22).

A los primeros cristianos esta metáfora, tan familiar por estar presente en un salmo, debió parecerles particularmente reveladora. El Mesías Jesús había sido desechado no solo por no ser reconocido como Hijo de Dios, sino, antes aún, por haber asumido la condición de creatura, entendida como indigna de Dios. Fiel a este camino de amor misericordioso, Él iba a buscar a las ovejas desechadas, se sentaba a la mesa con ellas, desarmaba las manos y los corazones que querían apedrearlas. De este modo, como dice el Evangelio proclamado en esta Liturgia, el Hijo mostró el rostro del Padre: en Él se cumplen sus obras. «Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14, 8-9).
Iglesia que vives en Roma, la piedra desechada es el corazón del anuncio mesiánico, frente a quienes la sociedad desechaba y sigue desechando. Es el corazón de nuestro anuncio, de nuestra misión. Hemos visto al Santo tocar al impuro, al Justo perdonar a los pecadores, a la Vida sanar a los enfermos, al Maestro lavar los pies sucios y cansados de sus discípulos.

En esta ciudad, capital del gran imperio, la piedra desechada se convirtió en el estandarte de una nueva esperanza, la del Reino de Dios, tal como lo anuncian las Bienaventuranzas y lo canta el Magnificat. Invirtiendo la lógica del dominio, la de quienes persiguen la insensata ambición de determinar la arquitectura de la Tierra, sucede en Cristo que los desechados recuperan su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios. «Si no —dice Jesús a sus discípulos—, ¿os habría dicho alguna vez: «Voy a prepararos un lugar»? Cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3).
Queridísimas hermanas y hermanos, he aquí por qué, hasta hoy, uno se convierte en piedra desechada por los hombres y elegida por Dios: cuando con la vida y la palabra uno se opone a los proyectos que aplastan a los débiles, no respetan la dignidad de cada persona, se sirven de los conflictos para seleccionar a los más fuertes, mientras descuidan a quien se queda atrás, a quien no puede seguir el ritmo, considerando a quien sucumbe como basura de la historia. Jesús caminó en medio de nosotros como profeta desarmado y desarmante, y cuando fue desechado no cambió de estilo.

Y ahora me dirijo a vosotros, queridísimos hermanos que a partir de hoy seréis Obispos Auxiliares de esta Iglesia, cuyo cuidado he recibido como don; a vosotros que, junto con el Cardenal Vicario, podréis ayudarme a ser reflejo del Buen Pastor para el pueblo romano y a presidir la caridad de todo el pueblo santo de Dios esparcido por la tierra.
Os animo a llegar a las piedras desechadas de esta ciudad y a anunciarles que en Cristo, nuestra piedra angular, nadie queda excluido de convertirse en parte activa del edificio santo que es la Iglesia y de la fraternidad entre los seres humanos. Resuena en esta imagen el llamado de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco: ser una Iglesia «hospital de campaña», ser pastores de calle, tener en el corazón las periferias materiales y existenciales. Como presbíteros, vosotros habéis acogido esta invitación, junto con las comunidades parroquiales que habéis acompañado. Ahora llega una nueva llamada, una vocación ulterior, que tiene siempre el mismo corazón: nadie, absolutamente nadie, debe considerarse desechado por Dios, y vosotros seréis heraldos de esta buena noticia que está en el centro del Evangelio.

Dejad que actúe en vosotros el Espíritu de profecía: no os acomodéis en los privilegios que vuestra condición podría ofreceros, no sigáis la lógica mundana de los primeros puestos, sed testigos de Cristo que vino no para ser servido sino para servir (cf. Mc 10, 45). Seréis profetas en vuestro ministerio si sois hombres de paz y de unidad, tejiendo, con hilos de gracia y misericordia, los espacios amplios y poblados de esta Diócesis, armonizando las diferencias, acogiendo, escuchando, perdonando.
No os hagáis buscar, haceos encontrar. Y procurad que los presbíteros, los diáconos, las religiosas y los religiosos, las laicas y los laicos comprometidos en el apostolado no se sientan nunca solos. Ayudadlos a reavivar la esperanza en sus distintos ministerios y a sentirse parte de una misma misión. Sabed siempre, incansablemente, motivar a las personas y a las comunidades, recordando con sencillez la belleza del Evangelio.
Los pobres de Roma, los peregrinos, los visitantes que aquí llegan de todas partes del mundo, puedan encontrar en los habitantes de esta ciudad, en sus instituciones, en sus pastores aquella maternidad que es el rostro auténtico de la Iglesia. La Salus Populi Romani, Madre de nuestra confianza, nos guíe y nos custodie siempre a lo largo del camino.
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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