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Un evento en la Universidad judía de Jerusalén durante el congreso

Arzobispo Auza: Responsabilidad ética de las universidades ante los migrante y refugiados

Discurso del Observador de la Santa Sede ante las Naciones Unidas

(ZENIT – 22 nov. 2018).- El 16 de noviembre de 2018, Arzobispo Bernardito Auza, Observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, pronunció el discurso de apertura en la Conferencia sobre Iniciativas Globales en Educación de Refugiados y Migrantes en Manhattan College, en la ciudad de Nueva York.

En este discurso, el prelado habló sobre “las responsabilidades morales y éticas de las universidades ante las realidades globales de los migrantes y refugiados” y exhortó a los presentes a prestar atención a la petición del Santo Padre de «construir un mundo más justo y humano».

Con este fin, Mons. Auza dejó claro que corresponde a las universidades católicas, específicamente, «formar la comunidad completa de profesores, estudiantes, administradores, empleados, y ex alumnos».

Formando valores y virtudes

Mons. Bernardito Auza comenzó su discurso recordando la misión histórica y fundamental de las universidades católicas: “Las universidades católicas están dedicadas no solo a desarrollar las facultades cognitivas de los estudiantes, sino a formarlos…a reconocer su propia dignidad y la de los demás y a ayudarlos a utilizar su conocimiento en el servicio”.

Esta formación, si ha de ser eficaz, significa que los profesores de las instituciones católicas deben ser formadores, que enseñan a los estudiantes a desarrollar virtudes cristianas para cumplir su humanidad, como la Iglesia entiende a la persona humana. Para hacerlo «los profesores, administradores y personal, esta antropología, deben vivir y modelar estas virtudes y ayudar a que sus graduados sean más humanos. Esa actualización es para hacernos más semejantes a Cristo”.

La investigación y la academia católica

La difícil situación actual de los migrantes y refugiados en todo el mundo presenta una oportunidad y una necesidad para la exploración de la persona cristiana, en el que las universidades católicas juegan un importante rol. La necesidad más apremiante, afirmó el Observador permanente de la Santa Sede, “es estudiar de un modo más profundo las causas remotas de las migraciones forzadas para que podamos anticiparnos y abordarlas y afirmar el derecho previo de las personas a permanecer en sus países de origen en paz, seguridad y prosperidad”.

El Arzobispo Auza hizo un llamado a las instituciones educativas católicas a «trabajar a nivel local, regional e internacional para mejorar la reconciliación de datos que informan la política migratoria». Al hacerlo, “pueden armonizar la investigación científica con la teológica, colocando la razón y la fe en el diálogo” y dirigir el diálogo sobre estos temas a un tono más caritativo.

Formación profesional

Asimismo, Mons. Auza amonestó a las universidades católicas que garantizaran «que los migrantes y los refugiados reciban una educación adecuada para ayudarles a integrarse y contribuir a sus sociedades de origen y destino, para mantenerse a sí mismos, a sus familias y al bien común».

Estas instituciones también deben participar en la formación profesional y la preparación para el trabajo, de acuerdo con el resumen del Santo Padre de «acoger, proteger, promover, e integrar» a los migrantes.

Solidaridad y promoción social

Concluyendo, el Arzobispo recordó a los reunidos que las universidades católicas mantienen una posición privilegiada en la sociedad y deben ejercer esa posición de acuerdo con el bien común. Parte de su responsabilidad debido a los migrantes es informar a la cultura en general sobre la realidad vivida de los migrantes y sus dificultades a través de «programas y proyectos que involucran a niños, adolescentes y jóvenes».

De hecho –continuó el prelado– las universidades católicas deben participar en esta forma de «promoción social», como personas de fe respondiendo a una «imperativo moral». También es una respuesta a la solidaridad a la que el Papa Francisco ha llamado a todos los cristianos ante la crisis mundial de refugiados, a responder con «generosidad, prontitud, sabiduría y previsión».

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