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Benedicto XVI, ¡que Dios te recompense!

Recordando el pontificado y el testimonio de una Papa etiquetado como conservador pero que despidió con el gesto más progresista

El importante momento en el que el papa Benedicto XVI anunció su renuncia hace dos años, el 11 de febrero de 2013, se sitúa como un momento fundamental en la vida de la Iglesia católica y del mundo. El Papa asustó a los hermanos cardenales reunidos en Consistorio de una mañana de febrero, saludando con las palabras conmovedoras que quedaron para la historia.

Benedicto XVI presentó su renuncia libremente, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico de la Iglesia. Fue una decisión sin precedentes en la historia moderna que ofreció a la Iglesia y al mundo una profunda enseñanza. Con su decisión audaz y valiente, Benedicto nos ha dicho que debemos ser dolorosamente honestos con la condición humana, que no podemos estar encadenados a la historia. Un hombre que había sido la muestra de la tradición, que tenía desde siempre la etiqueta de “conservador”, nos dejó con uno de los gesto más progresistas hechos por un Papa.

Este hombre conocido por su escritura brillante, por la gentileza exquisita, por la caridad, la dulzura, la humildad y la claridad de la doctrina, nos ha ofrecido la concretización de una decisión valiente que marcará para siempre el papado y la vida de la Iglesia.

La renuncia de Benedicto ofrece un raro ejemplo pero profundo de humildad en acción. Los verdaderos líderes ponen su causa antes de su poder o interés personal. Lejos de errores y debilidades, su renuncia ha sido en el momento más brillante de su pontificado, y  lo que se revelará como un movimiento históricamente brillante. El Papa estableció un nueva dirección para la Iglesia.

Un gran Maestro

Benedicto XVI fue juzgado desde el principio como un Papa “conservador”. Durante ocho años en la cátedra de Pedro, ha subrayado más la Escritura que la doctrina, uniendo los primeros cristianos con las personas de nuestro tiempo que luchan para vivir la fe. Ha afrontado cuestiones sociales y políticas contemporáneas, subrayando algunos principios fundamentales: que los derechos humanos se basan en la dignidad humana, que la gente viene antes que los beneficios, que el derecho a la vida es una medida antigua de la humanidad y no solo una enseñanza católica, y que los esfuerzos para excluir a Dios de los asuntos civiles están corroyendo a la sociedad moderna.

Para Benedicto, el cristianismo es un encuentro con la belleza, la posibilidad de una vida más auténtica y atractiva. Su pensamiento fijo ha sido la amistad con Jesús y con Dios. Él puso las bases para la era de la nueva Evangelización, concentrándose en tres principios fundamentales. Sus primeras tres encíclicas han examinado las tres virtudes cardinales: Fe, Esperanza y Amor. Sus tres primeros libros se han concentrado en el punto de apoyo de la fe católica: Jesucristo.

En octubre de 2013 puso en marcha un Sínodo sobre Nueva Evangelización y en su discurso de apertura declaró: “¡La Iglesia existe para evangelizar!” El Papa Benedicto ha subrayado de forma brillante la necesidad de una vida teologal intensa, de la oración constante y de la contemplación silenciosa, cuya consecuencia es el bien moral, el compromiso por los otros y una vida de caridad y de justicia.

Al inicio de su pontificado, encontrando un grupo de sacerdotes del norte de Italia, mientras estaba de vacaciones dijo: “El Papa no es un oráculo, es infalible en rarísimas ocasiones, como sabemos”. Reconociendo que la Iglesia se estaba moviendo hacia situaciones dolorosas, admitió: “No creo que haya un sistema para hacer un cambio rápido. Debemos ir adelante, debemos ir a través de este túnel, este subterráneo, con paciencia, en la certeza de que Cristo es la respuesta… pero debemos también profundizar esta certeza y la alegría de conocer y de ser así realmente ministros del futuro del mundo, del futuro de cada persona”.

Así muchos momentos de su pontificado parecen haber sido vividos en un túnel oscuro donde la luz estaba muy lejos.

Cuando miro atrás a los casi ocho años de su ministerio petrino, me siento agradecido por los momentos especiales que he pasado en su presencia. Conocía desde hace muchos años al cardenal Joseph Ratzinger y después papa Benedicto XVI. Estuve con él en Roma, en Alemania, en Australia, en Estados Unidos y en España durante sus viajes pastorales inolvidables. Serví como traductor en inglés para los medios de comunicación durante los dos Sínodos, donde tuve el privilegio de estar cerca de Benedicto durante días y días durante el encuentro.

Cuando estuve con él en Colonia en su primera Jornada Mundial de la Juventud en agosto de 2005, exclamó a la multitud de jóvenes cristianos: “La Iglesia puede ser criticada, porque contiene tanto el grano como la mala hierba, pero consuela saber que hay malas hierbas en la Iglesia, porque de esta forma, a pesar de nuestros defectos, podemos aún esperar estar entre los discípulos de Jesús, que vino a llamar a los pecadores”.

Si hay un Papa que ha afrontado la cizaña en medio del grano durante su pontificado, ese ha sido precisamente Benedicto XVI. Ha llamado al pecado y al mal por su nombre, y ha invitado a la gente a hacerse amigos de Cristo. Ha afrontado de frente los escándalos y no ha tenido miedo de hablar de ellos; ha admitido los errores que han sucedido bajo su ojos; ha extendido la mano a los cismáticos y experimentado el rechazo de sus esfuerzos por la unidad; ha ampliado las ramas de paz por las grandes religiones del mundo sin miedo de nombrar las cosas que nos dividen y también las grandes esperanzas que nos unen.

Benedicto caminaba entre los reyes y los príncipes, pero no ha perdido nunca el contacto con la gente. Aunque si no estaba previsto que viajara por su edad avanzada, nos ha sorprendido a todos un un arduo programa de viajes por todo el mundo. Consciente de la “suciedad” en la Iglesia en muchas áreas, ya de cardenal empujó para afirmar nuevas reglas que eliminaran a los sacerdotes acusados de abusos durante los años de pontificado de Juan Pablo II. Y de Papa ha puesto esta normas por escrito.

Benedicto ha sido el primer Pontífice en reunirse con víctimas de abusos sexuales, como también el primer Papa en pedir “perdón” por esta herida, y el primero en dedicar un documento entero a la llaga de los abusos en su carta del 2010 a los católicos de Irlanda.

Fue Benedicto XVI quien estableció la nueva agencia para el control financiero, que por primera vez ha abierto el Vaticano a la cooperación y a las inspecciones por parte del Moneyval, es decir, la agencia anti blanqueo del Consejo de Europa y que ha iniciado a afrontar los problemas de mala gestión y de falta de transparencia financiera en el Vaticano.

En estos días en los que se reflexiona sobre el aniversario de la dimisión de Benedicto, muchos creen que para evidenciar los aspectos positivos del pontificado de Francisco, se debería describir en términos negativos el pontificado del Papa Benedicto.

Esto no solo es absurdo, sino que también indica la ceguera, la sordera y la ignorancia de lo que el gran papa Benedicto ha realizado. La comparación entre Francisco y su predecesor es inevitable, y no es un secreto que el papa Francisco es más atractivo para las multitudes: basta pensar en la enorme masa que continúa llenando el Vaticano para escuchar al primer Papa procedente del Nuevo Mundo.

Con el papa Francisco parece haber un cambio de tonalidad que podría ser descrita como más moderada o al menos una expresión pastoral de una real preocupación por los que viven en las periferias de la sociedad y de la Iglesia.

Pero no olvidemos que muchas de las reformas actualmente en curso bajo la guía del papa Francisco han iniciado con Benedicto XVI, en particular el cuidado por las causas principales de escándalo, es decir, el uso del dinero y los abusos sexuales. Estoy convencido de que se hoy nos sentimos iluminados por la luz del papa Francisco, debemos estar siempre agradecidos a Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, que ha hecho posible la elección del papa Francisco para la Iglesia y para el mundo. Ya solo por esto debemos a Benedicto XVI una gratitud inmensa.

La despedida

Al haber tenido el privilegio de servir como uno de los “portavoces” para el Vaticano durante los momentos de la transición papal, una fase trascendental hace dos años, he vivido todo de cerca con intensa emoción.  

Uno de los momentos más conmovedores de esta experiencia romana tuvo lugar el 28 de febrero, el último día de pontificado de Benedicto XVI. Su partida en helicóptero desde el Palacio Apostólico ha capturado el corazón y la mente del mundo. El adiós conmovedor de sus colaboradores, el vuelo breve en helicóptero hasta Castel Gandolfo, las últimas palabras como Papa, en las que recordó que sería “un peregrino” en la fase final de su vida. No había persona que no llorara esa noche. Estaba triste al asistir a este increíble adiós. Estaba dolido porque sabía en lo profundo que Benedicto XVI, un magnífico y gran dirigente de la Iglesia, un verdadero “maestro” y “doctor” de la fe, había sido muy mal servido por algunos de sus más estrechos colaboradores durante su pontificado.

Durante los meses de estudio de alemán en la patria bávara de Benedicto XVI, aprendí la maravillosa expresión “Gott di Vergelt!” Es mucho más que un simple “Danke” o “gracias”, en realidad significa: “¡Que Dios te lo pague y te recompense!”

Cuando miro atrás a esos días históricos de hace dos años, repito “di Vergelt Gott, Heiliger Vater!” ¡La Iglesia y el mundo no será la misma por lo que has hecho por nosotros! Si hoy podemos calentarnos en la luz franciscana, del hombre que ha venido a la Sede de Pedro desde la extremidad de la tierra, el 13 de marzo de 2013, estamos en deuda de gratitud con Benedicto XVI que ha hecho posible la elección de Francisco.

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El padre Thomas Rosica pertenece a la congregación clerical de San Basilio y es director de la televisión católica de Toronto “Salt and light”

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