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Dar un alma para Europa, propone Chiara Lubich a los alcaldes del continente

El proceso de integración necesita hombres y mujeres con «amor político»

INNSBRUCK, 9 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El proceso de integración europeo necesita un alma, constató este viernes Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, al participar en la Conferencia de los alcaldes de Europa.

En el encuentro, celebrado en esta localidad austríaca, estaban presentes representantes de 35 países, más de 700 alcaldes, y 300 jóvenes para dar voz a las nuevas generaciones.

Intervinieron también en la cita Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, il presidente austríaco Thomas Klestil, y el alcalde de Innsbruck, Herwig van Staa, quien es también presidente de la Cámara de Ayuntamientos de la Unión Europea.

«La santidad está en las raíces de Europa y no sólo de la Europa histórica –constató Lubich–, sino también de la Europa que hoy estamos construyendo, como nos lo demuestran algunas figuras de los padres de la Europa unida: Robert Schuman y Alcide De Gasperi».

«De ellos se ha iniciado el proceso de canonización que da testimonio de su santidad –añadió–, en el curso del cual se está verificando, sobre todo, cómo vivieron de modo heroico no sólo las virtudes religiosas, sino también las civiles que su profesión política exigía».

«Si volvemos a su inspiración original, al modo de entender la unidad europea, podemos encontrar una luz para concentrarnos mejor en el objetivo», aseguró la fundadora de los Focolares, Movimiento surgido en 1943 en Italia, que cuenta con más de cuatro millones y medio de personas, de las cuales dos millones son adherentes y simpatizantes, en 182 países.

«Según la visión de los fundadores, Europa, es una familia de pueblos hermanos, pero no cerrada en sí misma, sino abierta a una misión universal –añadió–: Europa persigue su propia unidad para contribuir, sucesivamente, a la unidad de la familia humana».

La Iglesia católica propone este objetivo, siguió diciendo, «hablando de un nuevo orden mundial, de un nuevo orden económico, de globalizar la solidaridad».

Para alcanzar este objetivo, Lubich consideró que Europa necesita hombres y mujeres que se entreguen a la política como vocación de servicio, que vivan lo que ella llamó el «amor político».

«La función del amor político –explicó–, consiste en crear y proteger las condiciones que permiten florecer a todos los otros amores: el amor de los jóvenes, que desean casarse y necesitan una casa y un trabajo, el amor de quien quiere estudiar y necesita escuela y libros, el amor de quien se dedica a su empresa y necesita caminos, ferrocarriles, normas seguras…».

«La política es el amor de los amores, que reúne en la unidad de un proyecto común la riqueza de las personas y de los grupos, permitiendo a cada uno realizar libremente la propia vocación», aseguró.

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