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D. Fernando Martín con Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba © Diócesis de Córdoba

D. Fernando Martín con Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba © Diócesis de Córdoba

ENTREVISTA a D. Fernando Martín: “Acoger la Misericordia exige de nosotros pedir perdón”

Párroco de El Viso y Santa Eufemia, en la Diócesis de Córdoba

(ZENIT – 7 abril 2018).- Cuando D. Fernando Martín oyó a su confesor, el P. Pedro León, de Sevilla, hablar de la Divina Misericordia, ya no pudo comprender su experiencia de fe sin esta devoción.

“Se convirtió para mí en centro de mi piedad”, describe el sacerdote diocesano de Córdoba (España), párroco de El Viso y Santa Eufemia, pueblos situados en el Valle de los Pedroches, a unos 100 kilómetros de la capital.

D. Fernando Martín describe en una entrevista condedida a ZENIT cómo fue su experiencia: “Cuando algo te hace tanto bien, sientes la necesidad de compartirlo. Cuanto más si se trata de la experiencia de la fe concretada en esta revelación privada, pero que tiene un alcance universal. De hecho, todos aquellos que la conocen a fondo quedan prendados, enamorados del mensaje de la Divina Misericordia”.

La Iglesia celebra el II Domingo de Pascua la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida en el año 2000 por San Juan Pablo II.

Indulgencia Plenaria

 

Gracias al Decreto promulgado el 29 de junio de 2002, durante el pontificado del papa polaco: “Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina, o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso”.

Asimismo, “se concede la indulgencia parcial al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”, se indica en el Decreto.

A continuación, sigue la entrevista que el sacerdote diocesano de Córdoba, D. Fernando Martín, ha concedido a ZENIT.

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¿En qué consiste la fiesta de la Divina Misericordia? ¿Cuál es su origen?

La Fiesta de la Divina Misericordia fue instituida por San Juan Pablo II en el año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina Kowalska y decretado por la Congregación del Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos el 23 de mayo del mismo año. Este fue el deseo expresado por el Señor a Sor Faustina: “Deseo que el segundo domingo de Pascua se celebre la fiesta de la Misericordia…” (22 de Febrero de 1931 en Plock). El Señor añadió: “A los que confiesen y reciban la Santa Comunión, les concederé el perdón total de las culpas y de las penas”. Es decir, el Señor Jesús promete Indulgencia plenaria, que la Iglesia confirmará, por decreto dado el 13 de junio de 2002.

Esta fiesta tiene carácter universal; es un llamamiento por parte del Señor a toda la humanidad a volverse con confianza a su Corazón Misericordioso: “La humanidad no encontrará la paz hasta que no se vuelva con confianza a mi  Misericordia”. Es el llamamiento urgente y ardoroso que nos hace el Señor.  Por tanto, esta fiesta es la expresión de un mensaje que compromete la vida entera de aquel que se entrega a la Miserciordia Divina. La fiesta no es más que el iceberg de la profundidad de este mensaje y sus consecuencias.

Providencialmente, la liturgia de este domingo no fue retocada o cambiada. Toda ella, oraciones y lecturas, son perfectamente apropiadas al misterio de la Misericordia Divina.

¿Cuál es el mensaje que el Señor nos quiso dar a través de Sor Faustina?

Todos sabemos que Dios es Amor; esto está en la entraña de nuestra fe. Lo que ocurre es que ésto que conocemos por revelación, y que nos han repetido hasta la saciedad, tiene que ser personalizado. Ello supone abrirse al misterio de Dios con un corazón humilde, para no proyectar en Él nuestra apreciación sobre el amor mismo, nuestra concepción tan limitada y debilitada por el pecado. Especialmente cuando se trata de comprender la gratuidad del amor divino, expresada en un perdón incondicional. Es decir: comprender y vivir que no nos merecemos el amor de Dios. Es una experiencia que no está al alcance de muchos, especialmente anestesiados por la tibieza espiritual. A veces, sólo cuando se ha tocado fondo, en el sentido más existencial de la expresión, se puede vivir esa experiencia, porque es cuando actúa el poder de la Misericordia. Sólo hay una condición: “Confiar”. También hay que aprender a confiar. No es fácil, cuando nunca se han soltado amarras, cuando nunca faltaron seguridades -aunque falsas-. La confianza se aprende en los brazos de Dios, cuando ya no hay más apoyos ni fuerzas humanas, ni siquiera para poder hacer un acto de fe. Entonces obra Dios. Este es el contenido fundamental del mensaje dado a Santa Faustina.

Algo que el Diario contempla -y es un error muy extendido- es el abuso de la Misericordia. “Confiar” no es “abusar”. La conversión es necesaria para la salvación, para dejarse salvar.

¿Cuál fue la aportación de S. Juan Pablo II a la institución de esta fiesta?

San Juan Pablo II, siendo Cardenal Arzobispo de Cracovia, en el año 1967, concluyó el proceso canónico para la beatificación de Sor Faustina. Fue un proceso largo hasta la aceptación de la Divina Misericordia como una devoción conforme a la tradición y a la doctrina católicas. De hecho, durante un tiempo llegó a estar prohibida, entre otras razones por una mala traducción de los escritos de Sor Faustina, que después de muerta tuvo que sufrir el descrédito. El entonces Cardenal Karol Wojtyla, pudo resolver las confusiones y llevar a buen término esta misión. Se levantó la prohibición de la devoción a la Divina Misericordia conforme al dictado de Sor Faustina y se abrió el proceso de reconocimiento de virtudes heroícas de esta religiosa que había sido -en palabras del mismo Señor- secretaria de su Misericordia.

¿Para qué sirve la coronilla de la Divina Misericordia? ¿Qué gracias se pueden obtener a través de ella?

Una de las prácticas de piedad que da el Señor a Santa Faustina es la Coronilla de la Divina Misericordia, cada vez más extendida entre los fieles. Se implora la Misericordia divina para el mundo, y en primer lugar, para sí mismo. No se puede pedir misericordia para el mundo con rectitud de corazón sino se implora para sí mismo, igualmente necesitado. Se trata, de vivir también nosotros, la profecía del Siervo Sufriente de Isaías, a imagen de Jesús: cargar con el pecado del mundo como propio. En nuestro caso, lo es en verdad, porque somos cómplices de lo bueno y lo malo de nuestra sociedad, en la medida en que albergamos odio, rencor, envidia… o somos solidarios, capaces de perdón y bondad. Con la Coronilla podemos conseguir todo, con tal que no se oponga a la voluntad divina. Se ruega por los méritos de la Pasión del Señor al Padre, que derrame sus gracias como fruto de su perdón y misericordia. Por supuesto, la mayor de las gracias es la conversión personal y la de aquellos por quienes oramos.

¿Cómo se debe entender la Divina Misericordia en la sociedad actual, especialmente entre los jóvenes? ¿Debe haber arrepentimiento para recibir esta gracia?

Hay algo que no podemos olvidar nunca: Dios respeta nuestra libertad absolutamente. Nuestra relación con él, exige renunciar a todo lo que nos aparte de Él. Por tanto, vivir en pecado es incompatible con la comunión con Dios. Las cosas son pecado porque son malas intrínsecamente, no por decreto legal. Pecado es todo lo contrario al amor. Por tanto, el arrepentimiento es el camino de la liberación, del reconocimiento de que herí el amor, herí al Amor.

Acoger la Misericordia, confiar en ella, exige de nosotros pedir perdón. Basta un suspiro de contrición para que el Señor complete en nosotros su obra y nos lleve a la plenitud de la alegría.

Volverse a Dios es confiar en que la propuesta de felicidad que Él nos hace es digna de crédito. Desgraciadamente damos el corazón al espíritu del mundo. Los jóvenes son hijos de nuestro tiempo, más que de sus propios padres, que en realidad también viven sumergidos en el relativismo. Dios tiene poco o nada que decir a nuestras mentes replegadas, a nuestros corazones en tinieblas. Por eso no escuchamos su voz. Nos cuesta reconocerla entre tanto ruido exterior e interior. Parece que se le tiene miedo a Dios. El hombre se empeña en buscarse la ruina.

Por eso, el Señor nos pide volver a Él con urgencia. Solo entonces encontraremos la paz.

El Papa Francisco convocó el año de la Misericordia en 2015. ¿De qué manera la devoción a la Divina Misericordia influye en su ministerio papal?

Es evidente que el pontificado de S. Juan Pablo II estuvo marcado por esta devoción desde el pricipio hasta el fin. De hecho, lo entendió como su misión personal. Creo que toda la Iglesia, también el Papa Francisco, se hace eco de esta espiritualidad cada vez más extendida y arraigada. En realidad, no se trata de otra cosa que de vivir una de las bienaventuranzas, quizá las más dificil, porque exige una altura de amor que transa todos los ámbitos de la vida. Santa Faustina hace una oración preciosa, muy difundida, en que pide que todo en su vida, alma y cuerpo, sea transparencia de la misericordia divina: sus palabras, su mirada, cada uno de sus gestos, pensamientos y obras. El Papa Francisco exhorta constantemente a vivir esta actitud, a ser misericordiosos, y serlo según el Corazón de Cristo. El Año de la Misericordia puso de manifiesto, que para reconciliarse con el mundo, con la creación, con los hermanos, hay que hacerlo con Dios en primer lugar. El Papa Francisco llamó a vivir el misterio del amor Misericordioso de Dios de una manera especial a toda la Iglesia y a todos los hombres. Todo su ministerio está impregnado de esta Verdad: La Misericordia es la última tabla de salvación para el mundo.

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