(ZENIT Noticias / Roma, 19.06.2026).- El martes 16 de junio falleció en Roma el Cardenal Camillo Ruini, un valorado hombre de Iglesia, gran pastor e intelectual. Fue mano derecha de san Juan Pablo II en el gobierno de la diócesis de Roma (fue el vicario del Papa para su diócesis en cuanto obispo de Roma) y como cabeza de la Conferencia Episcopal Italiana, una de las más influyentes a nivel mundial. El jueves 18 de junio el Papa León XIV celebró las exequias y dio una gran homilía dedicada a un eclesiástico ampliamente valorado. En ese contexto, se ha dado a conocer el testamento espiritual que ZENIT ofrece traducido al castellano. Entre los temas tratados, la sensibilidad hacia el Papa Francisco.
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Testamento espiritual de Camillo Ruini
Acción de gracias y petición de arrepentimiento a Dios y a los hermanos.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Te doy gracias, Señor, por la larga vida que me has dado, por haberme hecho cristiano, por la vocación al sacerdocio y por mis tantos años como sacerdote y, posteriormente, como obispo. Te doy gracias por haber sido y seguir siendo tan querido por mis padres, Francesco e Iolanda; por mi hermana Donata; por mis abuelos, Idelberto y María, y por mi tío Guido, con quienes he vivido: su cariño me ha dado fuerza y seguridad durante toda mi vida. Te doy las gracias por mi otra abuela, Emma; por mis tíos Riccardo y Tina; por mi primo Carlo y su esposa Carla; y por el resto de mis familiares. Te doy las gracias por haber sido amado y cuidado con tanta dedicación por mi fiel Pierina, amado y cuidado con gran generosidad por mi secretario Don Mauro, ahora obispo de Tivoli, por Mara, que quiso permanecer a mi lado incluso tras el fin de mi mandato como cardenal vicario, por Don Nicola, Angela, Claudia de la CEI y muchos otros de mis colaboradores. Y, en mi vida familiar, por Palmizia, Sergio y Raffaella.
Te doy gracias, Señor, por los amigos de Sassuolo, por mi párroco, monseñor Zelindo Pelluti, y por don Dino Carretti, que me guió y acompañó en mi camino hacia la vocación al sacerdocio. Te doy las gracias por los años de formación en el Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, por los superiores, los profesores, los compañeros y amigos que he tenido, en particular los difuntos don Osvaldo Ronzon, don Valerio Massucci, don Nicola Battarelli y don Nicolino Barra. Te doy las gracias por mi servicio como sacerdote y profesor en Reggio Emilia, por mis obispos Beniamino Socche y, sobre todo, Gilberto Baroni, de quien tanto he recibido y tanto he aprendido, por los numerosos sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de varias generaciones, en particular por aquellos que aún hoy están más cerca de mí: de ellos he recibido no menos de lo que he intentado dar. Te doy las gracias por el Concilio Vaticano II, por haberlo vivido y haberlo hecho vivir con alegría en Reggio Emilia, y también por haberme dado la lucidez y la fuerza para oponerme a las derivas posconciliares.
Luego, Señor, cuando un cierto cansancio amenazaba con agobiar mi sacerdocio, tuviste piedad de mí y, para mi sorpresa y consternación, me llamaste al episcopado: fue una gracia tan grande como inmerecida, una renovación y un reavivamiento de mi vocación. Desde entonces se han multiplicado quienes rezan por mí y por mis intenciones, supliendo la pobreza de mi oración. Desde entonces, en poco tiempo, me he convertido en una figura pública, aunque siempre he tratado de seguir siendo una persona sencilla: en este sentido, de seguir siendo el de antes.
Juan Pablo II fue para mí una gracia muy especial. Desde el inicio de su ministerio vi hacerse realidad en él aquello que intuía vagamente en mi interior y que Pablo VI ya había señalado, entre muchas resistencias e incomprensiones. Sin embargo, nunca habría imaginado convertirme en su colaborador directo, como lo fui durante más de veinte años, desde el otoño de 1984, cuando se preparaba el Encuentro de Loreto, hasta su muerte. En Juan Pablo II he experimentado tu presencia, Señor; he podido palpar de cerca la unión en la oración, la inseparabilidad de la oración, la vida y el apostolado, el valor de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar. Por mi culpa, Señor, he intentado seguir su ejemplo en lo que se ajusta a mi inclinación, pero mucho menos en lo que habría subsanado mis carencias más graves.
En concreto, durante los veintidós años de mi ministerio en Roma, en la CEI y en el Vicariato, espero, Señor, haber actuado no por intereses personales, sino por los objetivos que se me habían confiado y que compartía de todo corazón: así superé resistencias y hostilidades nada desdeñables, especialmente al principio, tanto en la CEI como en el Vicariato. Reconozco y confieso, sin embargo, haber actuado a veces con una dureza sustancial, bajo formas en su mayoría —aunque no siempre— amables: pido perdón al Señor y a todas las personas, vivas y difuntas, a las que he causado dolor. Pero debo darte las gracias, Señor, por las personas con las que he tenido la alegría de colaborar: en particular, monseñor Giovanni Battista Re y monseñor Stanislao Dziwisz, los secretarios de la CEI, monseñor Dionigi Tettamanzi, monseñor Ennio Antonelli y monseñor Giuseppe Betori, los vicarios generales de Roma, monseñor Remigio Ragonesi, monseñor Cesare Nosiglia, monseñor Luigi Moretti, Annick Johnson, Dino Boffo, Sergio Belardinelli, Vittorio Sozzi, el difunto monseñor Giuseppe Cacciari, el cardenal Angelo Scola, pero también a muchos otros, entre ellos los párrocos de Roma y los directores de las oficinas de la CEI y del Vicariato: a no pocos de ellos sigo estando muy unido.
Hace ya ocho años que soy emérito y te doy las gracias, Señor, por haberme concedido todo este tiempo para prepararme para el encuentro supremo contigo, pero también te pido perdón por haber aprovechado muy poco ese tiempo para ese fin. A decir verdad, hasta ahora he sido un emérito muy ocupado, debido a los diversos encargos que he recibido y, sobre todo, porque me he dedicado a la pasión por el estudio que surgió en mí en la adolescencia y que luego siempre me ha acompañado. Los temas que he elegido, Dios y la vida más allá de la muerte, por sí mismos predisponen al encuentro contigo, y los dos libros en los que los he condensado pretenden ser una contribución, aunque mínima, a la evangelización. Sin embargo, en realidad, la dedicación a la escritura no ha favorecido la libertad de mi espíritu para la oración.
Pero las causas de esta escasa libertad son, sobre todo, mis pecados y la debilidad de mi respuesta al amor del Señor: estas cosas quisiera confesarlas, con la esperanza de no escandalizar a nadie, sino de animar, por el contrario, a rezar por mí y a hacerlo mejor que yo. Confieso, ante todo, la pequeñez de mi fe. Desde pequeño he tenido el don de la fe y he rezado; la fe me ha acompañado y sostenido hasta hoy, sobre todo a la hora de acoger la vocación al sacerdocio. Ya desde que era estudiante de bachillerato me dediqué a defender la fe, sin timidez ni miedos. He tratado de profundizar, mediante el estudio, en sus contenidos y sus razones, y de exponerlos y defenderlos con pasión y convicción. A pesar de todo ello, sin embargo, en lo más recóndito de mi corazón siempre he estado tentado precisamente en lo que respecta a la fe, aunque, por la gracia de Dios, creo que nunca he cedido a la tentación. En concreto, mi fe era y sigue siendo insuficiente para sostener y animar una vida que debería estar enteramente dedicada a Dios y a los hermanos. Señor, ten piedad de mí y fortaléceme en la fe, en la última y decisiva etapa de mi camino terrenal.
Virgen María, nuestra dulce Madre, intercede para que el amor de Dios llene mi corazón y me conceda la verdadera libertad. «Hay más felicidad en dar que en recibir» (Hechos 20,35): esta palabra de Jesús siempre ha sido para mí casi una evidencia y una inclinación natural, ligada también al hecho de que nunca me he visto en la necesidad. Así, gracias a la gran generosidad de mis padres y de mi hermana, durante todo el tiempo que fui sacerdote en Reggio pude trabajar prácticamente gratis. Posteriormente recibí mucho dinero, pero no aumenté los bienes de la familia, destinando lo superfluo a ayudar a personas en dificultades. Sin embargo, tampoco en esto puse en práctica la invitación del Señor a dejarlo todo para seguirle, ni renuncié a un nivel de vida sencillo pero cómodo.
Siempre he sido «papista» y doy gracias al Señor y a mis formadores por ello, en particular a los profesores de la Gregoriana. Tras Juan Pablo II, colaboré durante tres años con Benedicto XVI y le doy las gracias de todo corazón, también por el cariño que aún me demuestra. Cuando fue elegido el papa Francisco, me alegré y, en la medida de mis posibilidades, me convertí inmediatamente en uno de sus partidarios. También hoy me alegro y le doy las gracias por su extraordinario impulso evangelizador. Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, no por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, tras el Concilio, apenas se habían curado. Pido humildemente al Señor que me convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella, más allá de nuestras perspectivas humanas.
Señor, ayúdame a aceptar la pequeña cruz de mi deterioro, por ahora físico, y la progresiva desaparición de mi papel: es la gracia que ahora me das para prepararme mejor para el encuentro contigo.
Señor, solo tú sabes por qué me has llamado; tu amor es totalmente gratuito, inmerecido, creador. Haz que no lo rechace; perdóname también por haberlo eludido y decepcionado ya demasiado. Señor, Dios fiel, no te canses de amarme y de llamarme, de convertirme. Padre rico en misericordia, concédenos a mí y a todos mis hermanos en la humanidad la gracia de la perseverancia final.
Roma, 3 de junio de 2016
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Camillo, cardenal Ruini
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