Por Uwe Michael Lang, C.O.*

ROMA, jueves 21 de abril de 2011 (ZENIT.org).- La lengua no es solo un instrumento que sirve para comunicar hechos, y debe hacerlo de la forma más sencilla y eficiente, sino que es también el medio para expresar nuestra mens de un modo que implica a toda la persona. En consecuencia, la lengua es también el medio en el que se expresan los pensamientos y las experiencias religiosas.

La lengua utilizada en el culto divino, o lo que es lo mismo, la “lengua sacra” no se lleva hasta la glossolalia (cf 1Cor 14) o al místico silencio, excluyendo completamente la comunicación humana, o al menos intenta hacerlo. Con todo, se reduce el elemento de la comprensibilidad en favor de otros elementos, en particular el expresivo. Christine Mohrmann, la gran historiadora del latín de los cristianos, afirma que la lengua sacra es una forma específica de “organizar” la experiencia religiosa. De hecho, Mohrmann sostiene que cata forma de creer en la realidad sobrenatural, en la existencia de un ser trascendente, conduce necesariamente a la adopción de una forma de lengua sacra en el culto, mientras que un laicismo radical lleva a rechazar toda forma de ésta. En este sentido, en cardenal Albert Malcolm Ranjith recordó en una entrevista: “El uso de una lengua sacra es tradición en todo el mundo. En el hinduismo la lengua de oración es el sánscrito, que ya no se usa. En el budismo se usa el Pali, lengua que hoy solo estudian los monjes budistas. En el islam se emplea el árabe del Corán. El uso de una lengua sacra nos ayuda a vivir la sensación del más allá” (La Repubblica, 31 de julio de 2008, p. 42).

El uso de una lengua sacra en la celebración litúrgica forma parte de lo que santo Tomás de Aquino en la Summa Theologiae llama la solemnitas. El Doctor Angélico enseña: “Lo que se encuentra en los sacramentos por institución humana no es necesario para la validez del sacramento, pero confiere una cierta solemnidad, útil en los sacramentos para despertar la devoción y el respeto en aquellos que los reciben” (Summa Theologiae III, 64, 2; cf. 83, 4).

La lengua sacra, siendo el medio de expresión no sólo de los individuos, sino de una comunidad que sigue sus tradiciones, es conservadora: mantiene las formas lingüísticas arcaicas con tenacidad. Además, se introducen en ella elementos externos, en cuanto que son asociaciones a una antigua tradición religiosa. Un caso paradigmático es el vocabulario bíblico hebreo en el latín usado por los cristianos (amén, aleluya, hosanna, etc.), como ya observó san Agustín (cf. De doctrina christiana II, 34-35 [11,16]).

A lo largo de la historia, se ha utilizado una amplia variedad de lenguas en el culto cristiano: el griego en la tradición bizantina; las diversas lenguas de las tradiciones orientales, como el sirio, el armenio, el georgiano, el copto y el etíope, el paleoeslavo; el latín del rito romano y de los demás ritos occidentales. En todas estas lenguas se encuentran formas de estilo que las separan de la lengua “ordinaria”, es decir, popular. A menudo este distanciamiento es consecuencia de las derivaciones en el lenguaje común, que después no fueron adoptados en la lengua litúrgica a causa de su carácter sagrado. Con todo, en el caso del latín como lengua de la liturgia romana, existió un cierto alejamiento desde el principio: los romanos no hablaban con el estilo del Canon o de las oraciones de la Misa. Apenas el griego fue sustituido por el latín en la liturgia romana, se creó como medio de culto un lenguaje fuertemente estilizado, que un cristiano medio de la Roma de la antigüedad tardía habría comprendido no sin dificultad. Además, el desarrollo de la latinitas cristiana puede haber hecho la liturgia más accesible a la gente de Roma o de Milán, pero no necesariamente a aquellos cuya lengua madre era el gótico, el céltico, el íbero o el púnico. Con todo, gracias al prestigio de la Iglesia de Roma y a la fuerza unificadora del papado, el latín se convirtió en la única lengua litúrgica y así en uno de los fundamentos de la cultura en Occidente.

La distancia entre el latín litúrgico y la lengua del pueblo se hizo más grande con el desarrollo de las culturas y de las lenguas nacionales en Europa, por no mencionar los territorios de misión. Esta situación no favorecía la participación de los fieles en la liturgia, y por ello el Concilio Vaticano II quiso extender el uso del vernacolo, ya introducido en cierta medida en las décadas precedentes, en la celebración de los sacramentos (Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, art. 36, n. 2). Al mismo tiempo, el Concilio subrayó que “el uso de la lengua latina […] se conserve en los ritos latinos” (ibid., art. 36, n. 1; cf. anche art. 54). Con todo, los Padres Conciliares no imaginaban que la lengua sacra de la Iglesia occidental habría sido totalmente sustituida por el vernáculo. La fragmentación lingüística del culto católico se ha llevado tan lejos, que hoy muchos fieles apenas pueden recitar un Pater noster junto a los demás, como puede observarse en las reuniones internacionales en Roma y otros lugares. En una época que se distingue por la gran movilidad y globalización. Una lengua litúrgica común podría servir como vínculo de unidad entre pueblos y culturas, aparte del hecho de que la liturgia latina es un tesoro espiritual único que ha alimentado la vida de la Iglesia durante muchos siglos. Sin duda el latín contribuye al carácter sacro y estable “que atrae a muchos al antiguo uso”, como escribe el Santo Padre Benedicto XVI en su Carta a los Obispos, con ocasión de la publicación del Motu Proprio Summorum Pontificum (7 de julio de 2007). Con el uso más amplio de la lengua latina, decisión del todo legítima pero poco usada, “en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI podrá manifestarse, de manera más fuerte que cuanto lo ha sido hasta ahora, esa sacralidad” (ibid.).

Finalmente, es necesario preservar el carácter sacro de la lengua litúrgica en la traducción al vernáculo, como observa con claridad ejemplar la Instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos sobre la traducción de los libros litúrgicos Liturgiam authenticam de 2001. Un fruto notable de esta instrucción es la nueva traducción inglesa del Missale Romanum que será introducida en muchos países anglófonos durante este año.

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*Uwe Michael Lang es Oficial de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Arte sacro y espiritualidad

Por Rodolfo Papa*

CIUDAD DEL VATICANO, martes 5 de abril de 2011 (ZENIT.org).- El arte sacro es, para quien lo realiza y para quien lo sabe disfrutar, un lugar de experiencia espiritual. Si reflexionamos sobre muchas tradiciones, por ejemplo la figura de San Lucas como retratista de María, la figura de Nicodemo como el primer escultor cristiano, autor del Crucifijo milagroso de Beirut hecho de madera, que originó la tipología de los crucifijos llamados del “Rostro Santo”, como el de Lucas, la imagen del rostro de Cristo impreso en el lienzo llamado de la Verónica, y después el Mandylion, en todos estos casos hablamos de experiencias de encuentro. El arte sacro quiere encontrar su origen en la visión del Rostro Amado, en una experiencia personal.

El arte sacro, el arte al servicio de la Iglesia, realiza, de hecho, un mediación sublime entre lo invisible y lo visible, entre el mensaje divino y el lenguaje artístico. La espiritualidad cristiana no puede prescindir nunca de la visión concreta del rostro de Cristo: el ver y el representar son, por tanto, instrumentos de “crecimiento espiritual”.

La espiritualidad cristiana, sobre todo en el siglo XV y en particular en el área dominica, se nutre de la práctica de las representaciones interiores, es decir la superposición de los lugares de la misma vida con los lugares de la vida de Cristo, como se ejemplifica en el convento dominico de San Marco, en Florencia, donde todas las celdas tienen un fresco para la meditación personal de los frailes y como testimonia una muy amplia literatura devocional. Como ejemplos de distintas procedencias geográficas y espirituales: el Catholicon (1286) de Giovanni de Génova, el Zardino de Oration escrito en 1454 y editado en Venecia en 1494, los sermones de fray Michele de Carcano (1427-1484), las sagradas representaciones de Castellano Castellani (1461-1519), los escritos de San Bernardino da Siena (1380-1444), hasta llegar, obviamente, a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (1491-1556).

Una importante pintura de Memling, conservada en la Galería Sabauda de Turín, ofrece el tema de la Pasión representado, escena por escena, en un único lienzo. Los participantes, arrodillados al lado de una Jerusalén “ficticia”, contemplan los sagrados misterios, como si fuese frente a un “tableau vivant” en el cual, ellos mismos están incluidos. Se trata de un importante testimonio de como el arte es imagen y sostén de una experiencia contemplativa.

Por la importancia de la imagen, con una visión mística, el cardenal Gabriele Paleotti temía la tentación del diablo, y en 1582 en el  Discorso intorno alle immagini sacre e profane (“Discurso sobre las imágenes sagradas y profanas”), escribe: “Pero la malicia del demonio, enemigo de toda virtud, es de tal manera perversa y está tan arraigada que, desde el momento que no consigue eliminar el uso santo y de alabanza de las imágenes, actúa de manera que se realicen abusos en ellas y que se banalice por tanto su valor. […] Una ciudad se pierde antes con un tratado que con un asedio, y por esto el demonio, abandona el asedio con el que quería eliminar las imágenes, y prepara un tratado: corromperlas y llenarlas de abusos”. Muchos místicos reciben en una visión, el encargo de crear una imagen de lo que han visto, pensemos, por ejemplo en la iconografía del Sagrado Corazón o la del Jesús de la Divina Misericordia, provenientes de revelaciones y que buscan sin descanso el modo de convertirse en imágenes artísticas.

Quisiera detenerme un poco sobre la extraordinaria experiencia mística de Santa Margarita Alacoque, que vivió entre el 1647 y el 1690 en Francia y que pertenecía a la orden de la Visitación, fundada por San Francisco de Sales. En la historia de su vida, escrita por obediencia al beato Claudio La Colombiére, su padre espiritual durante un cierto tiempo, encontramos muchísimos elementos para una reflexión sobre la espiritualidad de la pintura.

Antes que nada, la santa relata un episodio sencillo en el que un retrato de san Francisco de Sales hace que el mismo santo se le haga presente: “Una vez, contemplando un cuadro del santísimo Francisco de Sales, me pareció que me dirigía una mirada paternalmente amorosa, llamándome hija y así comencé a considerarlo mi padre” (nº27).

Además, refiere una analogía notable entre el alma y el lienzo del pintor: “Cuando le pedí a la maestra de novicias que me enseñase la oración […] me dijo por primera vez: ‘Ve y ponte frente al Señor como un lienzo que espera al pintor’. Me hubiera gustado que me explicase que es lo que quería decir, porque no entendía, pero no me atrevía a decírselo, y entonces me fue dicho: ‘Ven, te lo enseñaré yo’. Y apenas comencé a orar, mi soberano Maestro me mostró que mi alma era un lienzo que esperaba, sobre el que Él quería pintar todos los trazos de su vida dolorosa, empleada en su totalidad en el amor y en la privación, en la separación, en el silencio y en el sacrificio, en su consumación. Quería pintar todo esto, después de haberla limpiado de todas las manchas que me quedaban, sea la atracción por las cosas terrenas, sea el amor por mí misma y por los hombres a los que mi alma tendía, todavía, demasiado”. (nº36)

El Señor le enseña, entonces, mostrándole cuadros: por ejemplo le hace ver el cuadro de sus miserias (nº62); o bien le pide que elija entre el “cuadro de la vida más feliz que se pueda imaginar para un alma religiosa, toda inmersa en la paz, en la consolación interior y exterior, de una perfecta santidad, unida a la aprobación y a la estima de los hombres y a otras cosas agradables a la naturaleza” y otro cuadro de una vida completamente pobre y abyecta, siempre crucificada por todo tipo de humillaciones, desprecio y conflictos, siempre sufriente en el cuerpo y en el espíritu” (nº66) y finalmente “presentándome el cuadro de la crucifixión, dice: ‘Esto es lo que he elegido para ti y lo que más me gusta a mí, sea para el cumplimiento de mis designios, sea para convertirte conforme a mí. La otra es una vida de placer y no de mérito; esta es la vida eterna’. Acepté entonces este cuadro de muerte y de crucifixión, besando la mano de quien me lo presentaba. Si bien mi naturaleza temblaba, lo abracé con todo el afecto del que mi corazón era capaz, estrechándolo contra el pecho, y lo sentí fuertemente impreso en mí, tanto que me parecía ser una combinación de todo lo que había visto representado”. (nº66)

La santa es depositaria de una extraordinaria experiencia relacionada con el Corazón de Jesús, fundada en el texto de Juan sobre el costado traspasado. Jesús le muestra el corazón inflamado (53), como un sol fulgurante, como un horno ardiendo (55) y la santa para hacer florecer la devoción al Sagrado Corazón ofrece la primera imagen de devoción al Sagrado Corazón: “No encontraba todavía ningún medio para hacer florecer la devoción al Sagrado Corazón, que para mí era como el aire que respiraba; y esta es la primera ocasión que su bondad me dio. (Santa Margarita) caía enferma los viernes y yo pedía a las novicias, de las que me ocupaba en aquel periodo, que todos los pequeños regalos que tenían en mente para regalarme con ocasión de mi fiesta, los hicieran al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Así hicieron de buena gana, preparando un pequeño altar, sobre el que pusieron una pequeña imagen de papel dibujado con tinta en el que tributamos todos los dones que el Corazón divino nos sugirió” (nº94)

Finalmente, el gran santo del siglo XX, el padre Pío, dijo: “Para la ciencia se parte de la tierra, para la fe es necesario partir desde el cielo, y para el arte es necesario volar entre la tierra y el cielo” (mes mariano 1976). Con lenguaje sencillo y a la vez muy profundo, el Padre Pío afirma exactamente que el arte es un medi
o entre la  ratio y Fides, es decir como un vuelo entre el cielo y la tierra. Este vuelo puede impulsar hacia el paraíso, y sólo por esto, existe.

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Rodolfo Papa es historiador de arte, profesor de historia de las teorías estéticas en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma; presidente de la Accademia Urbana delle Arti. Pintor, miembro ordinario de laPontificia Insigne Accademia di Belle Arti e Lettere dei Virtuosi al Pantheon. Autor de ciclos pictóricos de arte sacro en diversas basílicas y catedrales. Se interesa en cuestiones iconológicas relativas al arte del Renacimiento y el Barroco, sobre el que ha escrito monografías y ensayos; especialista en Leonardo y Caravaggio, colabora con numerosas revistas; tiene desde el año 2000 un espacio semanal de historia del arte cristiano en Radio Vaticano.