(ZENIT Noticias / Roma-Lourdes, 25.03.2026).- Mientras los obispos franceses se reunían en Lourdes para su asamblea plenaria de primavera del 24 al 26 de marzo, dos de las tensiones más delicadas del catolicismo contemporáneo se abordaron directamente: el trauma persistente de los abusos clericales y las crecientes tensiones en torno a la liturgia tradicional en latín. En medio de este ambiente tenso, llegó un mensaje del Papa León XIV, transmitido por el Cardenal Pietro Parolin, que no buscaba minimizar estas crisis ni resolverlas con respuestas estereotipadas, sino replantearlas dentro de una visión eclesial más amplia de unidad, responsabilidad y esperanza.
La intervención del Papa revela una doble preocupación: sanar las heridas sin borrar la verdad y preservar la unidad sin suprimir la legítima diversidad. Esto se evidencia especialmente en su enfoque del Vetus Ordo, la forma preconciliar del rito romano, a menudo asociada con la Misa Tridentina. Si bien reconoce la «dolorosa herida» que sigue dividiendo a los católicos en cuanto a la práctica litúrgica, León XIV aboga por «soluciones concretas» capaces de integrar a quienes permanecen sinceramente apegados a esta forma de culto. Su lenguaje evita tanto la polémica como la nostalgia, proponiendo en cambio lo que describe como una mirada eclesial renovada, que reconoce la diversidad no como una amenaza, sino como una fuente potencial de enriquecimiento dentro de la unidad de la fe.
Esta perspectiva fue reiterada en la inauguración de la asamblea por el Cardenal Jean-Marc Aveline, quien subrayó la necesidad de situar los debates actuales dentro de la continuidad de la tradición de la Iglesia, incluyendo el legado del Concilio Vaticano II. Se espera que los debates de los obispos sobre «Liturgia y Tradición» aborden una realidad tangible: el crecimiento constante de comunidades apegadas al rito antiguo, junto con las tensiones que dicho crecimiento ha generado en la vida diocesana.
Si la cuestión litúrgica atañe a la identidad y la pertenencia, el tema de los abusos afecta la credibilidad moral de la propia Iglesia. En este punto, León XIV adopta un tono a la vez sobrio y con visión de futuro. Tras años marcados por lo que él denomina «dolorosas crisis», insta al episcopado francés a perseverar en los esfuerzos de prevención y a continuar por el camino de la rendición de cuentas y la reparación. Al mismo tiempo, insiste en una dimensión a menudo difícil de articular en el discurso público: la misericordia debe extenderse a todos, incluidos los sacerdotes declarados culpables de abuso, quienes no deben quedar excluidos de la pastoral de la Iglesia.
Este delicado equilibrio —justicia para las víctimas, misericordia para los perpetradores— refleja un marco que se resiste a la simplificación. También se relaciona con decisiones prácticas que enfrentan los obispos, en particular el futuro de la Autoridad Nacional Independiente para el Reconocimiento y la Reparación (INIRR), establecida tras el histórico informe Ciase sobre abusos. Con su mandato a punto de expirar en agosto de 2026, la asamblea debe decidir si extender su labor o reemplazarla con una estructura más permanente, asegurando que el proceso de reconocimiento y compensación no pierda impulso.
Más allá de estos desafíos internos, el mensaje del Papa amplía el horizonte para incluir la educación, otra prioridad en la agenda de los obispos. En un contexto donde las instituciones católicas enfrentan cada vez más resistencia cultural y política, León XIV alienta a una clara reafirmación de su identidad cristiana. Inspirándose en el legado del Papa Francisco, subraya que la educación no es meramente un servicio social, sino una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia, que perdería su sentido si se desvinculara de su referencia a Cristo.
La asamblea de Lourdes también se desarrolla en un contexto de inestabilidad global. La escalada de violencia en Oriente Medio, descrita por el cardenal Aveline como una «guerra sin piedad», planea sobre las deliberaciones, recordando a los participantes que los debates eclesiales no se producen en el vacío. Asimismo, la memoria de los mártires de Tibhirine —monjes trapenses asesinados durante la guerra civil argelina— sirve como un crudo testimonio del precio de la fe vivida en condiciones extremas. Su legado adquiere renovada relevancia ante la anunciada visita del Papa a Argelia a mediados de abril.
En conjunto, el mensaje del Papa traza un camino exigente para la Iglesia en Francia: afrontar sus heridas sin dejarse definir por ellas, conciliar justicia y misericordia, y gestionar la diversidad interna sin fracturar la comunión.
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