(ZENIT Noticias – Caffe Storia / Roma, 21.05.2026).- En las horas en que Trump se pelea con el sentido común antes incluso que con el papa León XIV, y el ejército israelí arrasa otro pueblo cristiano en el Líbano —Yaroun— en busca de presuntos terroristas de Hezbolá, en varios perfiles X oficiales de Jamenei se publican referencias a Jesús y a la paz.
Esto forma también parte de la gran paradoja de la tercera guerra del Golfo: Estados Unidos dispone de una ventaja tecnológica y militar sin rival en la historia moderna, y sin embargo cede terreno en la iniciativa simbólica, narrativa y comunicativa frente a una República Islámica económicamente estrangulada y políticamente aislada.
Estamos inmersos en un conflicto de altísima pervasividad, combatido en frentes simultáneos —programa nuclear, milicias proxy, chantaje económico, diplomacia regional— que en los últimos meses ha adquirido una dimensión nueva: la digital.
«La primera «TikTok War» y el primer conflicto de relevancia internacional en el que es posible observar una implicación innovadora de la inteligencia artificial, en particular en su forma generativa», explica Rassa Ghaffari, investigadora en sociología, estudios migratorios y estudios de género en la Universidad de Génova. «La IA generativa, de hecho, ha inaugurado nuevas formas de guerra de la información que apuntan a las percepciones, a los entornos informativos y a la confianza».
Nuevas piezas de la defensa en mosaico
Para entender lo que ocurre en las redes sociales hay que entender primero lo que ya ha ocurrido sobre el terreno. La mosaic warfare es la doctrina militar que Irán ha desarrollado durante décadas para responder a la asimetría de poder con Estados Unidos e Israel: no una reacción centralizada y vulnerable, sino un sistema de sistemas, una red de nodos parcialmente autónomos que comparten una lógica de conjunto sin depender de un centro. Si el mando es decapitado, la red se adapta. Lo tenemos ante los ojos desde el 28 de febrero de 2026.
El resultado ya está escrito: Estados Unidos ha asesinado a Soleimani y a Jamenei, pero el sistema sigue funcionando. Israel ha bombardeado el Líbano durante décadas sin eliminar a Hezbolá. Irán gasta una fracción de lo que gastan sus adversarios, a cambio de mejores resultados estratégicos. Esta es la victoria del mosaico: no derrotar al enemigo, sino hacerlo incapaz de ganar.
¿Qué ocurre cuando esta lógica se aplica a la comunicación digital? «Desde hace varias semanas, una pluralidad de actores —entre ellos los medios estatales iraníes y grupos de creadores de contenido aparentemente más independientes— produce a velocidad frenética contenidos digitales centrados en el enfrentamiento militar, económico —y sobre todo moral— con Trump y Netanyahu, en lo que se ha convertido a todos los efectos en una flame war digital», prosigue Ghaffari.
Echen un vistazo a los canales sociales de las embajadas iraníes en el mundo y notarán algo inusual: las respuestas a las declaraciones de Trump no llegan solo desde Teherán, sino desde Bangkok, Harare, Lagos, Accra. Idiomas distintos, tonos distintos, referencias culturales locales. Y así, en el intercambio de golpes entre la embajada iraní en Sudáfrica y la de Zimbabue, la clave para reabrir el estrecho de Ormuz acaba escondida bajo el jarrón de flores, mientras el helado se convierte en vehículo diplomático con Italia. Entre la hilaridad global.
«Los productos más interesantes se articulan principalmente en tres filones: los tuits de las embajadas iraníes dispersas por el mundo —sobre todo en el Sur Global—, breves vídeos generados por inteligencia artificial, los ya célebres clips con personajes Lego y, desde hace muy pocos días, también dibujos animados de los Minions». Productos que emplean «frases contundentes, mordaces y humorísticas, estudiadas para volverse rápidamente virales: breves, rítmicas y a menudo acompañadas de bandas sonoras y gráficos atractivos».
Se mantiene el eje central de la defensa en mosaico. «Una cultura estratégica compartida que permite y fomenta la iniciativa local, sin necesidad de una coordinación centralizada en tiempo real», explica Ghaffari. Un caso emblemático es Explosive Media, pequeño colectivo de creadores iraníes que produce contenidos políticos en formato memético usando IA y códigos estéticos globales. Formalmente independiente, «opera en sintonía con las narrativas del sistema mediático iraní y se beneficia de él en términos de amplificación». Nada menos que una anomalía: un modelo.
La República Islámica externaliza parte de su comunicación a microactores flexibles, capaces de moverse con rapidez en los lenguajes de las plataformas. «Más que un simple instrumento de propaganda —observa Ghaffari—, el colectivo representa un modelo organizativo emergente de la guerra informativa: descentralizado, generacional y perfectamente adaptado al ecosistema digital». La nueva generación de creadores activos dentro de Irán lo ha entendido antes que otros. «Un enfoque más descarado e innovador, carente de los complejos de inferioridad que caracterizaban a la vieja guardia».
Una nueva manera de hacer guardia a la Revolución. La ventaja, subraya Ghaffari, «no es solo tecnológica, sino también y sobre todo cultural»: estas tecnologías «han permitido a Irán manipular la cultura de maneras hasta ahora inéditas, haciendo al país capaz de producir en serie productos atractivos para un público difícil de atraer». Es decir, específicamente occidental, apuntando a las fracturas internas de la política y la sociedad, desde el escándalo Epstein hasta las hipótesis sobre la salud mental de Trump, pasando por su relación con su esposa Melania.
El caso Italia y la guerra fría del helado
En este contexto, el caso italiano merece atención. En las semanas en que la relación entre Meloni y Trump mostraba las primeras grietas públicas —la distancia sobre Ucrania, el compromiso con la OTAN, las contradicciones sobre los aranceles—, en las redes de diversas embajadas iraníes aparecieron publicaciones de acercamiento dirigidas a Italia. «Reducir el fenómeno a una estrategia planificada en detalle corre el riesgo de sobreestimar el nivel de coordinación, mientras que leerlo como puro oportunismo subestima su coherencia». Es, en cambio, para Ghaffari, «el producto de un sistema comunicativo distribuido, en el que actores periféricos actúan dentro de un marco de referencia compartido, aprovechando ventanas de oportunidad sin necesidad de directrices puntuales».
Italia no es un interlocutor cualquiera para Irán: una historia comercial y energética que se remonta a décadas antes de las sanciones, una postura mediterránea, una tradición diplomática que sabe moverse en espacios de ambigüedad constructiva. Cada vez que se abre un espacio entre Roma y Washington, Teherán no puede dejar de notarlo.
Jesús y el papa americano
El momento más agudo —y más revelador— de esta guerra comunicativa llegó en un contexto aparentemente alejado de la diplomacia: las declaraciones de Trump contra León XIV. El primer papa estadounidense de la historia ha mostrado desde sus primeros días un perfil que encaja mal con la agenda MAGA. Y Trump no ha ocultado su irritación. En las horas del enfrentamiento diplomático, los perfiles X vinculados a la (ex) oficina de Jamenei difunden publicaciones con referencias a Jesús, a la paz y a la solidaridad entre creyentes.
¿Es instrumentalización? Sí, en buena medida. Al mismo tiempo, Jesús es una figura coránica de primer orden: la apelación a Cristo no resulta, para un líder iraní, culturalmente incongruente. Pero es sobre todo una ocurrencia capaz de hacer percibir al «gran enemigo del Occidente cristiano» como más cristiano que el presidente elegido por los cristianos.
Hay que decirlo con claridad: la distancia entre la retórica iraní sobre Jesús y la vida cotidiana de un cristiano iraní, especialmente si convertido, es sideral. En un momento histórico en que el lenguaje religioso se moviliza como arma desde Washington hasta Teherán, la pregunta más urgente no es quién instrumentaliza, sino si existen todavía espacios en los que la fe no quede reducida a marketing.
El lado oscuro de la risa
«La guerra híbrida digital iraní no es ni pura improvisación ni dirección monolítica: es un sistema adaptativo, generacionalmente renovado, que ha comprendido antes que muchos otros que el campo de batalla es ya narrativo antes incluso que militar». Hay, sin embargo, un lado oscuro que Ghaffari no deja de señalar. «Cuando la guerra entra en el flujo de contenidos, tiende a perder su carácter de excepcionalidad y se transforma en una presencia constante, a menudo anestesiada y normalizada».
Equiparando sátira y masacres. «La repetición produce un efecto de familiaridad que atenúa la percepción, transformando el acontecimiento en una secuencia y la secuencia en un hábito. Memes irónicos y vídeos de bombardeos montados con música y efectos visuales acaban en el mismo flujo y son consumidos del mismo modo». Junto con la conciencia de todos nosotros.
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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