el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice Foto: Vatican Media

Papa León XIV habla sobre un mundo fragmentado en busca de espiritualidad: libertad y pluralismo en la Doctrina Social de la Iglesia

Discurso del Santo Pade a miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 30.05.2026).- En la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, en ocasión de su Asamblea General y Conferencia Internacional correspondientes al año 2026. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano realizada por ZENIT del discurso del Papa:

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Me alegra esta mañana dar la bienvenida a ustedes, Presidente y miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, así como a quienes han participado en la Asamblea General y Conferencia Internacional 2026. Su presencia aquí se debe a su compromiso constante en el estudio y la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia en la sociedad actual.

No es ningún secreto que este es un tema que me es muy querido, por no decir que es una parte esencial de la misión de la Iglesia en este mundo. Su encuentro anual ha coincidido con la reciente publicación de Magnifica humanitas, y considero que esta encíclica puede ofrecer orientaciones para desarrollar y valorar los muchos temas que han examinado durante la Conferencia y la preparación que la precedió.

A este respecto, el tema elegido para este año —«Un mundo fragmentado en busca de espiritualidad: libertad y pluralismo en la Doctrina Social de la Iglesia»— ofrece muchos puntos de reflexión. Ante todo, reconoce la desafortunada situación en que se encuentra actualmente la humanidad, mientras vivimos una era caracterizada por guerras y una creciente polarización, así como por divisiones culturales y sociales. Sin embargo, en medio de la fragilidad nace una nueva esperanza. Aunque las divisiones parecen crecer, emerge un denominador común que indiscutiblemente nos une a todos: nuestra humanidad común. De hecho, es precisamente cuando se enfrenta a circunstancias adversas cuando la persona humana es llamada a reexaminar las preguntas fundamentales que han impulsado con delicadeza el corazón de innumerables generaciones hacia una reflexión más seria: «¿adónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?» (Magnifica humanitas, n. 6).

Tales preguntas son una clara manifestación de la búsqueda de verdad de la humanidad y hacen nacer un deseo de algo más, una sed de Dios y un sentido duradero. Testimonian también los aspectos esenciales de nuestra humanidad: los dones dados por Dios de la razón y la libertad, a través de los cuales podemos llegar a conocer la verdad y a seguir lo que es bueno. Aunque la libertad se entiende con frecuencia como la capacidad de hacer lo que uno quiere, es esencial recuperar un sentido auténtico de la libertad que nos permita descubrir su dimensión relacional, pues es precisamente aquí donde podemos hablar de la realización de la persona tanto como individuo como en sociedad. San Juan Pablo II nos recordó que esta realización se encuentra cuando la libertad se vive en el «don de sí y la acogida del otro» (Evangelium vitae, n. 19), es decir, cuando la libertad se usa para amar. Por el contrario, «cuando en cambio se absolutiza en clave individualista, la libertad se vacía de su contenido original y se contradice en su misma vocación y dignidad» (Ibídem).

Lo que descubrimos aquí son las dos «ciudades» descritas por san Agustín, que siguen caracterizando no solo el corazón humano, sino también las civilizaciones que nosotros creamos. La Ciudad del Hombre, construida sobre el orgullo y el amor propio, está caracterizada por el individualismo egoísta. La Ciudad de Dios, edificada sobre el amor a Dios hasta el altruismo y el cultivo de las relaciones, es lo que hace verdaderamente posible construir una civilización del amor. Desde esta perspectiva podemos descubrir que lo que se oculta tras la crisis de las democracias contemporáneas y el debilitamiento del multilateralismo es, de hecho, una crisis antropológica que deriva de haber olvidado en gran medida al Creador. Sin embargo, lejos de dejarnos abatir por el desaliento, somos llamados a hacer nuestra parte, recordando que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen dique a la deshumanización» (Magnifica humanitas, 213).

Otro aspecto de la promoción y el trabajo por una verdadera civilización del amor es el diálogo. Un diálogo fundado en la verdad que reconoce y aprecia la humanidad común de cada persona. De hecho, tener presente la innata dignidad de cada individuo permite superar el egoísmo y los intereses particulares en favor del bien común. Esta misma dignidad proporciona también el contexto en el que podemos hablar de un sano pluralismo que reconoce la riqueza de contribuciones que provienen de personas de orígenes diversos y que conduce a la pacífica convivencia.

Con estas breves reflexiones, les agradezco su presencia aquí hoy y sus esfuerzos por promover ulteriormente la Doctrina Social de la Iglesia. Asegurándoles mis oraciones constantes, imparto de corazón mi bendición, que extiendo con gusto a sus familias y a todos sus seres queridos. Gracias.

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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Redacción Zenit

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