El trabajo del siglo XXI: ¿Se necesita el sindicato?

31 mar 2001 (ZENIT.org).- Con la ya lejana muerte de la antigua economía basada en la manufactura, en los países occidentales, los números de los sindicatos están declinando en los últimos años. Aparte de los asalariados del sector público, muchas áreas prácticamente carecen ahora de sindicatos.

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El año pasado, en Estados Unidos, el índice de la población laboral miembro de un sindicato decayó en un 13,5%, el nivel más bajo desde que el gobierno empezó a recoger información de este tipo, en 1983. Según el «Wall Street Journal» (19 de enero), la cuota de trabajadores del sector privado en las uniones sindicales cayó a un nivel récord del 9% el año pasado, desde el 9,5% del año precedente, mientras que la cuota de trabajadores de la función pública ascendió al 37,5% desde el 37,3%. El número total de miembros de los sindicatos cayó a 16,3 millones de 16,5 millones en 1999.
El declive llegó cuando las organizaciones laborales emplearon cantidades de recursos humanos y financieros sin precedentes en las elecciones del año pasado, sólo para ver a los republicanos ganar el control de la Casa Blanca y ambas cámaras parlamentarias.

En Europa, según un informe del «Financial Times» (9 de marzo), algunos se preguntan si los sindicatos están en vías de extinción. Este temor viene nada menos que de la Confederación Sindical Europea, que recientemente publicó un informe de 713 páginas sobre el tema. La conclusión del estudio es que las uniones sindicales, en la mayor parte de los países europeos, están fracasando en su propia modernización y reestructuración en la medida suficiente como para sobrevivir a la creciente competitividad económica, al cambio tecnológico, al aumento del empleo flexible y a la escalada del sector privado en el área de los servicios.

En Alemania, solo hay representación sindical en el 6% de los puestos de trabajo, y un tercio de los miembros de las organizaciones sindicales son jubilados o parados. En Francia, dice el estudio, los sindicatos están «en medio de la crisis más profunda que han tenido», que es «moral» y «afecta a los verdaderos fundamentos de su legitimidad». El estudio pronostica que, en España, los sindicatos «se sumergirán cada vez más en la sociedad civil» al lado de los «ecologistas, feministas, pacifistas y antirracistas».

Solamente en los países nórdicos la situación es menos desesperada. Muchos trabajadores de la región están sindicados y las organizaciones sindicales participan en el desarrollo de modelos de mercado social.

Un intento de los sindicatos en Alemania para adaptarse a las circunstancias cambiantes es la reciente fusión de cinco sindicatos del sector servicios. Según el «Financial Times» (20 de marzo), la creación del Ver.di, el sindicato de servicios unidos, reúne a cerca de tres millones de miembros de mil profesiones diferentes, incluyendo músicos, basureros, periodistas, banqueros y azafatas.

Pero los analistas más independientes coinciden en que la fusión no nació como una táctica de ventaja. El profesor Berndt Keller, un experto en sindicalismo de la Universidad de Konstanz, señala al rápido deterioro de las finanzas de la mayoría de los sindicatos como la principal razón de la fusión. «Todos los sindicatos Ver.di, con la posible excepción del DAG -el sindicato de oficinistas-, tienen dificultades financieras debido a su pérdida de miembros», dijo.
Algunos ven el declive de los sindicatos como positivo. Por supuesto esto a veces está conectado con opiniones políticas, ya que en muchos países los sindicatos están aliados con partidos políticos. En Gran Bretaña y Australia, con el Partido Laborista, en Estados Unidos con los demócratas, y en Europa con los partidos de centro-izquierda.

Otros se oponen a los sindicatos en el campo económico, alegando que obstruyen la capacidad de los negocios de adaptarse a las circunstancias cambiantes y que en la mayor flexibilidad de la economía actual, imposible con los sindicatos, se necesita.

Aún falta protección

Sin embargo, el declive de los sindicatos no significa que hayamos entrado en una nueva edad de oro para los empleados. Incluso en la llamada «Nueva Economía» existen todavía problemas. Por ejemplo, aunque los centros de atención telefónica -«call centers»- han creado 400.000 puestos de trabajo en Gran Bretaña, las condiciones de trabajo en ellos son, en muchos casos, muy difíciles, como informaba «The Independent» el pasado 25 de febrero. El diario contaba la experiencia de «Tom», que pasó directamente de la escuela a un «call center» local. Aunque estaba satisfecho de encontrar trabajo, Tom observaba: «estoy trabajando doce horas seguidas, cinco días a la semana, respondiendo llamada tras llamada. Es apoyo de ventas, y debo tratar gran cantidad de quejas de clientes.»

«The Independent» informaba de casos en los que a algunos empleados de «call centers» se les obliga a ir al trabajo para informar de su enfermedad, en lugar de poder hacerlo por teléfono. Mientras que en otros centros los trabajadores deben alzar la mano para ir al baño y se les controla el tiempo que permanecen allí.

Otra fuente de problemas es la tendencia a una mayor utilización del trabajo temporal y a tiempo parcial en los últimos años. En muchos casos, a los empleados ocasionales no se les pagan las vacaciones o los días de enfermedad, y es más difícil conseguir un préstamo hipotecario del banco.

Algunos principios importantes

¿Cómo deberían ser tratados los trabajadores? En su encíclica «Laborem Exercens», Juan Pablo II empieza por poner el trabajo en un contexto sobrenatural. El trabajo no es algo incidental sino «una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra» (par. 4). Además, mediante nuestro trabajo reflejamos nuestra condición de imagen de Dios, respondiendo al mandato dado en el libro del Génesis de dominar la tierra, afirma el Papa.

Juan Pablo II habla de un «Evangelio del trabajo» que es opuesto a una concepción materialista, donde los trabajadores son considerados simplemente como una especie de instrumento de producción. Los trabajadores deberían ser considerados como el sujeto del trabajo y como «su verdadero creador y hacedor» (par. 7).

En consecuencia, el trabajo debería tener prioridad sobre los recursos naturales y los procesos de producción económica. Esto es así incluso cuando el trabajo que se realiza es poco cualificado. Juan Pablo II explica que hasta la más perfecta colección de instrumentos está subordinada al trabajo humano (par. 12). Insiste en «el principio de la primacía de la persona sobre las cosas» (par 13).

La prioridad del factor humano es más evidente en la moderna economía, indicaba el Papa en su posterior encíclica «Centesimus annus». Aunque en un tiempo la tierra era la principal fuente de riqueza, ahora «el papel de trabajo humano se hace cada vez más importante como factor productivo tanto de riqueza inmaterial como material» (par 31).

En consecuencia, mientras que la doctrina social de la Iglesia reconoce el papel positivo de las consideraciones económicas a la hora de decidir cómo llevar a cabo un negocio, el beneficio no es el único factor a tener en cuenta. «Es posible que las cuentas financieras estén en orden y al mismo
tiempo las personas -que constituyen el activo más valioso de la empresa- estén humilladas y su dignidad ofendida» (par. 35).

¿Dónde situar entonces a los sindicatos? Podría ser que el papel tradicional de los sindicatos, como guardianes de los derechos de los trabajadores, desapareciera, o que se vieran forzados a un cambio radical de sus actuales estructuras y métodos. Podrían también tener que revisar sus alianzas con un determinado partido, quizás algo redundante en un tiempo en el que las políticas económicas de las diferentes agrupaciones son cada vez más similares, y cuando las divisiones socieconómicas de los partidos no están tan claras como en las décadas pasadas.

«El hombre es la fuente, el centro y el fin de toda la vida económica y social», afirmaba el documento del Vaticano II «Gaudium et Spes», par. 63.
Cómo salvaguardar este principio es una cuestión a
bierta al debate, y así como las circunstancias difieren de un lugar a otro, también serán distintas las soluciones de cómo deberían ser tratados los trabajadores, pero el principio permanece invariable.

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ZENIT Staff

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