Debate en el Vaticano: Una ética para la globalización

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Asamblea de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales

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CIUDAD DEL VATICANO, 26 abril 2001 (ZENIT.org).- La palabra globalización es hoy día una realidad que suscita acalorados. Para ofrecer pautas éticas para este «signo de los tiempos» la Academia Pontificia de Ciencias Sociales ha reunido desde ayer a 33 académicos en sesión plenaria.

¿Existe una aproximación al tema que haga de la globalización un instrumento al servicio de la persona humana, de toda ella, no sólo de aquél que los filósofos definen como «homo oeconomicus»? Los académicos, nombrados por Juan Pablo II, a partir de 1994, año de fundación de la Academia Pontificia, consideran evidentemente que sí. De hecho, el debate,
celebrado en la sugerente sede de la entidad, la Casina «Pio IV», en medio del verdor de los jardines vaticanos, ha tomado enseguida una dirección bien definida.

Hay que superar la dicotomía estéril entre quienes piensan en la globalización como «la nueva frontera de la expansión económica» y quienes, por el contrario, la temen «como primera causa de efectos perversos» (marginación y empobrecimiento, a priori). En otras palabras, como han subrayado tanto el canadiense Louis Sabourin, experto en Administración Pública, como el economista suizo Paul Dembiski, «la globalización hay que estudiarla, conocerla y gobernarla». «El análisis debe incluir», además de los aspectos más descontados de tipo económico, también «las dimensiones política, ética y antropológica».

Hay trabajo, en resumen, para los estudiosos de la doctrina social de la Iglesia. El jesuita Johannes Schasching, de la «Katholiche Sozialakademie» de Viena, resume: «El fenómeno que llamamos globalización es un formidable desafío que permitirá actualizar nuestra doctrina social». Para el estudioso austríaco, existen una serie de principios rectores.

En primer lugar, la globalización debe ser un instrumento para acrecentar el bienestar de la humanidad de acuerdo con los principios éticos.

En segundo, el libre mercado no garantiza automáticamente el bien común sino que necesita una regulación y unas leyes.

En tercer lugar, esta regulación no puede ser limitada sólo al ámbito nacional sino que tiene necesidad de acuerdos e instituciones internacionales.

A continuación, es importante que el control del mercado global esté garantizado no sólo por autoridades nacionales e internacionales sino también por parte de las fuerzas de la sociedad civil.

En quinto lugar, hay que prestar especial atención a los países en vías de desarrollo. En la práctica, las ventajas de la globalización no se pueden limitar a unas cuantas regiones del mundo privilegiadas –Estados Unidos, Unión Europea y Japón–, sino que deben ampliarse y llegar a aquellos estados que no están todavía preparados para entrar en un ámbito de competencia global.

En sexto y último lugar, la doctrina social de la Iglesia subraya que la suma de las medidas económicas y sociales debe basarse en un conjunto de valores éticos irrenunciables, el primero entre todos es el de la defensa de la dignidad humana.

En este sentido, concluye el padre Schasching, el desafío que la globalización plantea a la Iglesia tiene también una notable componente ecuménica. «Tenemos que convencernos cada vez más –subraya el intelectual vienés– que todos estos problemas encontrarán una respuesta sólo a través de una mayor tensión hacia la unidad por parte de las Iglesias cristianas».

Y así mismo será importante el diálogo interreligioso, así como «la aportación de todos los hombres de buena voluntad».
CIUDAD DEL VATICANO, 26 abril 2001 (ZENIT.org).- La palabra globalización es hoy día una realidad que suscita acalorados. Para ofrecer pautas éticas para este «signo de los tiempos» la Academia Pontificia de Ciencias Sociales ha reunido desde ayer a 33 académicos en sesión plenaria.

¿Existe una aproximación al tema que haga de la globalización un instrumento al servicio de la persona humana, de toda ella, no sólo de aquél que los filósofos definen como «homo oeconomicus»? Los académicos, nombrados por Juan Pablo II, a partir de 1994, año de fundación de la Academia Pontificia, consideran evidentemente que sí. De hecho, el debate,
celebrado en la sugerente sede de la entidad, la Casina «Pio IV», en medio del verdor de los jardines vaticanos, ha tomado enseguida una dirección bien definida.

Hay que superar la dicotomía estéril entre quienes piensan en la globalización como «la nueva frontera de la expansión económica» y quienes, por el contrario, la temen «como primera causa de efectos perversos» (marginación y empobrecimiento, a priori). En otras palabras, como han subrayado tanto el canadiense Louis Sabourin, experto en Administración Pública, como el economista suizo Paul Dembiski, «la globalización hay que estudiarla, conocerla y gobernarla». «El análisis debe incluir», además de los aspectos más descontados de tipo económico, también «las dimensiones política, ética y antropológica».

Hay trabajo, en resumen, para los estudiosos de la doctrina social de la Iglesia. El jesuita Johannes Schasching, de la «Katholiche Sozialakademie» de Viena, resume: «El fenómeno que llamamos globalización es un formidable desafío que permitirá actualizar nuestra doctrina social». Para el estudioso austríaco, existen una serie de principios rectores.

En primer lugar, la globalización debe ser un instrumento para acrecentar el bienestar de la humanidad de acuerdo con los principios éticos.

En segundo, el libre mercado no garantiza automáticamente el bien común sino que necesita una regulación y unas leyes.

En tercer lugar, esta regulación no puede ser limitada sólo al ámbito nacional sino que tiene necesidad de acuerdos e instituciones internacionales.

A continuación, es importante que el control del mercado global esté garantizado no sólo por autoridades nacionales e internacionales sino también por parte de las fuerzas de la sociedad civil.

En quinto lugar, hay que prestar especial atención a los países en vías de desarrollo. En la práctica, las ventajas de la globalización no se pueden limitar a unas cuantas regiones del mundo privilegiadas –Estados Unidos, Unión Europea y Japón–, sino que deben ampliarse y llegar a aquellos estados que no están todavía preparados para entrar en un ámbito de competencia global.

En sexto y último lugar, la doctrina social de la Iglesia subraya que la suma de las medidas económicas y sociales debe basarse en un conjunto de valores éticos irrenunciables, el primero entre todos es el de la defensa de la dignidad humana.

En este sentido, concluye el padre Schasching, el desafío que la globalización plantea a la Iglesia tiene también una notable componente ecuménica. «Tenemos que convencernos cada vez más –subraya el intelectual vienés– que todos estos problemas encontrarán una respuesta sólo a través de una mayor tensión hacia la unidad por parte de las Iglesias cristianas».

Y así mismo será importante el diálogo interreligioso, así como «la aportación de todos los hombres de buena voluntad».
CIUDAD DEL VATICANO, 26 abril 2001 (ZENIT.org).- La palabra globalización es hoy día una realidad que suscita acalorados. Para ofrecer pautas éticas para este «signo de los tiempos» la Academia Pontificia de Ciencias Sociales ha reunido desde ayer a 33 académicos en sesión plenaria.

¿Existe una aproximación al tema que haga de la globalización un instrumento al servicio de la persona humana, de toda ella, no sólo de aquél que los filósofos definen como «homo oeconomicus»? Los académicos, nombrados por Juan Pablo II, a partir de 1994, año de fundación de la Academia Pontificia, consideran evidentemente que sí. De hecho, el debate,
celebrado en
la sugerente sede de la entidad, la Casina «Pio IV», en medio del verdor de los jardines vaticanos, ha tomado enseguida una dirección bien definida.

Hay que superar la dicotomía estéril entre quienes piensan en la globalización como «la nueva frontera de la expansión económica» y quienes, por el contrario, la temen «como primera causa de efectos perversos» (marginación y empobrecimiento, a priori). En otras palabras, como han subrayado tanto el canadiense Louis Sabourin, experto en Administración Pública, como el economista suizo Paul Dembiski, «la globalización hay que estudiarla, conocerla y gobernarla». «El análisis debe incluir», además de los aspectos más descontados de tipo económico, también «las dimensiones política, ética y antropológica».

Hay trabajo, en resumen, para los estudiosos de la doctrina social de la Iglesia. El jesuita Johannes Schasching, de la «Katholiche Sozialakademie» de Viena, resume: «El fenómeno que llamamos globalización es un formidable desafío que permitirá actualizar nuestra doctrina social». Para el estudioso austríaco, existen una serie de principios rectores.

En primer lugar, la globalización debe ser un instrumento para acrecentar el bienestar de la humanidad de acuerdo con los principios éticos.

En segundo, el libre mercado no garantiza automáticamente el bien común sino que necesita una regulación y unas leyes.

En tercer lugar, esta regulación no puede ser limitada sólo al ámbito nacional sino que tiene necesidad de acuerdos e instituciones internacionales.

A continuación, es importante que el control del mercado global esté garantizado no sólo por autoridades nacionales e internacionales sino también por parte de las fuerzas de la sociedad civil.

En quinto lugar, hay que prestar especial atención a los países en vías de desarrollo. En la práctica, las ventajas de la globalización no se pueden limitar a unas cuantas regiones del mundo privilegiadas –Estados Unidos, Unión Europea y Japón–, sino que deben ampliarse y llegar a aquellos estados que no están todavía preparados para entrar en un ámbito de competencia global.

En sexto y último lugar, la doctrina social de la Iglesia subraya que la suma de las medidas económicas y sociales debe basarse en un conjunto de valores éticos irrenunciables, el primero entre todos es el de la defensa de la dignidad humana.

En este sentido, concluye el padre Schasching, el desafío que la globalización plantea a la Iglesia tiene también una notable componente ecuménica. «Tenemos que convencernos cada vez más –subraya el intelectual vienés– que todos estos problemas encontrarán una respuesta sólo a través de una mayor tensión hacia la unidad por parte de las Iglesias cristianas».

Y así mismo será importante el diálogo interreligioso, así como «la aportación de todos los hombres de buena voluntad».

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ZENIT Staff

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