Denuncian el suicidio de más de 16 miembros de Falun Gong en prisión

Pekín desmiente diciendo que es propaganda

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HONG KONG, 5 julio 2001 (ZENIT.org).- El Centro de Información del Movimiento para los Derechos Humanos y la Democracia en China, con sede en Hong Kong, ha denunciado el supuesto suicidio de más de 16 miembros del movimiento espiritual Falun Gong.

Las nuevas víctimas de la persecución que sufre este grupo estaban detenidas en el campo de trabajos forzados Wanja, cercano a la ciudad de Harbin.

El grupo de defensa de los derechos humanos, que denuncia los suicidios, precisó que 16 mujeres detenidas del campo trataron de colgarse, y se tiene la certeza de que al menos diez lograron su propósito.

El Centro mantiene que se trata de la trágica reacción de los detenidos a las decisión de las autoridades chinas de prolongar el periodo de detención en dos o tres meses.

Añade que las autoridades chinas están tratando de mantener en secreto el hecho de que al menos 30 miembros de Falun Gong han empezado una huelga de hambre tras haber sido maltratados.

Por su parte, un portavoz de Falun Gong negó los suicidios aunque dijo que 15 mujeres miembros de la secta habían sido torturadas hasta morir.

Posteriormente, otro funcionario chino dijo que no había habido ninguna muerte, aunque tres seguidores de Falun Gong, en el campo de prisioneros, habían intentado suicidarse sin éxito.

El movimiento o «secta» (según la denominación popularmente dada a muchos de los nuevos movimientos religiosos) que une una filosofía de vida con técnicas de meditación y relajación, fue fundada en 1992 por un vendedor de cereales, Li Hongzhi, que vive en el exilio en Estados Unidos.

Aficionado a tocar la trompeta en una banda de música de baile, unió algunos principios del taoísmo, budismo y ejercicios del tradicional «qiyong» para crear un cóctel de creencias religiosas y ejercicios físicos que deberían conducir a sus practicantes a la iluminación. El grupo, que se multiplicó con sorprendente rapidez en toda China y en otros países, empezó a ser un serio competidor del partido comunista chino.

Según revela el último número de la revista «Time», cuando el presidente Jiang Zemin supo de su existencia, se alarmó y preguntó por qué no le habían informado antes. La feroz y brutal persecución ordenada desde la cúpula de poder de Pekín ha disminuido trágicamente la adhesión al movimiento que, se decía, contaba con 60 millones de seguidores sólo en China, casi tantos como miembros del Partido.

Aunque los seguidores del movimiento fuera de China dicen que su doctrina no aprueba el suicidio, al menos 200 miembros han muerto mientras estaban detenidos por la policía, desde que fue prohibido el grupo en 1999.

Lan Jingli, un funcionario del Gobierno chino de la provincia de Heilongjiang, donde está situado el campo, dijo que miembros que viven fuera de china han impulsado los suicidios entre los prisioneros. «Estas organizaciones estás usando todos los posibles canales para pasar las llamadas «instrucciones» a los practicantes en el campo de reeducación, con el fin de hacerles creer que ir al cielo tras su muerte es el más alto nivel de su práctica», dijo Lan a la agencia Associated Press.

Medios occidentales, especialmente el «Wall Street Journal», han documentado casos de implicación del Gobierno chino en la tortura y muerte de presos de Falun Gong. El Gobierno describe a Falun Gong como un «culto infernal» que ha convencido a unas 1.700 personas a suicidarse e insiste que cada muerte de adeptos arrestados por la policía se debe a suicido o enfermedad.

Según el líder del movimiento, Li Hongzhi, residente en Nueva York, al menos 15 mujeres han sido torturadas hasta la muerte en el campo de Harbin y la historia del suicidio colectivo ha sido inventada por los chinos en el intento de cubrir las torturas, incluídas las violaciones sexuales.

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ZENIT Staff

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