Iglesia en Cuba, fe cristiana y sociedad

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Análisis del cardenal Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana

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LA HABANA, 7 julio 2001 (ZENIT.org).- Palabras pronunciadas por el Cardenal Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana, durante la ceremonia en la cual le fue otorgado el Doctorado «Honoris Causa» de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México el 6 de junio de 2001.

* * *

Ha concluido un milenio en cuyos últimos siglos el hombre comenzó un verdadero retorno a la era pre-cristiana, al mismo tiempo que parecía convencido de estar avanzando por caminos novedosos en la historia. No debe creerse que el desarrollo científico técnico equivale a crecimiento humano. Desde mediados del siglo pasado hasta los años sesenta del siglo XX, una verdadera embriaguez de ciencia y técnica fue el caldo de cultivo de un pensamiento sobre el hombre que tuvo como denominador común el decir del hombre lo que le conviene únicamente a Dios. Al ser humano se le concedieron atributos que lo absolutizaron. El hombre fue endiosado en utopías, en ideologías, en diversos sistemas de pensamiento. No importa que lo fuera individualmente, como especie, o socialmente. El gran drama de este tiempo fue poner a los hombres y a los pueblos ante el dilema de optar por Dios o por el hombre, sobre todo cuando las ideologías conquistaron el poder político y forzaron esa opción.

Transición
A ese período de la historia que se ha convenido en llamar modernidad le ha sucedido otro, en el cual parece que vivimos hoy, al que se le da el nombre de postmodernidad. En la modernidad Dios sobraba, en esta época presente, en este comienzo de siglo, falta Dios. Este tránsito doloroso y saludable lo hemos vivido y lo estamos viviendo en Cuba donde la opción por Dios o contra Dios fue políticamente reclamada, e inducida desfavorablemente para la fe, por el ateísmo de factura marxista, que se convirtió constitucionalmente en el credo oficial del Estado. Pero un cambio en el pensar y en el sentir del pueblo comienza a darse poco a poco.
Los que tenemos algunos años asistimos con admiración y sorpresa a esa transformación de mentalidad que se produce desde finales del siglo XX, no sin desconcierto por parte de quienes la experimentan, pues las etapas de la historia no se suceden unas a otras, más bien se superponen, se gestan con simultaneidad a las corrientes dominantes de pensamiento. Cuando pasa el frenesí de una época muchos vuelven a darse cuenta de que somos barro, hechura de la mano de un Dios que nos ha modelado y el hombre comienza a hacerse entonces la misma pregunta que el profeta: «¿Puede una vasija volverse hacia su Hacedor para decirle: por qué me has hecho así?» (Cf. Is. 29,16).

Búsqueda de Dios
Se inicia entonces, entre los hombres y mujeres de esa época, la búsqueda de algo fuera de ellos mismos que los rescate del vacío. En la antigüedad pocos filósofos fueron tan contrarios al cristianismo como Porfirio. Pero San Agustín, a través de él, del vacío que ese pensador experimentó en su alma, descubrió que la única verdad que salva es Jesucristo. Es también por esas razones este período un tiempo de contrastes y de saltos en el vacío buscando el verdadero Absoluto. En la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, el pecado oscurece la visión de la fe en Dios. Las consecuencias terribles del pecado están dramáticamente representadas en el relato bíblico de la creación. Antes del pecado del hombre, Dios se paseaba por el jardín del paraíso al atardecer y el hombre se encontraba naturalmente con Él. Después del pecado, el hombre fue sacado del paraíso, de aquel jardín donde se encontraba con Dios, y ya no pudo compartir más con Él habitualmente. Una nostalgia de Dios quedaría para siempre en el corazón humano.

Varios pensadores modernos, como lo hicieron también antiguos filósofos, llevados por esa nostalgia que extrañamente nos asalta a todos, trataron de llegar hasta Dios sólo con sus propias fuerzas, con sus propios razonamientos. Esto no es más que otro tipo de pretensión del hombre: la de ascender por sí mismo hasta el Creador. No es inútil el camino de la razón, es también necesario, pero lo que no pudieron muchos de esos pensadores fue concebir o aceptar el camino descendente de Dios, tal y como nos lo presenta el prólogo del Evangelio de Juan: «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.» Del que sale a buscar al que llega a rendirse ante Dios que viene a nosotros hay un largo trecho espiritual que recorren hoy muchos hermanos nuestros en Cuba.

Reflexión y anuncio
Ante la etapa que se nos abre por delante con el nuevo milenio, cargada de memorias de un pasado rico y miserable y preñada a la vez de esperanzas e incertidumbres, debemos mirar el tiempo transcurrido desde la venida de Cristo hasta esta hora de la historia como hijos de la Iglesia Madre, que guarda en su memoria bimilenaria las incidencias del camino titubeante y grandioso de la humanidad, al modo de la Virgen María, «que conservaba todas aquellas cosas meditándolas en su corazón» (Lucas 2,19).

Esa memoria viva, la Iglesia tiene que brindarla a la humanidad del nuevo milenio: es la del Señor, nacido en la pobreza del pesebre, contemplado por los pastores, cantado por los ángeles, que compartió todo lo nuestro menos el pecado y que murió por nosotros en la Cruz. Resucitado y glorioso está vivo y presente en medio de su pueblo y lo estará siempre, hasta el fin del mundo. Su nombre es Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción y significa: «el que salva».

Iglesia Encarnada
La fe cristiana lleva consigo este mensaje de salvación al hombre concreto, es decir, a una persona que ha nacido en una familia, que integra otros grupos de trabajo, de estudio, deportivos, de entretenimiento, de desarrollo cultural; que es ciudadano de un país determinado, y que se halla favorecido o afectado por las ideas que conforman el pensamiento de una época, que tiene responsabilidades históricas y, además, lo que es fundamental, un destino eterno. Esto quiere decir que la Iglesia en Cuba debe llevar su mensaje salvador al hombre cubano concreto que vive en un sistema político con características propias y con una organización de la sociedad que tiene las peculiaridades del colectivismo socialista. Esta es la Ley de la Encarnación.
<br> En el Encuentro Nacional Eclesial Cubano celebrado en 1986 la Iglesia resumió su acción en Cuba en tres calificativos que debían identificar a la comunidad católica en nuestro país: la Iglesia debe ser orante, encarnada, evangelizadora. El desafío mayor ha sido y es que la Iglesia se encarne en nuestra realidad, porque en sociedades de un fuerte estatismo, o donde el individualismo o el nacionalismo exacerbado se han enseñoreado, puede existir en algunos, o en muchos, la tentación de considerar a la Iglesia como una sociedad alternativa, y los mismos cristianos no comprenden cómo la Iglesia puede encarnarse en tal realidad. Por su parte, los que detentan el poder miran a la Iglesia como un ente extraño a la sociedad. Terrible coincidencia que vuelve a probar cómo los extremos se tocan.

La Iglesia nace de Dios
La Iglesia, históricamente, nace de la predicación de Jesús sobre el reino de Dios y de la resurrección de Jesucristo, por la cual Dios lo constituye siempre presente en medio de los que acogen su palabra y a éstos les envía el Espíritu Santo para que sean capaces de vivir y de anunciar esa palabra. En todo su ser y su quehacer la Iglesia nos remite a Jesucristo, como Jesucristo nos remite al Padre. No puede, por tanto, homologarse la Iglesia a ningún Estado, ni a ninguna asociación intermedia. Todo lo que la Iglesia pueda aportar a la historia y a la sociedad concreta donde ella se encarna, viene de la r
evelación de Dios; ella ha recibido una misión de parte de Dios Padre por medio de Cristo, un encargo del mismo Cristo Salvador que es su origen histórico como fundador y como roca de cimentación sobre la cual se asienta: » la piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular» ( Hechos 4,11).

De este modo se comprende la Iglesia a sí misma, desde la memoria de Jesús con su mensaje, con la irradiación de su persona. Se comprende a sí misma movida siempre por el Espíritu Santo, que en cumplimiento de su promesa, Jesús le ha dado. Ella guarda, además, en su seno los sacramentos, que permiten que la gracia de Cristo se haga hoy presente y actuante. Por tanto, la Iglesia se sabe enviada por Dios y en total acatamiento del plan de Dios.

La Iglesia, interpelada por los hombres
Pero he aquí que está solicitada, requerida al mismo tiempo, como lo estuvo su Maestro y Señor, por las angustias y las esperanzas de los hombres. ( G.S.I, 1). La Iglesia vivirá siempre en la tensión de estos dos reclamos: una absoluta fidelidad a lo que ella es y debe seguir siendo según el querer de Dios y una fidelidad al clamor de la humanidad en busca de certezas, de consuelo, de esperanza, de respeto a sus derechos y aún de satisfacción de sus necesidades vitales.

Grandeza y debilidad de la misión de la Iglesia
La Iglesia vive siempre entre la grandeza y la debilidad de su misión, pero también entre la grandeza y la debilidad del clamor de los hombres. Hay grandeza en su misión por ser depositaria de los dones de la salvación y hay debilidad en el cumplimiento de esa misión por la falta de santidad de quienes integran el pueblo de Dios y porque la transformación del mundo por el amor de Cristo sólo se produce si el hombre libre accede a vivir en plenitud ese amor. Hay grandeza en el clamor de los hombres, creyentes o no, que ponen su confianza en la Iglesia, pero hay debilidad en ese mismo clamor por el contenido de lo que esperan de una Iglesia que no tiene fuerza ni poder, porque el reino que ella anuncia no es de este mundo.

Esta tensión entre la fiel acogida a Dios y la no menos fiel atención al hombre, ha visto en la historia de estos últimos siglos a la comunidad cristiana tentada por estas dos concepciones absolutizantes: una, dedicarnos sólo a Dios, sólo al evangelio, sólo al culto. Algunos lo hicieron así en un pasado más o menos remoto. De otro lado, históricamente, la Iglesia se ha visto en períodos de su historia forzada a esta opción. Así nos ocurrió en Cuba en el pasado reciente, cuando fuimos constreñidos por coordenadas ideológicas y políticas que limitaban nuestra presencia en la sociedad. Pero cuando ésta es una opción libre de la Iglesia, es decir, replegarse sobre sí misma y dedicarse sólo al culto, se trata de una especie de tentación teológica. Está la tentación opuesta, de naturaleza antropológica: dedicarnos sobre todo al hombre, a sus problemas, poniendo en lugar central su autonomía, teniendo la libertad como un absoluto.
Curiosamente, a esta última opción corresponde a menudo una acción formativa, cultural y profética acentuada al máximo, dejando a un lado la acción curativa del hombre dañado por las situaciones pobremente humanas que ha vivido; me refiero a esa acción misericordiosa que siempre halla espacio y momento para reconstruir al hombre y a la misma sociedad, pues en ella encontramos, a veces, grandes ideales, pero lamentablemente asociados a decadencias y desesperanzas. Esta tarea de acompañamiento y sostén del hombre en dificultades no la ha descuidado la Iglesia en Cuba y se ha hecho más notable en la última década del siglo que acaba de concluir.

Distancia inevitable entre la Iglesia y el mundo
La Iglesia, sin embargo, estará siempre a distancia con respecto a lo que los hombres, movidos por el deseo de eficacia, la voluntad de dominación o las ideologías, reclaman de ella. Esto no se debe a falta de entrega o a incapacidad para adaptarse a los tiempos que corren o a que ignore las angustias de los hombres. Simplemente, los ritmos de la historia de los hombres no corresponden a los tiempos de Dios, a los cuales debe estar atenta la Iglesia.

Toda andadura realmente evangélica incluye una mirada y un proyecto a largo plazo. El paradigma es el sembrador de la parábola de Jesús, que sale a sembrar pacientemente la semilla. El modelo para nosotros, cubanos, es el Siervo de Dios, Presbítero Félix Varela, sacerdote ilustre y santo, que vivió exiliado en Estados Unidos, entregado a una siembra paciente de valores evangélicos, tratando de preparar así la conciencia de los cubanos para que alcanzaran un día la independencia de su Patria que él no pudo contemplar desde este mundo.

Es evidente que hay otra distancia siempre insalvable respecto del tiempo que le toca vivir a la Iglesia o de los hombres que viven en ese tiempo: es la santidad de Dios, el único necesario, que es nuestro futuro absoluto y a quien debemos acercarnos siempre más.
En la exhortación apostólica «Novo Millennio Ineunte», el Papa propone que se estructure una pastoral de santidad, que lleve a toda la Iglesia a una mayor cercanía a Dios. La distancia entre el mundo y Dios está vivamente presentada en el Evangelio de Juan: «Ustedes están en el mundo, pero no son del mundo».

Iglesia y Fe no deben procurar legitimarse socialmente
El gran desafío para la Iglesia no es sólo ser aceptada por las estructuras sociales y políticas siendo como ella es; sino también aceptarse a sí misma como sacramento de Cristo en el mundo, renunciando, como lo hizo su Señor, a la eficacia que se espera de ella desde criterios o proyectos totalmente terrenales. «Jesús, sabiendo que querían hacerlo rey, se fue a otro lugar». (Jn 6,15)

Cuando la comunidad cristiana, la Iglesia, ha sido rechazada por la sociedad o por los gobiernos, puede intentar legitimarse a sí misma colaborando en las cosas que la sociedad valora. Es verdad que la Iglesia tiene que dar con su vida, con sus obras buenas, testimonio de la fe que la anima; pero no debe buscar carta de ciudadanía ni aprobaciones que le otorguen créditos en el presente o en el futuro y, en los sitios donde hay alternancia de poder, ni en un partido ni en otro; porque es un error olvidar la aportación específica de la Iglesia, creyendo ganar crédito por la eficacia de sus contribuciones en dominios donde pueda aparecer que entra en el campo propio de la sociedad o de la política. Este terreno es el propio de los laicos cristianos, como lo reafirma el Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica Novo Millennio Ineunte, citando el Concilio Ecuménico Vaticano II (AA, 2) «En particular, es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a «buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios» y a llevar a cabo «en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde (…) con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres» N.M.I.46.

La Iglesia puede ser, pues, solicitada de variados modos para constituirse en alternativa temporal, en orden a resolver los problemas de este mundo. Consentir a esto constituiría un vaciamiento interno de la misión que Cristo le ha confiado.

La fe de la Iglesia proclama el amor de Cristo
Ahora bien, desde el querer de Dios, la Iglesia sabe que tiene el deber de sembrar el amor, del que Cristo la ha hecho depositaria en el seno de la sociedad. Tiene también que decir palabras y alzar signos que favorezcan el establecimiento de una comunidad humana donde reine la concordia, se superen los agravios por la reconciliación entre todos, se auspicie la colaboración entre cristianos de distintas confesiones, con hombres de otra religión y con no creyentes, en orden al bien común.

Esta misión inspiradora e iluminadora asumida a partir del evangelio opera en la raíz de los males y pone a los hombres y pueblos frente a su responsab
ilidad ética de encarar las dificultades. Aún obrando así, las propuestas de la Iglesia crearán, al mismo tiempo, un contraste entre la novedad del evangelio y la acción santificadora del Espíritu de Dios, por un lado, y el pecado del hombre por otro. Ahí se halla su acción profética expresada al más alto grado.

Desafíos a la fe cristiana y a la Iglesia
En nuestro país la Iglesia ha vivido muy agudamente esta dialéctica Dios-mundo, misión cultual-misión profética, Iglesia fiel a su misión-Iglesia fiel al clamor de los hombres. Estas tensiones han sido potenciadas por el medio difícil y a veces hostil donde ha debido realizar su misión, viéndose obligada a sortear siempre la tentación de buscar créditos para el presente o para el futuro tanto ante el poder político como ante quienes disienten de él dentro o fuera de Cuba. Camino difícil es y ha sido éste: decir la verdad sin desafiar, perdonar sin olvidar, confiar sólo en Dios cuando todos los cálculos humanos nos llevarían a la depresión o a la fuga.

Los cristianos cubanos han vivido y viven de la fe en su Señor. La Iglesia ha experimentado existencialmente en nuestro país que su misión no es otra que la de propiciar y fortalecer esa fe.

Aportes de la Iglesia a la sociedad en Cuba
Los aportes que la Iglesia puede hacer a Cuba en el nuevo milenio que está iniciándose van, pues, en el sentido de su propia misión. Toda religión seria quiere ofrecer al hombre un tipo de mensaje que le dé sentido a su vida personal, que le haga mirar la historia de la humanidad no como una historia perdida o fracasada, sino salvada, y en el seno de esa historia propiciar un comportamiento ético responsable y una convivencia humana digna y armónica con sentido comunitario.

Nosotros, cristianos, fundamos este programa en Cristo, Hijo Encarnado de Dios y Salvador del mundo. La aportación de la Iglesia en Cuba en este siglo debe hacerse, pues, en tres campos principales: en la estructuración y fortalecimiento de la vida personal, del orden moral y de la convivencia social. El cristianismo puede hacer ese aporte valiosísimo a la sociedad civil en cualquier parte del mundo, también en Cuba.

Vida personal
Por el fortalecimiento de la vida personal. Cuando el ser humano se hace consciente de su grandeza que le viene de haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza, encuentra la alegría de vivir, pues sabe, además, que ese Dios lo ama y al creer en el Dios hecho hombre, Jesucristo, descubre la dignidad divina del hombre. Nace así un hombre positivo, reconciliado consigo mismo y con la historia, que no puede sino enriquecer la sociedad donde vive al mismo tiempo que fortalece su vida personal.

Orden Moral
Es necesario fortalecer también el orden moral. Las ausencias de referencia moral indican que cada hombre o mujer es una brújula sin norte. De este modo no se sabe ya cuales son los valores, ni los deberes, ni los ideales básicos y la vida se rebaja al plano sensorial, sólo se buscan placeres. La sociedad puede caer entonces en la depresión y el hastío. La inmoralidad y aún más la amoralidad producen la desmoralización del ser humano.

La Iglesia no se presenta en medio de la sociedad únicamente como una instancia moral, más bien ella le da al ser humano un fundamento privilegiado de la moralidad, que es la persona de Jesucristo y su mensaje. Quien lo encuentra a Él transforma su vida; los valores que propone el evangelio fundan un elevado comportamiento ético.

Vida comunitaria
Es necesario, además, establecer una convivencia comunitaria que tenga en cuenta a todos. Los hombres y mujeres que integran un mismo pueblo deben vivir unidos en el amor. Hay que saber despertar sentimientos de benevolencia y solidaridad entre todos. Para nosotros, cristianos, la solidaridad se llama fraternidad, pues todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre. Para que muchos en nuestro pueblo puedan alcanzar la meta de una convivencia verdaderamente comunitaria, fundada en el amor, será necesario asumir también criterios que valoren y promuevan la reconciliación entre los que se hallan distanciados, enfrentados, cargados de rencores dentro y fuera de Cuba.

La Iglesia ofrece, más que todo, como riqueza que le es propia y que desea compartir con los hombres de todo tiempo y lugar, su vida misma, la de una gran Familia con una larga historia de muchos siglos, que ha pasado por épocas de luchas y persecuciones, que ha vivido situaciones críticas y las ha superado en el amor, que fomenta una verdadera fraternidad espiritual por la oración, que mira con esperanza hacia el futuro. El hombre y la mujer que participan en la vida de la Iglesia se tornan más libres, más enteros ante las pruebas y son capaces de superar las preocupaciones por sus necesidades inmediatas y otras angustias del tiempo presente.

Metodología de la Fe
Las propuestas que hace la Iglesia al pueblo cubano no son para mañana, son proyectos para los cuales hay que preparar a las generaciones jóvenes, de más difícil realización que los programas a corto plazo que establecen los estados, partidos políticos, grupos intermedios o empresas, pues no puede medirse la acción de la Iglesia por la eficacia u otros parámetros similares que son incapaces de calibrar la misión que Jesucristo le ha confiado y la acción del Espíritu Santo en los corazones.

Las motivaciones espirituales en que se fundan esas propuestas reclaman una metodología distinta en cuanto al modo de obrar, pues éste tiene en cuenta no sólo el contenido del mensaje, sino también la libertad del hombre. La Iglesia propone su mensaje con absoluto respeto al hombre libre que puede acogerlo o no y en mayor o menor grado.

Reconocimiento de la misión de la Iglesia por los hombres y por la sociedad
Para hacer vida este mensaje la Iglesia necesita no sólo espacio y libertad, sino que la naturaleza de su misión sea respetada y valorada justamente. Es verdad que en muchas ocasiones un proyecto humanista de tan altos contenidos lleva consigo una crítica de las situaciones, que, por contraste, resultan deshumanizantes. Este es otro aporte de la Iglesia al mundo, que puede ser aceptado como un camino de perfeccionamiento del hombre y de la sociedad, pero que puede ser rechazado desde posiciones de incomprensión, de suficiencia, o de orgullo.

Debemos tener siempre en cuenta que la conciencia cristiana en la hora actual tiene una especial sensibilidad para reconocer que los métodos son tan sagrados como los contenidos y que la verdad, aún la verdad de Dios, no se impone al hombre. Esta sensibilidad no impide que deje de proponerse la verdad, aunque haya rechazo o no-aceptación.

La Iglesia, según esta metodología, no exhorta ni esgrime con insolencia argumentos contra el mundo, la sociedad o las estructuras políticas. Propone valores y los fundamenta en su propia fe, pero no como quien habla desde arriba o desde fuera del peligro o sin responsabilidad alguna, sino desde dentro de la sociedad, reclamando al mismo tiempo ser participante activa en la misma.

El evangelio es desestabilizante
Aún así, aún cuidando todos los requisitos evangélicos en el contenido del mensaje y en la forma de trasmitirlo, el evangelio de Jesús es desestabilizante, y lo es para nosotros mismos: obispos, sacerdotes, personas consagradas o laicos cristianos comprometidos. Nos saca de nuestras seguridades y comodidades y nos pone una y otra vez frente a la Verdad exaltante y comprometedora de un Dios que se anonadó y se hizo hombre por nosotros aceptando el riesgo cierto de la Cruz.

Los señalamientos válidos y a veces dolorosos que nos hace el mismo Jesús en su evangelio invitan a todos los hombres a la reflexión y al mejoramiento y no deben producir por sí mismos un rechazo airado, sino una consideración atenta. Esto a veces no es fácil de aceptar por la misma comunidad cristiana, será más difíci
l aún que lo acepten las estructuras sociales y políticas, sobre todo cuando los sistemas de pensamiento que las animan son distantes del cristianismo. Pero, aún así, la Iglesia debe cumplir su misión. Sin las penalidades del parto no hay vida nueva, sin la Cruz de Cristo no hay resurrección.

La Cruz: último criterio de verdad
Al misterio de la Cruz, de la cual brota la vida, debe remitirse siempre la Iglesia como criterio cierto de autenticidad en su quehacer y de verdad en su ser.
En la encrucijada, que no es sino caminos que se encuentran atravesándose en forma de Cruz, se ha hallado la fe cristiana en Cuba en estas últimas décadas. Esa Cruz en el camino de la Iglesia ha sido purificadora y fuente de vida. No olvidemos nunca que el pecado de los cristianos en 2000 años de historia tiene un peso en la cuota de incomprensión y rechazo de la fe cristiana.
Animados por el llamado que nos ha hecho el Papa Juan Pablo II en el reciente Jubileo y, movidos por su ejemplo, aprendamos también a pedir perdón con la mirada puesta en el futuro y a experimentar esa urgencia de santidad necesaria para que el servicio pastoral de la Iglesia, que se lleva a cabo por medio de todos sus hijos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, llegue de veras a cada hombre y a todos los pueblos, mostrándoles el Cristo verdadero que ellos esperan ver.

En su obra «La Entraña del Cristianismo» el teólogo Olegario González de Cardedal dice con acierto: «La misión de la Iglesia es hacer inolvidable a Jesucristo». Y otro gran teólogo del siglo XX, Karl Barth reflexiona de este modo: «Una vez que el hombre sabe que en Jesucristo Dios se hizo hombre, no puede ser nunca más inhumano». Éste es el gran servicio que la Iglesia y la fe cristiana tienen que brindar a la sociedad.

Nada ni nadie debe, pues, pedir a la Iglesia una misión distinta a ésta, ni pretender, por el control o el ejercicio severo del poder, apartarla de esta misión. «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: ´Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza´. Pero en todo esto vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro». (Rom. 8, 35-39)

N. B.: Conferencia publicada por «La voz católica».

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ZENIT Staff

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