Todos estamos en manos de Dios, Señor de la historia, asegura Juan Pablo II

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Dedica la audiencia general al Salmo 99

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CIUDAD DEL VATICANO, 7 noviembre 2001 (ZENIT.org).- Todos estamos en las manos de Dios, Señor del mundo y de la historia, aseguró Juan Pablo II en la tradicional audiencia general de este miércoles.

«El mundo y la historia no están en manos del azar, del caos, o de una necesidad ciega –explicó–. Son gobernados por un Dios misterioso; sí, pero al mismo tiempo es un Dios que desea que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas».

«Por este motivo –añadió el Papa Wojtyla–, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos le alabamos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre».

El pontífice continuó de este modo la serie de meditaciones que viene ofreciendo este año sobre los Salmos y cánticos del Antiguo Testamento que han pasado a formar parte de la oración cotidiana de los cristianos en la Liturgia de las Horas.

En esta ocasión, frente a ocho mil peregrinos congregados en la Sala de Audiencias Pablo VI del Vaticano, el obispo de Roma concentró sus reflexiones en el Salmo 99, canto de acción de gracias del pueblo judío.

El Salmo plasma esta experiencia de Dios que formuló el pueblo judío de manera magistral: «el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su amor es eterno, su fidelidad no tiene límites».

Esta experiencia, añadió, constituye «un lazo que no se romperá nunca, a través de las generaciones y a pesar del río fangoso de pecado, de rebelión y de infidelidad humanas».

Así, siguió diciendo, «con serena confianza en el amor divino que no desfallecerá nunca, el pueblo de Dios se encamina en la historia con sus tentaciones y debilidades diarias».

Pero aquí, el pontífice se calló, pues como explicó, citando a san Agustín, el creyente acaba dándose cuenta de que esta experiencia no se puede describir totalmente con palabras.

«Antes de saborear ciertas cosas, creías que podías utilizar palabras para hablar de Dios –concluyó el Santo Padre tomando prestadas las palabras del obispo de Hipona–; sin embargo, cuando has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas».

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ZENIT Staff

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