Brasil: Casa Vida, un hogar donde los niños se «curan» del sida

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El sueño hecho realidad del padre Júlio Lancellotti

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SÃO PAOLO, 19 noviembre 2001 (ZENIT.org).- Hay una casa en la que una existencia marcada por las letras asesinas VIH puede volver a la vida. Es un lugar lleno de muñecas y juguetes que hace realidad el sueño del padre Júlio Lancellotti, coordinador de la Pastoral de la Infancia en São Paulo.

Un sueño que nació cuando trabajaba, en los años ochenta, en la cárcel infantil (FEBEM) de Tatuapé y veía a algunos niños confinados en una habitación cerrada con llave, porque eran seropositivos.

Hoy, en el barrio de Móoca, surge la Casa Vida en la que han habitado, junto a la otra sede de Água Rasa, desde 1991, ciento diez niños seropositivos, acogidos por el padre Júlio como si fueran su familia. Actualmente en Móoca viven quince chavales de los 7 a los 16 años, mientras que una veintena de pequeños, de los seis meses a los seis años, habitan en Água Rasa.

Algunos vienen de la cárcel infantil. Muchos son huérfanos o abandonados, o han nacido en la cárcel, hijos de detenidas seropositvas. Llegan aquí enviados por la autoridad judicial y encuentran un lugar en el que son asistidos constantemente por educadores, enfermeros y psicólogos.

Casa Vida es una verdadera casa, no un centro de asistencia ni un colegio. «Los niños son tratados en el hospital, aunque tenemos personal cualificado para asistirlos –explica Rosanna, la coordinadora–, y van a la escuela normal porque nuestro objetivo es integrarlos en la sociedad».

El padre Júlio comenzó sensibilizando sensibilizar a los fieles de la parroquia de San Miguel Arcángel, en el barrio de Móoca, sobre el problema de los menores infectados por el VIH.

Hablaba en las homilías, llevaba a los fieles a visitar a los niños detenidos y muchos empezaban a apoyar activamente el proyecto de crear un lugar más adecuado donde albergar a estos niños sin esperanza.

Gracias al trabajo de los voluntarios, además de la ayuda económica de la ASSINDES (Asistencia Internacional para el Desarrollo) lanzada por el Servicio Misionero Juvenil (SERMIG), organización de Turín (Italia), se pudo abrir la primera Casa Vida en Água Rasa.

La sede de Móoca llegó hace cinco años junto a las subvenciones del Ayuntamiento y del mismo FEBEM, aunque es el centro social N.S. de Bomparto el carga con el peso económico del proyecto.

El problema de hacer convivir a estos niños con su enfermedad es grande. Alguno viene llorando de la escuela por el rechazo de los compañeros. Hay quien pregunta si se puede enamorar. «Nosotros –explica Rosanna–, tratamos de aclarar sus dudas, les ayudamos a tener conciencia de su situación y somos siempre honestos, incluso aunque a veces es difícil. Por ello hay una psicóloga que les ayuda a convivir con el virus y al mismo tiempo con las otras personas».

Pero hay también historias con final feliz en Casa Vida. No sólo porque muchos niños se curan, ya que hasta los dos años es posible negativizarse espontáneamente, sino también porque entre los ex acogidos muchos han sido adoptados y algunos han vuelto a las familias de origen.

Lamentablemente hay quien ha tenido que irse a vivir a otras instituciones y diez niños no han sobrevivido al virus. Tres niños han sido adoptados por miembros del personal.

«También mi hijo vivía aquí –relata Rosanna–. Yo le digo: A ti se te han concedido dos milagros, te has curado y has encontrado una familia».

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ZENIT Staff

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