El domingo se ordenan los cuatro primeros sacerdotes camboyanos

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Tras los duros años de la persecución del régimen Pol Pot

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ROMA, 6 diciembre 2001 (ZENIT.org).- Se llaman Son, Paul, Ly y Vineay. Tienen entre 29 y 40 años. Son los primeros sacerdotes autóctonos formados en Camboya tras los tiempos de la durísima persecución y del silencio. Serán ordenados el próximo domingo 9 de diciembre.

La represión de los jemeres rojos y el feroz régimen de Pol Pot, que entre 1975 y 1979 provocaron dos millones de muertos, no lograron cancelar la presencia cristiana. Pero sólo desde hace una decena de años es posible profesar públicamente la fe.

El domingo será una jornada histórica. Monseñor Emile Destombes, vicario apostólico de Phnom Penh ordenará a los cuatro nuevos sacerdotes. Son una gran esperanza para una Iglesia minúscula, 25.000 fieles, 18.000 de origen vietnamita, duramente marcada por el martirio, que quiere renacer.

En una entrevista publicada por la revista italiana «Mondo e Missione», los cuatro futuros sacerdotes recuerdan su historia.

Son, nacido en 1961, es de la provincia de Takeo. En 1975, escapó a Tailandia y fue acogido en una pagoda budista. Se quedó tres años hasta vestir el hábito monástico. Luego lo deja y se refugia en un campo de refugiados en la frontera con Camboya. A través de algunos predicadores protestantes, oye hablar por primera vez de Cristo.

En 1980, se traslada a Canadá donde es acogido por una familia católica, cuyo testimonio de vida lo marca profundamente. Pide hacerse cristiano y en 1984 es bautizado. «Mi opción de vida coincide también con mi regreso a la patria. No puedo separar las dos cosas. Ahora deseo ocuparme de las personas y conducirlas al mismo amor. El de Jesucristo».

Suon Hang Ly tiene 29 años. La madre es cristiana y el padre budista. Es originario de Moat Krasas, una aldea cercana a Phnom Penh. No recibe ninguna educación cristiana hasta 1990, cuando con el retorno de algunos misioneros se reanuda la catequesis en la parroquia.

«Mi aldea es sede de la comunidad cristiana más antigua de Camboya –explica–. Me apasioné del catecismo pero luego en el 91 me fui a Tailandia para reunirme con mi hermano en un campo de refugiados».

Allí encontró al padre Bernard, de las Misiones Extranjeras de París, figura fundamental en la maduración de su vocación.

Lay Paul dit Vang es Phnom Penh y viene de una familia budista. También ha sido prófugo, una experiencia que le ha marcado indeleblemente.

«Vivía en la incertidumbre, no tenía un objetivo preciso en la vida. Deseaba irme al extranjero con la esperanza de que algún país me acogiera», revela.

Luego se encontró con un sacerdote en el campo de refugiados. «Hizo aflorar en mí el deseo de buscar no ya algo, sino a alguien».

Paul recibió el bautismo en el campo, donde maduró también su vocación. «Ahora reconozco que nuestra ordenación es el trabajo de tantos misioneros y sacerdotes camboyanos que han dado su vida. La gente espera este momento por el hecho de que somos camboyanos. Ayudaremos a la Iglesia a reflexionar sobre su misión y su papel en Camboya».

Nget Vineay nació en 1970 de padres cristianos que lo educaron en la fe. «Rezábamos en las casas porque no existían lugares de culto y no era posible manifestar la fe. Recibí la primera comunión en 1989 con una breve ceremonia escondida, en la casa de otra familia cristiana».

A los 20 años logra entrar en la Universidad. «De día estudiaba filosofía marxista, de noche hacía de vigilante en la casa de las misioneras de la Caridad de Phnom Penh». Y en aquel clima de dedicación y sencillez maduró su vocación.

Con vistas al sacerdocio, en 1992, los cuatro empezaron su vida en común en Battambang. En 1998 se trasladaron a Phnom Penh, donde se convirtieron en diáconos. Ahora, tras casi un decenio de formación, llega la ordenación, que será festejada por todas las comunidades católicas de Camboya.

«Nos sentimos acompañados por el Señor –dice por todos Ly–, y también las heridas del pasado se convierten en motivo para continuar. En estos años, hemos aprendido a amar a la Iglesia y hemos comprendido su importancia. No ha sido inútil sufrir porque nunca en la vida de la Iglesia el sufrimiento ha dejado de producir frutos».

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ZENIT Staff

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