Homenaje de Juan Pablo II a la Inmaculada

Pone la paz del mundo en manos de María

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ROMA, 9 diciembre 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II puso la paz del mundo en manos de María el 8 de diciembre pasado durante el tradicional homenaje a la estatua de la Inmaculada Concepción, en la plaza España de Roma.

Al llegar, el Papa bendijo un cesto de rosas que después fue colocado a los pies de la columna de la Inmaculada. A continuación, de rodillas, pronunció esta meditación.

* * *

1. Madre Inmaculada, en este día solemne,
iluminado por el fulgor de tu virginal Concepción,
aquí nos tienes una vez más a tus pies, en esta histórica plaza,
en el corazón de Roma cristiana.

Como todos los años, hemos venido a repetir
el tradicional homenaje floral del 8 de diciembre,
queriendo expresar con este gesto
el amor filial de la ciudad,
que cuenta con tantos signos de tu materna presencia.

Hemos venido en peregrinación humilde,
y, haciendo eco a todos los creyentes,
te invocamos con confianza:
«Muestra que eres madre…» («Monstra Te esse matrem…»).
Muestra que eres Madre para todos/ ofrece nuestra oración;
que Cristo la acoja con benignidad,/ él que se hizo tu Hijo».

2. «Monstra Te esse matrem!»
Muéstrate como Madre para nosotros,
que, ante esta famosa imagen tuya,
con corazón gozoso, damos gracias a Dios
por el don de tu Inmaculada Concepción.

Tu eres toda hermosa,
pues el Altísimo te ha vestido con su potencia.
Tu eres la toda santa, que Dios se preparó
como morada intacta de gloria.

Salve, Templo arcano de Dios,
salve, llena de gracia,
¡intercede por nosotros!

3. «Monstra Te esse matrem!»
Te pedimos que presentes nuestra oración
a Aquél que te revistió de gracia,
librándote de toda sombra de pecado.

Nubes obscuras se condensan en el horizonte del mundo.
La humanidad, que ha saludado con esperanza
la aurora del tercer milenio,
siente ahora que se abate sobre sí la amenaza
de nuevos y desconcertantes conflictos.
La paz en el mundo se encuentra en peligro.

Precisamente por esto nosotros venimos ante ti,
Virgen Inmaculada, para pedirte que obtengas,
como Madre comprensiva y fuerte,
que los espíritus, liberados del humo del odio,
se abran al perdón recíproco,
a la solidaridad constructiva y a la paz.

4. «Monstra Te esse matrem!»
Vigila, Madre, sobre la gran familia eclesial,
para que todos los creyentes, como auténticos discípulos de tu Hijo,
caminen en la luz de su presencia.
Sigue vigilando particularmente sobre la Iglesia de Roma,
que el 8 de diciembre de 1995, precisamente en este lugar,
emprendió con confianza la misión ciudadana,
de preparación al gran Jubileo.

Fue una misión de abundantes y profundos frutos,
que contribuyó a difundir el Evangelio de la esperanza
en todo rincón de la ciudad,
movilizando a sacerdotes, religiosos y laicos
para promover una amplia y profunda renovación espiritual.

Ha sido un camino dinámico y valiente,
que con la gracia del tiempo jubilar,
ha hecho que los individuos y las familias,
las parroquias y las comunidades
sean conscientes del mandato misionero que cada uno
debe asumir responsablemente valorando
la riqueza y la variedad de los propios carismas.

5. «Monstra Te esse matrem!»
Estrella de la nueva evangelización,
espoléanos y acompáñanos tras los pasos
de una pastoral incansablemente misionera
con un programa único y decisivo:
anunciar a Cristo, Redentor del hombre.

La misión se convierte en testimonio diario
de todo creyente, en las propias condiciones de vida;
que gracias a ella se renueve el rostro cristiano de Roma,
para que todos vean con claridad
que la fidelidad a Cristo cambia la existencia personal
y plasma un futuro de paz, un porvenir mejor para todos.

Madre Inmaculada, que haces fecunda de hijos a la Iglesia,
apoya también nuestra solicitud incesante,
por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Que el congreso romano del próximo mes de junio,
que la diócesis dedica oportunamente a este tema,
aliente a los jóvenes y a sus familias
a responder con corazón generoso a la llamada del Señor.

6. «Monstra te esse matrem!»
Sé para nosotros roca de aliento y de fidelidad,
humilde jovencita de Nazaret,
gloriosa Reina del mundo.
Ofrece nuestra oración al Verbo de Dios,
que, al hacerse tu Hijo,
se convirtió en nuestro hermano.

Que gracias a tu validísima intercesión
todo el pueblo de Dios y
en particular esta amada Iglesia de Roma pueda
«remar mar adentro» hacia esa santidad
que constituye la condición decisiva
para todo apostolado fecundo.

Madre de misericordia y de paz,
inmaculada Madre de Dios, ¡reza por nosotros!

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

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ZENIT Staff

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