Cuatro huérfanos albaneses adoptados «a distancia» por una parroquia

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REGGIO CALABRIA, 31 enero 2002 (ZENIT.org).- Cuatro niños huérfanos se han convertido en hijos de toda una parroquia. Los protagonistas son una familia albanesa y la comunidad de Bruzzano Zefirio, un pequeño pueblo de la región de Calabria (Italia).

Todo comenzó hace año y medio, cuando Vladimir Agolli, dejando en casa a la mujer y sus cuatro hijos, llegó a Italia para encontrar fortuna. La gente de Bruzzano le abrió las puertas y le dio trabajo como albañil.

Vladimir era una persona buena, siempre disponible, que en el tiempo libre ayudaba a los ancianos del lugar haciéndoles pequeños trabajos de todo tipo.

El diácono de la parroquia lo llamaba a menudo para hacer pequeñas reparaciones en la Iglesia.

A comienzos del verano pasado, Vladimir volvió a su pueblo albanés, Proger, donde trató de dedicarse a la venta de arena que extraía manualmente del lecho de un torrente. En agosto, un derrumbe imprevisto de su pequeña cantera lo sepultó junto a su mujer Zeqabe que lo ayudaba en el trabajo. Tenían 40 y 37 años respectivamente.

La noticia de la desgracia llegó a Bruzzano mientras el obispo administraba la confirmación a catorce jóvenes de lugar.

Pensaron inmediatamente en los cuatro huérfanos: Beshana de trece años, Ganimete de once, Erisa de siete y Kladio de cinco.

Los catorce muchachos recién confirmados recorrieron todo el pueblo recogiendo fondos para mandar a Albania. La gente respondió positivamente pero, además, tomaron una decisión: ocuparse de la manutención de los niños hasta que sean mayores y autónomos.

Una adopción a distancia en la que participa toda la parroquia. El diácono Albino viajó a Albania llevando la primera ayuda en septiembre pasado. «Un viaje –relata– que hice con el corazón lleno de esperanza porque llevé conmigo un pequeño brote de solidaridad que nace de una tierra que no es ciertamente rica».

En Proger encontró gente «pobre pero con dignidad», en un ambiente casi completamente musulmán, «pero la caridad no tiene confines, es más ayuda al diálogo entre los pueblos», concluye el diácono.

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ZENIT Staff

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