La beatificación de los mártires de Oaxaca fortalece la fe de los indígenas

Padecieron terribles suplicios por no renunciar a su fe en 1700

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CIUDAD DE MÉXICO, 31 julio 2002 (ZENIT.org).- Este jueves, Juan Pablo II beatificará en la Basílica de Guadalupe a dos indígenas zapotecos de la Sierra Norte de Oaxaca, linchados hace 302 años por negarse a renunciar a su fe católica.

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles nacieron en 1660 en San Francisco Cajonos. Los dos estaban casados y tenían hijos. Pertenecían a la Vicaría de San Francisco Cajonos, atendida por los padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas.

Ejercían el cargo civil y eclesiástico de «fiscales», vigilantes de la «pureza de la moralidad pública» de las comunidades cristianas, introducido por los misioneros entre los indígenas.

En la noche del 14 de septiembre de 1700, un grupo de indígenas se reunió en secreto para rezar y hacer ofrendas a sus dioses prehispánicos. La reunión fue dispersada por los padres dominicos, que los acusaron de idolatría.

Los religiosos habían sido alertados por los dos beatos, provocando así la ira de los participantes en el acto.

Al día siguiente, los participantes se amotinaron ante el monasterio dominico, exigiendo la entrega de las ofrendas confiscadas y de los dos fiscales. Los dos beatos, que se habían refugiado en el convento, y el capitán Antonio Rodríguez Pinelo, representante de la autoridad española, se pasaron toda la tarde en difíciles negociaciones.

Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los fiscales, bajo la promesa de que se respetaran sus vidas. Los dominicos se opusieron a la entrega.

Los Fiscales, aceptaron la propuesta del capitán. Se confesaron y recibieron la Comunión.

Juan Bautista afirmó: «vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas»; y al verse en manos de sus verdugos dijo: «aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora».

Ambos fueron azotados en la plaza pública. Con el silencio respondían a las burlas que proferían contra ellos sus verdugos.

Cuando los verdugos invitaron a los fiscales a renunciar a la fe católica y así salvar su vida, Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles contestaron: «una vez que hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión».

Los amotinados, primero les arrojaron desde lo alto de un monte; después tras casi degollarlos los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los echaron a los perros que no se los comieron, según cuentan las crónicas de la época.

Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y fortalecerse como acostumbraban a hacer los indígenas con los animales de caza.

El arzobispo de Antequera, Héctor González, cuya archidiócesis incluye este pueblo del sureño estado de Oaxaca, asegura que la historia de los beatos se difundirá por toda la región para fortalecer especialmente la fe de los indígenas.

«[Las reliquias de los mártires] me acompañan donde quiera que voy para mostrar este ejemplo de heroísmo cristiano en fidelidad al evangelio y al seguimiento de Jesús», añade el prelado.

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ZENIT Staff

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