El Papa preside la misa más multitudinaria de la historia de Polonia

Ante el sufrimiento del hombre, presenta la misericordia de Dios

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CRACOVIA, 18 agosto 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II presentó este domingo, en la misa más multitudinaria de la historia de Polonia, en la que beatificó a cuatro hijos de esa nación, el mensaje de la eterna misericordia de Dios como respuesta al sufrimiento del hombre contemporáneo.

Unos 2,2 millones de personas se encontraban en la explanada del parque de Blonie en Cracovia. Otro millón llenaba los alrededores, según confirmaron fuentes de la Policía. Ha sido la reunión más concurrida de la historia moderna polaca.

En su homilía, bajo un intenso sol que provocó desmayos entre algunos de los presentes, el Papa Karol Wojtyla hizo una síntesis de el pensamiento que ha caracterizado sus casi 24 años de pontificado.

Recordó que desde el inicio de su existencia la Iglesia predica la misericordia de Dios, «prenda de esperanza y fuente de salvación para el hombre». Parece, sin embargo, añadió, «que hoy está particularmente llamada a anunciar al mundo este mensaje».

«No puede descuidar esta misión, si se lo pide el mismo Dios con el testimonio de santa Faustina Kowalska», dijo en referencia de la joven mística polaca, que vivió entre 1905-1938 y que recibió revelaciones y visiones de Cristo sobre su Divina Misericordia.

«Dios ha escogido para esto nuestro tiempo –añadió en su larga homilía el primer Papa polaco de la historia–. Quizá porque el siglo XX, a pesar de los indiscutibles éxitos en muchos campos, ha estado marcado de manera particular por el «misterio de la iniquidad». Con esta herencia del bien y del mal hemos entrado en el nuevo milenio».

«Ante la humanidad se abren nuevas perspectivas de desarrollo y, al mismo tiempo, peligros hasta ahora inéditos –constató continuando con su lectura de rasgos místicos de la historia contemporánea–. Con frecuencia el hombre vive como si Dios no existiera, y llegar a ponerse incluso en el puesto mismo de Dios. Se arroga el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana».

«Quiere decidir, mediante manipulaciones genéticas, la vida del hombre y determinar el límite de la muerte –siguió denunciando–. Rechazando las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia. De diferentes maneras trata de acallar la voz de Dios en el corazón de los hombres, quiere hacer de Dios el «gran ausente» de la cultura y de la conciencia de los pueblos. El «misterio de la iniquidad» sigue caracterizando la realidad del mundo».

«Al experimentar este misterio, el hombre vive el miedo del futuro, del vacío, del sufrimiento, de la aniquilación. Quizá precisamente por esto es como si Cristo, a través del testimonio de una humilde religiosa [sor Faustina], hubiera entrado en nuestros tiempos para indicar claramente la fuente de alivio y de esperanza que se encuentra en la eterna misericordia de Dios».

«Es necesario hacer resonar el mensaje del amor misericordioso con nuevo vigor –aseguró–. El mundo tiene necesidad de este amor. Ha llegado la hora de hacer llegar el mensaje de Cristo a todos: en especial a quienes su humanidad y dignidad parece perderse en el «misterio de la iniquidad»».

«Ha llegado la hora en la que el mensaje de la Divina Misericordia debe llenar los corazones de esperanza y convertirse en chispa de una nueva civilización: la civilización del amor», subrayó sintetizando en una frase las encíclicas y documentos más importantes de este papado.

Juan Pablo II explicó a continuación que la Iglesia no sólo desea anunciar este mensaje con «fervientes palabras», sino también con «la práctica de la misericordia». Por eso, propuso en ese día el ejemplo de los cuatro nuevos beatos, acomunados por «la entrega a la causa de la misericordia».

Entre ellos se encuentra Zygmunt Szczęsny Feliński (1822-1895), arzobispo de Cracovia durante 16 meses y deportado a Siberia por el poder zarista; el padre Jan Balicki (1869-1948), confesor, formador de seminaristas; el jesuita Jan Beyzym (1850-1912), «apóstol de los leprosos» en Madagascar; y sor Sancja Szymkowiak (1910-1942), conocida como «el ángel de la bondad por los franceses e ingleses, prisioneros del ejército alemán durante la segunda guerra mundial.

En la celebración eucarística, participaron el presidente de Polonia, Aleksander Kwasniewski, el de Lituania, Valdas Adamkus y el de Eslovaquia Rudolf Schuster.

El pontífice concluirá este lunes su octava visita a Polonia, la novena si se tiene en cuenta la visita de unas horas realizada en 1995 a Skoczow –sur de Polonia–, al margen de su peregrinación a la República Checa.

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ZENIT Staff

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