El Papa beatificará a Caridad Brader, apóstol de indígenas latinoamericanos

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Fundó la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada

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CIUDAD DEL VATICANO, 21 marzo 2003 (ZENIT.org).- El próximo domingo, Juan Pablo II proclamará beata a una misionera suiza, María Caridad Brader, conocida por su infatigable labor apostólica y educativa entre los indígenas latinoamericanos.

María Josefa Carolina Brader nació en 1860 en Kaltbrunn (Suiza). Dotada de una gran inteligencia, recibió una sólida formación cristiana. Cuando el mundo empezó a atraerla, la voz de Cristo se hizo sentir en su corazón y decidió abrazar la vida consagrada.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten. El 1 de marzo de 1881 vistió el hábito de Franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo.

Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio contiguo al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, misionero de san Vicente de Paúl y obispo de Portoviejo (Ecuador), escribió una carta a las religiosas de «María Hilf» pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones fue la madre Caridad Brader.

La beata María Bernarda Bütler, superiora del convento –que encabezará el grupo de las seis misioneras–, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en grado sumo, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía, podrá prestar a la misión grandes servicios».

Incansable misión en Latinoamérica
En 1888, la madre Caridad y sus compañeras emprendieron viaje hacia Chone, Ecuador. En 1893, después de trabajar duramente en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la madre Caridad fue destinada a una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su ardor misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando el océano, las intrincadas selvas y el intenso frío del altiplano. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían aún el Evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras, y respaldada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada.

La Congregación contaba en sus comienzos con jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la madre Caridad. Pronto se unieron a ellas las vocaciones autóctonas, sobre todo colombianas.

La madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente, pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, especialmente en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían allí donde era necesario.

Alma eucarística por excelencia, encontró en Jesús Sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Impulsada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministros de Dios.

La madre Caridad vivía en continua presencia de Dios y veía en todos los acontecimientos Su mano providente y misericordiosa y exhortaba a los demás a «ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

El 27 de febrero de 1943 falleció a los 82 años de edad. En cuanto se supo la noticia de su muerte, una interminable columna de fieles empezó a visitar sus restos mortales. Pedían reliquias y se encomendaban a la intercesión de la religiosa.

A sus funerales asistieron autoridades eclesiásticas y civiles y gran cantidad de fieles que decían: «Ha muerto una santa». Su sepultura ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

La madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

Igualmente, entre otros aspectos, la madre Caridad vivió intensamente el gozo en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la beatificación.

A la intercesión de la religiosa se atribuye un milagro comprobado en Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había ocasionado en la niña un daño cerebral que le impedía el habla y la movilidad.

Al término de una novena que rezó su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, llegando en poco tiempo a la normalidad.

El domingo, estará presente en la ceremonia de beatificación para agradecer la intercesión de la madre Caridad Brader.

Junto a la religiosa, el Santo Padre beatificará también en la celebración eucarística en la Plaza de San Pedro a las españolas Juana María Condesa –fundadora de la Congregación de las Religiosas Esclavas de María Inmaculada– y Dolores Rodríguez Sopeña –fundadora del Instituto religioso Catequista Dolores Sopeña–.

El mismo día proclamará beato al sacerdote francés Pierre Bonhomme –fundador de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Calvario– y a un laico húngaro –médico y padre de familia–, Laszlo Batthyany-Strattmann.

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ZENIT Staff

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