No hay auténtico desarrollo sin libertad religiosa; afirma el Papa

Al recibir al nuevo embajador de la República de China (en Taiwán)

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 30 enero 20 04 (ZENIT.org).- Juan Pablo II considera que no puede haber auténtico desarrollo sin libertad y que no puede haber auténtica libertad sin el ejercicio libre de la religión en la sociedad.

Así lo constató este viernes al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador de la República de China, en Taiwán, ante la Santa Sede, el señor Chou-seng Tou, diplomático de carrera nacido en 1942, en Kueiyang.

En el encuentro con el Papa, el representante asiático ante el Vaticano aseguró que el presidente de su país, Chen Shui-bian, «se conmovió profundamente y se sintió inspirado» «tras leer el mensaje» del Papa para la Jornada Mundial de la Paz de este año, que lleva por título «Un compromiso siempre actual: educar a la paz».

«La cooperación entre pueblos, naciones y gobiernos es una condición esencial para garantizar un futuro mejor para todos –comenzó constatando el Papa en su discurso pronunciado en inglés–. La comunidad internacional afronta muchos desafíos en este sentido, entre ellos los serios problemas de la pobreza mundial, la negación de los derechos de los pueblos y la falta de un compromiso firme por parte de algunos grupos por fomentar la paz y la estabilidad».

«Las tradiciones religiosas y culturales de la República de China testimonian el hecho de que el desarrollo humano no debería limitarse al éxito económico o material», siguió explicando el Santo Padre.

«Muchos de los elementos ascéticos y místicos de las religiones asiáticas enseñan que el logro de un bienestar material no define el progreso de individuos y sociedades, sino más bien la capacidad de una civilización para promover la dimensión interior y la vocación trascendente de los hombres y mujeres», indicó.

«En efecto, cuando individuos y comunidades no demuestran un riguroso respeto de las exigencias morales, culturales y espirituales, basadas en la dignidad de la persona y en la identidad de cada comunidad, comenzando por la familia y los grupos religiosos», añadió el obispo de Roma, «la posesión de bienes, la abundancia de recursos técnicos, un cierto nivel de bienestar material se demostrará insuficiente y, en último término, deleznable».

«Por este motivo, es importante que todas las sociedades se esfuercen por dar a sus ciudadanos la necesaria libertad para realizar plenamente su auténtica vocación», subrayó.

Ahora bien, la libertad, aseguró, «exigen en primer lugar y sobre todo el libre ejercicio de la religión en la sociedad». «El bien de la sociedad implica que el derecho a la libertad religiosa sea reconocido por la ley y goce de una protección efectiva».

«Las religiones –aclaró– son componentes de la vida y de la cultura de una nación y dan un gran sentido de bienestar a una comunidad al ofrecer un cierto nivel de orden social, de tranquilidad, de armonía y de asistencia a los débiles y marginados».

«Al concentrarse en las cuestiones humanas más profundas –concluyó–, las religiones ofrecen una gran contribución al genuino progreso de la sociedad y promueven, de manera significativa, la cultura de la paz tanto a nivel nacional como internacional».

La Santa Sede, a diferencia de los países de la Unión Europea, mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán. La República Popular China exige a los países con los que tiene relaciones diplomáticas que rompan sus lazos diplomáticos oficiales con esta isla a la que considera oficialmente como parte de su territorio. Roma y Pekín rompieron sus relaciones en los años cincuenta.

En días pasados, el nuevo embajador Chou-seng Tou prometió en declaraciones publicadas por la prensa hacer todo lo que esté a su alcance para robustecer más aún las relaciones diplomáticas y los intercambios bilaterales en los diversos campos entre la República de China y la Santa Sede durante su cargo.

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ZENIT Staff

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