Juan Pablo II pide no reducir la laicidad al laicismo

Una de las preocupaciones que más está repitiendo en los últimos meses

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 27 febrero 2004 (ZENIT.org).- La concepción errónea de laicidad, que violaría el derecho fundamental a la libertad religiosa, se ha convertido en una de las preocupaciones más repetidas por Juan Pablo II en estos últimos días.

Debates que han superado las fronteras nacionales, como el reconocimiento de las raíces cristianas de Europa o la ley francesa que busca prohibir los signos religiosos «ostensibles» en las escuelas públicas, están llevando al Papa a afrontar la cuestión.

Este viernes lo hizo al encontrarse con los obispos franceses de la provincia eclesiástica de Besançon y de la arquidiócesis de Estrasburgo, que concluían su visita «ad limina apostolorum».

Recordando su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 12 de enero pasado, que tuvo un gran impacto en la opinión pública francesa, el Santo Padre recordó que «una laicidad bien comprendida no debe confundirse con el laicismo».

En esa ocasión, aclaró que la laicidad es el «respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes».

El laicismo, explicó, es cuando el Estado pretende ignorar esta dimensión, ya sea a nivel personal o comunitario.

Por eso, insistió este viernes en su discurso en francés a los obispos galos, una auténtica visión de la laicidad «no puede borrar las creencias personales y comunitarias».

«Tratar de alejar del campo social esta dimensión importante para la vida de las personas y de los pueblos, así como los signos que la manifiestan, iría contra una libertad bien comprendida», advirtió.

«La libertad de culto no puede concebirse sin la libertad de practicar individual y colectivamente su religión, ni sin la libertad de la Iglesia», subrayó.

«La religión no puede reducirse únicamente a la esfera privada –advirtió–, pues se corre el riesgo de negar todo lo que tiene de colectivo en su vida propia y en las acciones sociales y caritativas que promueve en el mismo seno de la sociedad al servicio de todas las personas, sin distinción de creencias filosóficas o religiosas».

Juan Pablo II ha afrontado en varias ocasiones en los últimos días su preocupación sobre los conceptos erróneos de la laicidad. El 24 de febrero afrontó el argumento con el nuevo embajador de México ante la Santa Sede y el 21 de febrero con el nuevo embajador de Turquía.

«Todo cristiano o todo adepto a una religión tiene el derecho, en la medida en que esto no pone en causa la seguridad y la legítima autoridad del Estado, de ser respetado en sus convicciones y en sus prácticas, en nombre de la libertad religiosa, que es uno de los aspectos fundamentales de la libertad de conciencia», reivindicó en su discurso a los obispos franceses.

Afrontando en particular la cuestión de la religión en la escuela, el Papa consideró que «es necesario que los jóvenes puedan comprender la importancia de la vida religiosa en la existencia personal y en la vida social, que conozcan las tradiciones religiosas con las que se encuentran, y que puedan ver con benevolencia los símbolos religiosos y reconocer las raíces cristianas de las culturas y de la historia europeas».

«Esto lleva a un reconocimiento respetuoso del otro y de sus creencias, a un diálogo positivo, a superar los comunitarismos y a un mejor entendimiento social», afirmó el Papa.

Paradójicamente, la superación del peligro del «comunitarismo», el rechazo a la integración en la sociedad de grupos étnicos o religiosos, fue el motivo que adujo el presidente francés Jacques Chirac al pedir un proyecto de ley que niegue ciertos símbolos religiosos muy evidentes en las escuelas públicas, en particular el velo islámico.

Por lo que se refiere a las relaciones de los católicos con los musulmanes, cuya presencia está aumentando en Francia, el Santo Padre pidió promover «el diálogo interreligioso», que es «un diálogo de vida».

«Este diálogo debe reavivar en los cristianos la conciencia de su fe y su apego a la Iglesia, pues toda forma de relativismo daña gravemente a las relaciones entre las religiones», concluyó.

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ZENIT Staff

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