Juan Pablo II: «La comunión con Dios es manantial de serenidad»

Meditación en la primera parte del Salmo 26

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 21 abril 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar la primera parte del Salmo 26 (versículos 1-6), «Confianza en Dios ante el peligro».

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

El me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá
en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda sacrificaré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

1. Nuestro recorrido a través de las Vísperas se reanuda hoy con el Salmo 26, que la liturgia distribuye en dos pasajes. Reflexionaremos ahora en la primera parte de este díctico poético y espiritual (Cf. versículos 1-6) que tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. De hecho, el salmista habla explícitamente de la «casa del Señor», del «templo» (versículo 4), de la «morada» (Cf. versículos 5-6). En el original hebreo, estos términos indican más precisamente el «tabernáculo» y la «tienda», es decir, el corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presencia y palabra. Se evoca también la «roca» de Sión (Cf. versículo 5), lugar de seguridad y de refugio, y se alude a la celebración de los sacrificios de acción de gracias (Cf. versículo 6).

Si la liturgia es la atmósfera espiritual en la que está sumergido el Salmo, el hilo conductor de la oración es la confianza en Dios, ya sea en el día del gozo, ya sea en momentos de miedo.

2. La primera parte del Salmo, que ahora meditamos, está marcada por una gran serenidad, basada en la confianza en Dios en el día tenebroso del asalto de los malvados. Las imágenes utilizadas para describir a estos adversarios, que son el signo del mal que contamina la historia, son de dos clases. Por un lado, parece presentarse una imagen de caza feroz: los malvados son como fieras que avanzan para agarrar a su presa y desgarrar su carne, pero tropiezan y caen (Cf. versículo 2). Por otro lado, se presenta el símbolo militar de un asalto de toda una armada: es una batalla que estalla con ímpetu sembrando terror y muerte (Cf. versículo 3).

La vida del creyente es sometida con frecuencia a tensiones y contestaciones, en ocasiones también al rechazo e incluso a la persecución. El comportamiento del hombre justo fastidia, pues resuena como una admonición para los prepotentes y perversos. Lo reconocen sin ambigüedades los impíos descritos por el Libro de la Sabiduría: el justo «es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños» (Sabiduría 2, 14-15).

3. El fiel es consciente de que la coherencia crea aislamiento y provoca incluso desprecio y hostilidad en una sociedad que escoge con frecuencia como estandarte la ventaja personal, el éxito exterior, la riqueza, el goce desenfrenado. Sin embargo, él no está solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente, pues –como dice la espléndida «antífona» de apertura del Salmo –«El Señor es mi luz y mi salvación» (Salmo 26, 1). Repite continuamente: «¿a quién temeré?… ¿quién me hará temblar?… mi corazón no tiembla… me siento tranquilo» (versículos 1 y 3).

Parece ser un eco de las palabras de san Pablo que proclaman: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? » (Romanos 8, 31). Pero la tranquilidad interior, la fortaleza de espíritu y la paz son un don que se obtiene refugiándose en el templo, es decir, recurriendo a la oración personal y comunitaria.

4. El orante, de hecho, se pone en las manos de Dios y su sueño queda expresado también por otro Salmo (Cf. 22, 6): «habitaré en la casa del Señor por años sin término». Entonces podrá «gozar de la dulzura del Señor» (Salmo 26, 4), contemplar y admirar el misterio divino, participar en la liturgia del sacrificio y elevar sus alabanzas al Dios liberador (Cf. versículo 6). El Señor crea alrededor del fiel un horizonte de paz, que excluye el estruendo del mal. La comunión con Dios es manantial de serenidad, de alegría, de tranquilidad; es como entrar en un oasis de luz y de amor.

5. Escuchemos como conclusión de nuestra reflexión las palabras del monje Isaías, de origen sirio, quien vivió en el desierto egipcio y murió en Gaza hacia el año 491. En su «Asceticon», aplica nuestro Salmo a la oración en la tentación: «Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la acidia, debilitando nuestra alma en el placer, ya sea porque no contenemos nuestra cólera contra el prójimo cuando actúa contra su deber, o si tientan nuestros ojos con la concupiscencia, o si quieren llevarnos a experimentar los placeres de gula, si hacen que para nosotros la palabra del prójimo sean como el veneno, si nos hacen devaluar la palabra de los demás, si nos inducen a diferenciar a los hermanos diciendo: «Este es bueno, este es malo», si nos rodean de este modo, no nos desalentemos, más bien, gritemos como David con corazón firme diciendo: «El Señor es la defensa de mi vida» (Salmo 26, 1)» («Recueil ascétique», Bellefontaine 1976, p. 211).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, un colaborador del Papa hizo una síntesis de su intervención en castellano. Estas fueron sus palabras:]

Queridos hermanos y hermanas:
La primera parte del Salmo 26, que meditamos hoy, se caracteriza por una gran serenidad, fundada en la confianza en Dios. A menudo la vida del creyente está sujeta a tensiones y controversias, e incluso persecuciones, ya que el comportamiento del hombre justo resulta incómodo para los poderosos y los perversos.

Sin embargo, el fiel no se siente nunca abandonado ante los ataques de los malvados. Su corazón conserva una gran paz interior porque, como indica el mismo Salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación, es la defensa de mi vida». La comunión con Dios es fuente de serenidad, alegría y tranquilidad, pues es como entrar en un oasis de luz y de amor.

[A continuación, el Papa saludó a los peregrinos de lengua española]

Saludo cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina, especialmente a los Sacerdotes españoles que realizan un curso de actualización; a las jóvenes colaboradoras del Regnum Christi; a los feligreses de San Frutos y a los miembros de la asociación cultural de Segovia; también al Colegio Albert Camus de Guadalajara, México. Os invito a confiar en Dios, refugio de paz.

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ZENIT Staff

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