El Papa canonizará el domingo a un monje libanés que se hizo «don para los demás»

Nimatullah Al-Hardini (Youssef Kassab) será el tercer santo del Líbano

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 13 mayo 2004 (ZENIT.org).- La Iglesia universal contará desde el próximo domingo con el tercer santo del Líbano cuando Juan Pablo II canonice al sacerdote y monje maronita Nimatullah Al-Hardini, un hombre de Dios, pastor de almas y profesor de teología, querido también por musulmanes y drusos.

Fue reconocido en vida como el «santo» de Kfifan, y en las atormentadas circunstancia de su país y de su Orden aprendió a descubrir el amor como don de sí en el sufrimiento.

«Muy atento al mosaico de la comunidad libanesa, no hacía distinción entre musulmanes, drusos o cristianos en su misión. Lo esencial para él era salvar a los demás como buscaba salvar su alma», constató ante los micrófonos de «Radio Vaticana» el postulador de la causa de canonización, el padre Paolo Azzi.

El futuro santo –en el siglo Youssef Kassab— nació en Hardine (al norte de Líbano) en 1808 en una familia de cristianos maronitas con seis hijos.

De 1816 a 1822 frecuentó en Houb la escuela del monasterio de San Antonio de la Orden maronita libanesa. A los 20 años entró como seminarista en el Monasterio de San Antonio en Qozhaya y eligió llamarse Nimatullah («Gracia de Dios»). Pronunció los votos solemnes el 14 de noviembre de 1830.

Tras su profesión monástica, fue enviado al monasterio de los Santos Cipriano y Justina en Kfifan para estudiar filosofía y teología, participando a la vez en el Oficio del coro y el trabajo en los campos. Era conocido además por su habilidad en la encuadernación de manuscritos y libros, que aprendió en el noviciado en Qozhaya. También fue sastre de la comunidad, labor que se le encomendó para no mermar más aún su debilitada salud en esa época.

Tras concluir sus estudios teológicos, fue ordenado sacerdote en Kfifane el 25 de diciembre de 1833.

Su jornada se dividía en dos partes: la primera para preparase a la celebración eucarística, y la otra para dar gracias por la celebración. Esta dimensión contemplativa la vivió en la realidad de cada día a través del amor hacia los hermanos y la cultura, subraya la biografía difundida por la Santa Sede.

Y es que «su ciencia no era una clausura en sí mismo –apunta el padre Azzi–, era una apertura misionera hacia los que tenían necesidad de su caridad o de su ciencia».

Nimatullah Al-Hardini fundó en Kifkan y más tarde en Bhersaf la escuela llamada, según la tradición, «Escuela bajo la encina» para instruir gratuitamente a la juventud.

Sufrió con su pueblo las dos guerras civiles de 1840 y 1845, que prepararon los sangrientos acontecimientos de 1860, cuanto muchos monasterios fueron incendiadas, muchas iglesias fueron devastadas y numerosos cristianos maronitas masacrados.

«Tuvo un papel excepcional en las obras caritativas durante la masacre de los cristianos en 1845. Estaba junto a cada familia y cada huérfano, ayudaba, enseñaba y oraba», subrayó el postulador de la causa de canonización.

Aquella etapa fue decisiva en su espiritualidad; la situación civil en Líbano, en general, bajo el régimen Otomano fue tan difícil como la de la Iglesia maronita y la de su Orden. El futuro santo lanzó así su extraordinario lema: «El más inteligente es el que puede salvar su alma», que no cesó de repetir a sus hermanos de comunidad.

Se le reprochaba que fuera duro y severo consigo mismo, pero era misericordioso e indulgente hacia sus hermanos. El futuro santo libanés concibió la santidad en términos de comunión, y nunca dejaba de hallar ocasión para demostrar su amor sin medida.

Pasaba días y noches en adoración eucarística; gran amante de la Virgen, rezaba incesantemente el Rosario. Tenía especial devoción al misterio de la Inmaculada Concepción –dogma que la Iglesia confirmó en 1854–; fundó 16 altares consagrados a la Madre de Dios, uno de los cuales, en el monasterio de Kfifan, fue llamado tras su muerte «Nuestra Señora de Hardini».

A los 43 años de edad, fue nombrado por la Santa Sede Asistente General de la Orden durante tres años, por su celo en la observancia irreprensible de las reglas monásticas. Dos veces más se le confió esta tarea. Sin embargo, por su humildad rechazó ser nombrado Abad General.

En el ejercicio de su cargo en la Orden se mantuvo suave en las palabras y en el modo de actuar. Residía con otros asistentes del Padre General en el monasterio de Nuestra Señora de Tamich, la Casa General de la Orden, pero no dejó de acercarse al monasterio de Kfifan para la enseñanza, para su trabajo de encuadernación, realizado en espíritu de pobreza, con especial atención a los manuscritos litúrgicos.

Como profesor de teología en el Seminario Mayor, tuvo entre sus alumnos al santo libanés Charbel Makhlouf, quien asistiría a la muerte de su maestro.

Mientras enseñaba en el monasterio de Kfifan, padeció una pulmonía por el frío invernal de la región. Tras diez días de agonía, murió el 14 de diciembre de 1858 a los 50 años de edad con un icono de la Virgen entre sus manos e invocándola: «Oh, María, os confío el alma mía».

Sus hermanos de comunidad percibieron una luz resplandeciente en su celda y el perfume que la inundó durante varios días. Su causa de beatificación se presentó en Roma en 1926 junto a la del monje Charbel (canonizado en 1977) y la de Santa Rafqa, monja libanesa maronita canonizada en 2001.

Nimatullah Al-Hardini fue beatificado el 10 de mayo de 1998.

«La santidad para Al-Hardini era una valoración de las virtudes teologales y cardinales. Un hombre del Espíritu Santo que trabajó sobre sí mismo para ser un plato de caridad en el refectorio de los demás –constató el padre Azzi—. (…) La santidad para él no era una teoría, sino una práctica de cada día, cada tiempo y cada momento».

En su opinión, en nuestro tiempo «el mensaje del beato Nimatullah es un mensaje de amor, paz y esperanza. El pueblo de Nimatullah es un pueblo que ha vivido siempre en su historia una Semana Santa continua. Y para vencer la desesperación, ha seguido el camino de la esperanza».

La canonización de Nimatullah «es una carta abierta dirigida al Líbano, que ha sufrido mucho, y a los libaneses, que tienen necesidad de paz, y a la martirizada tierra de Oriente Medio», concluye el postulador.

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ZENIT Staff

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