Homilía del cardenal arzobispo de Santiago de Chile en el «Te Deum» de Fiestas Patrias

SANTIAGO, martes, 20 septiembre 2005 (ZENIT.org).- Por su gran interés publicamos la homilía que pronunció el cardenal Francisco Javier Errázuriz, arzobispo de Santiago de Chile, en el «Te Deum» de Fiestas Patrias, celebrado en la catedral de Santiago el pasado 18 de septiembre.

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Hermosa tradición la de nuestra Patria. Desde los inicios de su vida republicana, al amanecer de cada aniversario del 18 de septiembre de 1810, nuestro espíritu recuerda con gratitud esa fecha memorable como asimismo la historia de nuestra Nación, y nuestro ánimo busca a Dios con alegría, reconociendo la generosidad de sus bendiciones y la sabiduría de su aliento y su conducción. Es la razón que nos reúne esta mañana en nuestro Templo Metropolitano, testigo de la historia de nuestro pueblo.

Podríamos recorrer con ánimo agradecido, como lo hemos hecho en los últimos años, hechos recientes de nuestra historia. Pero hay cuatro circunstancias que nos invitan a mirar hacia el futuro, y a agradecer por los bienes más fecundos con que Dios nos ha enriquecido para plasmarlo. Señala hacia el futuro la pronta canonización de uno de los chilenos más inquietos y comprometidos con nuestro pueblo, que siempre fue amigo de Dios y de los hombres, especialmente de los pobres y los más abandonados, del Padre Alberto Hurtado; también indican hacia el porvenir tanto el nuevo texto de la Constitución, que fue firmada solemnemente ayer por el Sr. Presidente de la República, y que entrega un amplio cauce institucional y consensuado a nuestra Nación, como los programas de gobierno y las tareas legislativas que impulsarán quienes sean elegidos en las próximas elecciones; asimismo, la preparación de las décadas que se inaugurarán cuando celebremos el Bicentenario de nuestra Nación soberana. La preparación de este acontecimiento reúne a lo largo de todo Chile a incontables cristianos en fructíferos diálogos, en torno a mesas de esperanza.

Por esta perspectiva, soñando el futuro de Chile, los invito a agradecer la amistad de Dios, que es el primer origen de todo bien, como asimismo los grandes tesoros espirituales que Él nos confió para construir la Patria.

1. La cercanía de Dios, rico en amor y fidelidad

Hombres de antiguas culturas subieron a los montes para acercarse a la divinidad. Otros construyeron numerosos y espléndidos templos, para venerar a diferentes dioses. Y adoraron al Señor culturas monoteístas, con notables expresiones de culto, también en nuestras tierras.

Pensando en esta gran diversidad de religiones, ¿cómo no alabar a Dios y agradecerle de todo corazón por la fe que late en nuestra cultura, que se remonta a esa maravillosa revelación que escuchó Moisés, cuando Dios abrió su corazón y le manifestó su rostro verdadero, confidenciándole que él es «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes?» (Ex 34, 6s)

Conmovido Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró, con una súplica de vivificante humanidad e incalculable trascendencia: «Dígnese mi Señor venir en medio de nosotros, perdona nuestra iniquidad… y recíbenos por herencia tuya» (Ex 34,9). Con respeto y cariño le decimos también nosotros: Dígnese mi Señor, con el sol de su amor y el agua cristalina del perdón, venir siempre en medio de nosotros e iluminar nuestra vida, nuestros hogares y nuestros proyectos en esta hermosa tierra.

En la plenitud de los tiempos, la experiencia de la bondad, la sabiduría y el perdón de Jesucristo, nos ayudó a comprender mejor la verdad revelada a Moisés. Manifestaron la fidelidad de Dios también la entereza de Cristo para conducirnos a la «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21), su voluntad de servir, de darnos vida y esperanza en abundancia, y la experiencia de su amor, hasta el extremo de dar la vida por nosotros. Como lo entendió el discípulo más cercano a Jesucristo: «Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (Jn 4, 16). Esta verdad y esta experiencia enriqueció la cultura de nuestro pueblo. Acude a Él, sabiendo que su corazón siempre se conmovió ante el dolor, se adelantó en la confianza y el amor, no tardó en acoger a los arrepentidos; tampoco en sanar las heridas del cuerpo y del alma. «Te Deum laudamus. Hacia ti, Señor nuestro Jesucristo, se eleva nuestra oración agradecida.

2. Caminos de vida y felicidad

También le agradecemos a Dios que haya llegado hasta nosotros el testamento espiritual de Moisés que escuchamos en la primera lectura. Con la autoridad moral que todos le reconocían le habló a su pueblo de los caminos que conducen a la felicidad. Y no queremos otra cosa. Somos buscadores de la felicidad y de la paz. Cuando Moisés nos animó a cumplir los diez mandamientos, no nos propuso unas leyes destinadas a coartar la libertad. Por el contrario, los evocó como sólido fundamento para vivir en sociedad y buscar la felicidad. Lo hizo con estas palabras: «Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, sus preceptos y sus normas, vivirás y te multiplicarás… Te pongo delante de la vida o la muerte, la bendición y la maldición. Escoge pues la vida, para que vivas tú y tu descendencia» (Dt 30, 15ss).

En nuestro tiempo, son muchos los pueblos en los cuales se enfría el amor a su Dios y Señor. Escogen otros caminos, alejándose de normas tan sabias como el descanso semanal, el mandamiento de no matar, de no robar, de respetar la familia de los demás, etc. La opción que pedía Moisés vale hasta nuestros días. Nuestra libertad es interpelada a escoger la ruta de la vida y la felicidad, porque queremos avanzar con alegría por los caminos al Bicentenario.

Pero de hecho, siempre es posible olvidar las herencias del espíritu. También dilapidarlas como el hijo pródigo. Esta mañana, cuando nos une la voluntad de comprometernos con Chile, queremos recordarlas con la gratitud y la seriedad que merecen. En efecto, no queremos caminos ciegos de desgracia y de muerte; sólo queremos caminos que conduzcan a la vida y a la felicidad. Y tenemos grabado en lo más profundo de nuestra conciencia que esos caminos, como lo enseña el Decálogo, pasan por el respeto a la vida. Por algo nos hemos alejado de las condenas a muerte, hemos dicho con convicción «nunca más», y rechazamos con energía sesgar vidas inocentes e indefensas, sobre todo antes de su nacimiento, cuando son más débiles y desvalidas que nunca. La paz social depende asimismo de la satisfacción del derecho a una vida y a un trabajo dignos. Cuando las sociedades no lo satisfacen, se asoma en su vida la opresión, la violencia y el caos. La opción por la vida incluye también la honra que les debemos a nuestros padres. Vivimos en deuda con ellos por su amor y sus renuncias al darnos y cuidar nuestra vida, por habernos transmitido grandes valores, y enseñado la búsqueda y adhesión sincera a la verdad y la solidaridad.

Los caminos a la felicidad pasan también por promover el amor, la unión y la fidelidad en la familia entre el marido, la mujer y los hijos, por rechazar toda violencia, por un trato social justo, transparente y honrado, que rechaza el robo al jubilado, al trabajador, al Estado y a quien sea, por tomar en serio la libertad de modo que su ejercicio nos dignifique, y por la alegría de vivir en una tierra en la cual son incontables los chilenos que han recibido como María, la madre de Jesús, el Padre Alberto Hurtado y tantos otros, el don de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la fuerza (Cf. Ex 20,1ss; Dt 6,5), de respetar su santo nombre, y de amar al prójimo como a nosotros mismos (Cf. Lv 19, 18; Mt 22, 34 ss; 1 Jn 4, 19).

3. Felices los misericordiosos

Con fuego en el corazón el P. Alberto Hurtado clamaba por la urgencia de la caridad. Decía: «Si queremos que el amor de Cristo no permanezca estéril, no vivamos para nosotros mismos, sino para Él. Así obedeceremos el mandamie
nto del amor». Precisamente él logró unir magistralmente ambas herencias: la de contemplar a Dios en su amor y fidelidad, y la de amar como él nos ama, descubriendo en los pobres el rostro de Jesús crucificado. Los hombres y las mujeres de nuestro pueblo, sus ancianos y sus jóvenes no olvidan esta herencia de Jesucristo. Ella ha sellado nuestra hospitalidad y la solidaridad en las horas de desgracia. La proclamación hermosa del Evangelio nos la ha recordado: al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados por el amor. En quienes aman a los afligidos se verificará aquella bienaventuranza que dice: «Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Un gran consuelo el nuestro. La bienaventuranza proclama la dicha de los misericordiosos, sin hacer depender su felicidad ni siquiera de la fe; vale también para quienes no la tienen. Felices, porque entrarán en la herencia del Reino, los que acudieron a dar pan al hambriento, bebida al sediento, acogida al forastero, vestimenta al desnudo, y el alivio de su visita a los enfermos y los encarcelados (Cf. Mt 25, 31ss).

Por la misma razón, ¡qué gran responsabilidad la de quienes tienen en sus manos la creación y el perfeccionamiento de las teorías económicas que abrirán nuestro tercer centenario de vida como Nación, y la de quienes organizan nuestro ordenamiento jurídico! Si ellos son consecuentes con esta prioridad para todo Chile de terminar con la miseria, y si en ellos la misericordia arde como un fuego al templar sus teorías, pueden ser felices y alcanzar misericordia. Felices, por eso, los gobernantes que han luchado y los que lucharán por promover una solidaridad profunda, y con ello han logrado o lograrán acrecentar las oportunidades que necesitan los hambrientos, los enfermos, los pobres, los desempleados, los ignorantes, los alcohólicos, los drogadictos y los encarcelados.

Felices los que hoy y siempre educan a los niños y a los jóvenes de nuestra Patria, si los entusiasman en ser solidarios, si les muestran cómo ayudar a los afligidos y los discapacitados, apoyar a los pobres y a los marginados, regalar confianza a los desesperanzados, y si les enseñan a respetar su propio ser y a alentar la vida y a darla, sin jamás sentirse autorizados a herirla, y menos aún a tomarla de nadie. Felices los que hoy y siempre educan en Nuestra Patria, si nos enseñan, con su ejemplo y su palabra, a respetar el derecho de los pobres y desvalidos a ser personas y protagonistas de sus propias vidas, a desplegar sus cualidades e iniciativas, y a desarrollar entre ellos sus planes de ayuda con mucha creatividad y participación. Felices los que ven en el enfermo y en el encarcelado el rostro de Cristo y le visitan. Más felices, quienes le llevan salud a su cuerpo y a su alma. Felices también aquellos que en la vida diaria y desde su pobreza se hacen «samaritanos» del dolor y de las aspiraciones de sus hermanos.

Dichosos también los Ministros del Interior, de Educación, de Hacienda, de Planificación y tantos otros, y sus técnicos, asesores y empleados, también los que vendrán, si ponen su alma en estos problemas y colaboran con su Presidente, buscando con denuedo el modo de perfeccionar sus teorías, rehacer sus programas y desestabilizar la tranquilidad satisfecha de sus corazones –cuando esté demasiado apegada a los éxitos- para saciar la impostergable sed de felicidad de los pobres.

4. Felices los que practican la justicia

Quisiera recordar otra herencia de suma importancia. En los orígenes del cristianismo, siguiendo las huellas de reflexiones sapienciales anteriores a ellos, los primeros teólogos se percataron de que los bienes de la naturaleza les fueron confiados a los primeros padres como representantes del género humano, es decir, le fueron confiados a toda la humanidad. Afirmaron que la persona es administradora de esos bienes, destacando el destino universal de ellos, al cual se subordina el principio necesario de la propiedad privada. Interpelados por el bien de los pobres, y recogiendo enseñanzas de las Escrituras, maduró entre ellos una convicción: todas las personas tienen derecho a poseer y disponer de los bienes que necesitan para vivir dignamente, pero todo lo que es, en relación a su profesión y cultura, un lujo o un bien superfluo, tiene otro destinatario: el hermano indigente. El P. Hurtado lo dijo con gran elocuencia: «Todo lo que pertenece a un orden de satisfacciones secundarias, y mucho más las de puro confort o lujo, queda subordinado al principio de que todos deben poder satisfacer sus necesidades fundamentales».

Por eso es escandalosa la mala distribución de los ingresos y, fruto de ello, también de la riqueza, en un país como el nuestro, que ha hecho grandes progresos en salir del subdesarrollo, cuyo ingreso medio por habitante ha crecido notablemente, y cuya cultura tiene evidentes raíces cristianas. Que nos inspire la verdad que enseña el reciente Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: «El destino universal de los bienes comporta un esfuerzo común dirigido a obtener para cada persona y para todos los pueblos las condiciones necesarias de un desarrollo integral, de manera que todos puedan contribuir a la promoción de un mundo más humano». Gracias a Dios, entre nosotros son muchos los que destinan sus bienes y sus talentos a la actividad productiva y a la creación de empleos. También a ellos el Señor les retribuirá sus afanes con creces. Sin embargo, entre los acuerdos nacionales que necesita promover todo gobierno con los gremios empresariales, los economistas, los parlamentarios y las organizaciones de los trabajadores, ¿hay muchos otros que sean tan relevantes como mejorar los programas existentes, con énfasis en los educacionales, para acelerar la disminución de la brecha entre quienes reciben más ingresos y los que reciben menos?

5. Felices los jóvenes

Merece toda nuestra atención la juventud que tan alegremente expresó su fe y su compromiso con Jesucristo, con la vida y con nuestro futuro en el reciente encuentro mundial de Colonia. Todo el entorno social, educacional y político debe estar abierto a su participación para que den curso a la generosidad de sus corazones. Eran los representantes de cientos de miles de jóvenes, que como ellos sienten la alegría y el compromiso que nace de su fe en Cristo, como asimismo la urgencia del respeto a la naturaleza y de la solidaridad con los marginados, para vivir con espíritu fraterno hacia los cercanos y hacia los pueblos lejanos, con transparencia y verdad, en un mundo preocupado por el prójimo y colmado de paz. Quieren intervenir para darle rumbo a nuestra historia y comienzan con ser solidarios, fraternos y misioneros, mostrando así su visión de futuro del país. A ellos les pertenece el tiempo que se abrirá con la celebración del Bicentenario.

Pero no puede ser que la frustración de los ideales juveniles, los horizontes y los cielos espirituales cubiertos -que no dejan ver el sol y entristecen la vida-, el deterioro de tantas familias y la violencia intrafamiliar, la falta de contacto con la naturaleza, de oportunidades para conseguir trabajo y destacarse en el deporte, alimenten el alarmante crecimiento del alcoholismo y la drogadicción, que sobresaturan la capacidad de las cárceles y que generan en numerosas poblaciones inseguridad y temor, aun por la propia vida. El gobierno se ha preocupado seriamente de estos problemas, pero el fenómeno que compartimos con muchos países es sumamente complejo e invasor. Ya ha corrompido a países enteros. Hace falta multiplicar propuestas de felicidad y de vida, especialmente en favor de los jóvenes; propuestas que sólo cristalizan en realidades con mucho esfuerzo y sacrificio. No podemos dar cabida a la pasividad; tampoco abrigar la esperanza de que este problema se solucione con el aumento de las penas y de las cárceles. Sus raíces son múltiples, y el fenómeno muy complejo. Estudiarlo y proponer soluciones es una tarea prioritaria para nuestras universidades
y para los institutos de estudios que se ocupan de nuestro desarrollo. La realidad del país se los pide con urgencia.

6. La difícil unidad

Te Deum laudamus. A ti, Señor te alabamos. A ti te damos gracias esta mañana de nuestras Fiestas Patrias por los inestimables bienes que nos has regalado, y que necesitamos para ir camino al Bicentenario. Sin embargo, Padre, al agradecerte por todos ellos no podemos olvidar que nos cuesta lograr la unidad, como tu Hijo pidió en la Oración Sacerdotal. Al parecer somos muy individualistas, y se nos hace difícil colaborar, tener unidad y concordia. Nos es más fácil luchar por causas propias, olvidando las causas tuyas, que son las grandes causas comunes de nuestro pueblo. Nos cuesta forjar la comunión. Aun en los grandes temas en que tenemos pareceres unánimes, tendemos a poner en primer plano lo que nos diferencia y separa. Nos ocurre en las causas políticas, en las gremiales, en las generacionales y en tantas otras; también en las religiosas. Danos, Señor, tu espíritu, tu aliento, tu fuerza y tu perseverancia en esta tarea. También a nosotros, representantes de numerosas confesiones religiosas, porque tu pueblo respiraría aliviado si el trabajo evangelizador de los grupos cristianos ocurriera sin animosidades, si rezáramos unidos, como en esta celebración de gratitud, y si colaboráramos más entre nosotros para el bien de nuestro país y de los más necesitados.

Al agradecerte y pedirte, Señor, que nos bendigas y nos guíes para obtener los bienes que necesitamos, no hemos querido olvidar en este día festivo la razón más importante y conmovedora de nuestra gratitud. De corazón te agrademos, Señor nuestro, porque tu rostro brilla sobre nosotros, porque tu sabiduría muchas veces ha guiado a nuestras autoridades, porque tu paz ilumina nuestros corazones, y tu amor da sabor y calidez a nuestra existencia, mientras tus palabras nos enseñan los caminos que conducen a la verdad, la justicia, el perdón, la alegría, el progreso y la amistad. De corazón te agradecemos la gracia de vivir en medio de un pueblo religioso, que cree y confía en Ti, que conversa contigo en la oración, que acoge tus enseñanzas y que disfruta, ya ahora, de esa inmensa alegría que surge de sabernos llamados a la vida y a la felicidad: ya en esta tierra, pero con plenitud en el cielo.

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Al concluir estas palabras quisiera desear a Vuestra Excelencia, como Presidente de la República, y a todo Chile en este nuevo aniversario patrio, a nombre de los obispos, pastores y ministros que participamos en este Tedeum, la alegría que nos promete el Señor cada vez que servimos y amamos a nuestro pueblo, sobre todo a los más afligidos, prolongando la sabiduría y la misericordia de su corazón.

Que la pronta canonización del Padre Alberto Hurtado nos ayude a seguir sus huellas, y a avanzar por los caminos del compromiso con Dios, con nuestro pueblo y con los más necesitados. Con este espíritu queremos ser más justos, más misericordiosos, más fraternos y más felices.

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ZENIT Staff

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