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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN EL II CONGRESO MUNDIAL DE LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES
Y DE LAS NUEVAS COMUNIDADES



Queridos hermanos y hermanas:

A la espera del encuentro, previsto para el sábado 3 de junio en la plaza de San Pedro, con los miembros de más de cien Movimientos eclesiales y nuevas comunidades, me alegra saludaros cordialmente a vosotros, representantes de todas estas realidades eclesiales, reunidos en Rocca di Papa en un congreso mundial, con las palabras del Apóstol: "El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (Rm 15, 13).

Sigue vivo en mi memoria y en mi corazón el recuerdo del anterior Congreso mundial de los Movimientos eclesiales, celebrado en Roma del 26 al 29 de mayo de 1998, al que fui invitado a dar mi contribución, entonces en calidad de prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, con una conferencia sobre la situación teológica de los Movimientos. Ese congreso culminó en el memorable encuentro con el amado Papa Juan Pablo II, el 30 de mayo de 1998 en la plaza de San Pedro, durante el cual mi predecesor confirmó su aprecio por los Movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, que definió "signos de esperanza" para el bien de la Iglesia y de los hombres.

Hoy, consciente del camino recorrido desde entonces a través de la senda trazada por la solicitud pastoral, por el afecto y por las enseñanzas de Juan Pablo II, quisiera congratularme con el Consejo pontificio para los laicos, en las personas de su presidente mons. Stanislaw Rylko, del secretario mons. Josef Clemens y de sus colaboradores, por la importante y válida iniciativa de este Congreso mundial, cuyo tema —"La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo"— se inspira en una afirmación que hice en la homilía de inicio de mi ministerio petrino.

Es un tema que invita a reflexionar sobre una característica esencial del acontecimiento cristiano, pues en él nos sale al encuentro Aquel que en carne y sangre, de forma visible e histórica, trajo a la tierra el esplendor de la gloria de Dios. A él se aplican las palabras del Salmo 45: "Eres el más bello de los hombres". Y a él, paradójicamente, hacen referencia también las palabras del profeta: "No hay en él parecer, no hay hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en él nos complazcamos" (Is 53, 2).

En Cristo encontramos la belleza de la verdad y la belleza del amor; pero, como sabemos, el amor implica también la disponibilidad a sufrir, una disponibilidad que puede llegar incluso a la entrega de la vida por aquellos a quienes se ama (cf. Jn 15, 13).

Cristo, que es "la belleza de toda belleza", como solía decir san Buenaventura (Sermones dominicales 1, 7), se hace presente en el corazón del hombre y lo atrae hacia su vocación, que es el amor. Gracias a esta extraordinaria fuerza de atracción, la razón sale de su entorpecimiento y se abre al misterio. Así se revela la belleza suprema del amor misericordioso de Dios y, al mismo tiempo, la belleza del hombre que, creado a imagen de Dios, renace por la gracia y está destinado a la gloria eterna.

A lo largo de los siglos, el cristianismo se ha comunicado y se ha difundido gracias a la novedad de vida de personas y comunidades capaces de dar un testimonio eficaz de amor, de unidad y de alegría. Precisamente esta fuerza ha puesto en "movimiento" a tantas personas generación tras generación. ¿Acaso no ha sido la belleza que la fe ha engendrado en el rostro de los santos la que ha impulsado a tantos hombres y mujeres a seguir sus huellas?

En el fondo, esto vale también para vosotros: a través de los fundadores y los iniciadores de vuestros Movimientos y comunidades habéis vislumbrado con singular luminosidad el rostro de Cristo y os habéis puesto en camino. También hoy Cristo sigue haciendo resonar en el corazón de muchos la invitación: "Ven y sígueme", que puede decidir su destino. Eso se produce normalmente a través del testimonio de quienes han experimentado personalmente la presencia de Cristo. En el rostro y en la palabra de estas "nuevas criaturas" resulta visible su luz y audible su invitación.

Así pues, a vosotros, queridos amigos de los Movimientos, os digo: haced que sean siempre escuelas de comunión, compañías en camino, en las que se aprenda a vivir en la verdad y en el amor que Cristo nos reveló y comunicó por medio del testimonio de los Apóstoles, dentro de la gran familia de sus discípulos. Que resuene siempre en vuestro corazón la exhortación de Jesús: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).

Llevad la luz de Cristo a todos los ambientes sociales y culturales en los que vivís. El impulso misionero es una confirmación del radicalismo de una experiencia de fidelidad, siempre renovada, al propio carisma, que lleva a superar cualquier encerramiento, cansado y egoísta, en sí mismos.

Iluminad la oscuridad de un mundo trastornado por los mensajes contradictorios de las ideologías.

No hay belleza que valga si no hay una verdad que reconocer y seguir, si el amor se reduce a un sentimiento pasajero, si la felicidad se convierte en un espejismo inalcanzable, si la libertad degenera en instintividad. ¡Cuánto daño puede producir en la vida del hombre y de las naciones el afán de poder, de posesión, de placer!

Llevad a este mundo turbado el testimonio de la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Ga 5, 1). La extraordinaria fusión entre amor de Dios y amor al prójimo embellece la vida y hace que vuelva a florecer el desierto en el que a menudo vivimos. Donde la caridad se manifiesta como pasión por la vida y por el destino de los demás, irradiándose en los afectos y en el trabajo, y convirtiéndose en fuerza de construcción de un orden social más justo, allí se construye la civilización capaz de frenar el avance de la barbarie. Sed constructores de un mundo mejor según el “ordo amoris” en el que se manifiesta la belleza de la vida humana.

Los Movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son hoy signo luminoso de la belleza de Cristo y de la Iglesia, su Esposa. Vosotros pertenecéis a la estructura viva de la Iglesia. La Iglesia os agradece vuestro compromiso misionero, la acción formativa que realizáis de modo creciente en las familias cristianas, la promoción de las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada que lleváis a cabo en vuestro interior. También os agradece la disponibilidad que mostráis para acoger las indicaciones operativas no sólo del Sucesor de Pedro, sino también de los obispos de las diversas Iglesias locales, que son, juntamente con el Papa, custodios de la verdad y de la caridad en la unidad.

Confío en vuestra obediencia pronta. Más allá de la afirmación del derecho a la propia existencia, siempre debe prevalecer, con indiscutible prioridad, la edificación del Cuerpo de Cristo entre los hombres. Los Movimientos deben afrontar cualquier problema con sentimientos de profunda comunión, con espíritu de adhesión a los legítimos pastores.

Que os sostenga la participación en la oración de la Iglesia, cuya liturgia es la expresión más elevada de la belleza de la gloria de Dios, y constituye de algún modo un asomarse del cielo en la tierra.

Os encomiendo a la intercesión de María, a la que invocamos como la “Tota pulcra”, la "Toda hermosa", un ideal de belleza que los artistas siempre han tratado de reproducir en sus obras, la "Mujer vestida del sol" (Ap 12, 1), en la que la belleza humana se encuentra con la belleza de Dios.

Con estos sentimientos, envío a todos, como prenda de constante afecto, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 22 de mayo de 2006

BENEDICTU S PP. XVI

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